Están lloviendo hombres 18 #3
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—A mí también… Es la primera vez —confesó Leo.

Acortaron la distancia a la vez para fundirse en un largo beso, acariciándose mutuamente allí donde sus manos alcanzaban: cuello, hombros, brazos, espalda, cintura.

—Vas de serio, pero eres cariñoso. De verdad, eres muy tierno. Me encantas. Y profesionalmente te admiro, ojalá llegue a ser como tú algún día… —Leo bajó la mirada un segundo, cohibido. Benji lo miró de la cabeza a los pies—. Y estás buenísimo, joder.

Leo soltó una carcajada.

—¿Qué quieres con tanto halago?

—Nada… Ven.

Benji entrelazó sus dedos con los de Leo y lo guio hasta su cama. Cuando se dejó caer, le hizo un gesto con la mano para que se tumbara. Lo rodeó con un brazo por detrás del cuello y tiró de él, haciendo que Leo apoyara la cabeza sobre su hombro.

Benji comenzó a regalarle caricias por la barbilla y se dejó hacer, sorprendido por la calma que experimentaba al sentir su calor y su respiración cerca.

—¿Sabes? Ayer estuve a punto de pedirte que vinieras a casa —dijo Leo.

—¿En serio?

—Quería verte.

—Si me lo hubieras dicho, habría ido.

Leo alzó los ojos. La profundidad de la mirada de Benji le agitó por dentro.

—No, tú estabas con tus amigos y era muy tarde —volvió a ensimismarse en el techo—. No era buen momento.

—Te equivocas, ya te dije que estaba aburrido. Y contigo siempre es buen momento —Benji deslizó sus dedos hasta el cuello y le dio un leve achuchón—. Entonces, ¿cuándo me vas a invitar a tu piso?

Leo se estremeció al oír su dulce risa. Era tan especial que le nublaba los sentidos.

No se reía como siempre, como lo hacía con otros.

Era diferente. Estaba distinto, mucho más tranquilo y pacífico, sin el sarcasmo y la insolencia que desprendía en otras ocasiones.

Solo lo había visto comportarse así cuando estaba a solas con él.

Él, que siempre era serio y reservado, también se ablandaba en cuestión de segundos gracias a Benji.

—Cuando quieras —contestó al fin.

Advirtió un brillo de ilusión en esos ojos verdes.

—Me gusta verte en mi cama —dijo Benji—. No podía imaginar que esto ocurriría algún día.

—Yo menos… —respondió con sarcasmo.

—Pero ya te conozco mejor. Solo eres frío con la gente que no conoces. Con tus amigos no eres así, y ahora conmigo tampoco.

—No te lo creas tanto.

—Sí que me lo creo, tengo derecho. Lo siento mucho, pero ya no te vas a librar de mí tan fácil —Benji lo tomó de la barbilla y volvió a besarlo con fuerza.

Se excitó completamente con aquel beso tan posesivo que recibió. Benji demostraba con cada frase y cada gesto que lo quería para él. Que el joven fuera tan demandante era algo que lo volvía loco.

Se incorporó con urgencia y se posicionó sobre Benji, besándolo con una pasión desbordada.

Si por él fuera, pasarían la noche en vela juntos, abrazados, conociéndose más tanto a través de las palabras como de las caricias, y llegarían al día siguiente al trabajo con unas ojeras que no reflejarían cansancio, sino alegría y entusiasmo.

Pero, una vez más, no era el momento indicado.

—Oye, Leo… —jadeó Benji mientras lo empujaba con suavidad.

Leo suspiró. Se había dejado llevar tanto que tenía una mano bajo la camiseta de Benji, acariciando la suave piel de su espalda; la otra, más atrevida aún, se había colado por el pantalón y le agarraba las nalgas sobre el calzoncillo.

Una risita decepcionada huyó de los labios de su residente.

—¿Por qué siempre tenemos que parar cuando viene lo mejor?

—Sí, debería irme —admitió Leo.

—Es que mi hermana puede llegar en cualquier momento. Pero habrá más días, ¿verdad?

Leo lo miró unos segundos, embelesado.

—Los habrá.

Se incorporó y, tras coger la bolsa que contenía su ropa húmeda, fue hasta la entrada.

Benji abrió la puerta y le dejó paso.

—Avísame cuando llegues a casa, que no me voy a quedar dormido hasta que me escribas.

—Vale.

—Y también ahora, cuando llegues al aparcamiento.

—No soy ninguna señorita… —replicó avergonzado.

—Bueno, un poco sí —se mofó Benji, recibiendo por respuesta un corte de mangas.

—Vete a la mierda —protestó Leo, aguantando la risa.

—Anda, ¡tira! ¡Venga! —Benji gesticuló con las manos, pero Leo lo tomó del cuello de la camiseta para juntar sus labios en un beso rápido y hambriento.

—Un residente no le puede dar órdenes a su tutor… —murmuró a escasos centímetros de sus labios y lo soltó. Tras dedicarle un provocativo guiño, entró al ascensor.

Benji se quedó apoyado en el marco de la puerta de su casa, sonriendo y sintiendo un calor recorrerle el cuerpo. Estaba deseando que llegara el momento en que sus cuerpos volvieran a encontrarse libres y sin un reloj que marcara las horas. No podía esperar a tener a Leo entre sus brazos.

Ahora conocía una parte de él que le tenía completamente cautivado. Jamás imaginó que podía ser alguien tan sensible, tan detallista, tan encantador. Tan tímido y tan lanzado a la vez.

Cerró la puerta con suavidad, sintiendo una fuerza invisible que seguía tirándole de la comisura de los labios.

«Ya echo de menos tus besos», escribió en el móvil, y envió el mensaje.