18 #2
—¿Ya te vas? —preguntó Santi con una triste mueca cuando Benji se acercó—. Bueno, te veo mañana entonces. ¿Te despediste de Leo? Es que se ha ido hace nada, dos minutos.
Pedro y Paula lo miraron con complicidad.
—Da igual, mañana lo veré y me seguirá dando el coñazo —bromeó, sabiendo que su prisa se notaba más de lo que pretendía.
Se despidió de los tres y se dirigió con urgencia hacia la puerta junto a Nico.
Mientras avanzaba entre la gente, no pudo evitar preguntarse si habría cantado demasiado la rapidez con la que Leo y él habían desaparecido.
Se giró por instinto y vio a Santi consultando su reloj, ladeando la cabeza con expresión curiosa y dejando escapar una pequeña sonrisa antes de volver a su conversación con Pedro.
A Benji se le encogió el estómago por un instante. ¿Santi había notado algo raro? Quizás se lo estaba imaginando.
No era momento de darle vueltas. Empujó la puerta del local y salió a la calle.
Un sofocante bochorno los recibió. El ambiente estaba viciado y era algo húmedo, pegajoso, como si estuviera anunciando una tormenta de verano.
Vieron a Leo unos metros más allá, apoyado en la esquina más apartada de la calle.
—Bueno, mi vida, yo me voy por mi cuenta, ¿vale? —dijo Nico.
—¿Te vas a ir solo?
—Sí, no seas tonto… Ve con él y daos un paseíto juntos.
—Vale, pero escríbeme en cuanto llegues a casa —Benji lo besó en la mejilla y Nico se fue a paso rápido.
—Nos vemos, Nico —Leo alzó una mano cuando pasó por su lado.
—¡Adiós, corazón!
Benji se acercó con lentitud. Su tutor lo miraba fijamente, y pudo discernir cómo sus pupilas le temblaban de impaciencia.
Por fin estaban solos. Por fin podían disfrutar de la compañía del otro sin miedo a miradas indiscretas.
Alzó la mirada. El cielo tenía un color anaranjado debido al reflejo de las luces de la ciudad en la espesa capa de nubes que se había formado. Ahora entendía aquella humedad tan extrema que había notado al salir: el tiempo había cambiado radicalmente en esas cinco horas.
—No jodas, ¿en serio va a llover?
—Tiene toda la pinta —Leo siguió su mirada—. Vamos, antes de que vaya a peor…
Leo se incorporó de la pared y, justo entonces, sonó un lejano trueno.
Empezaron a caminar a paso rápido a través de las calles del centro de la ciudad.
No era la idea que Benji se había formado sobre la vuelta a casa, un paseo tranquilo y relajado, pero era mejor ir a ese ritmo si no querían que les cayera un chaparrón.
Sin embargo, la lluvia les sorprendió antes de lo esperado.
Cuando apenas habían cruzado la Alameda Principal, unas gotas comenzaron a caer sobre ellos: primero eran pequeñas y pausadas, pero poco a poco el ritmo fue aumentando hasta que se transformó en una insoportable lluvia que no cesaba.
Sin nada a mano con lo que poder refugiarse, echaron a correr.
Para cuando alcanzaron el bloque de Benji, los dos estaban empapados de pies a cabeza, riendo a carcajadas y tratando de recuperar el aliento.
—Mierda… —resopló Benji—. Al final nos ha pillado.
—Y bien que nos ha pillado… —Leo, jadeante, se llevó una mano a la zona del diafragma. Se apoyó en la pared y dejó caer su cabeza hacia atrás.
Su cabello negro completamente mojado caía sobre su rostro de forma desenfadada, y el cuello y la zona del pecho que el polo dejaba al descubierto se veían terriblemente tentadores. La tela de la prenda se pegaba a su cuerpo, marcando bien cada músculo.
Leo se peinó con una mano. Benji, con los labios entreabiertos, siguió el movimiento de su mano con la mirada llena de deseo. Dio un par de pasos hacia él.
—Deberías subir.
—¿Subir? —preguntó Leo confundido.
—Sí. No pienses nada raro. Seguramente estén mis padres y mi hermana en casa, pero no creo que quieras volver así —deslizó un dedo por el torso de Leo—. Y tardará un rato en escampar.
Leo pareció dudar un segundo.
—¿Me vas a hacer subir con tus padres ahí?
—Venga ya, ¿qué más da? —esperó una respuesta, pero Leo seguía mirándolo sin reaccionar—. Como veas. Si prefieres morirte de una hipotermia, allá tú.
Benji se dio la vuelta, pero Leo lo agarró de la muñeca.
—Espera, subo contigo…
Leo entró al portal con reserva. ¿De verdad iba a subir a casa de Benji con toda su familia allí? Era una locura. Sin embargo, aunque le incomodaba la idea… más le incomodaba la ropa empapada. Y también quería pasar más tiempo con Benji.
En el ascensor, no pudo evitar fijarse en él. Le temblaron hasta las pestañas al ver cómo la fina tela de la camiseta, casi transparente debido al agua y su color claro, marcaba el cuerpo del joven y dejaba entrever claramente su pecho. Incluso los pezones.
Rezó para que Benji se cambiara rápido. El pantalón empezaba a apretarle.
—¡Estoy aquí! —anunció el joven cuando abrió la puerta de su casa—. ¡Y vengo chorreando! Vaya chaparrón está cayendo…
—¡Benji! —exclamó una mujer que apareció por el pasillo poniéndose unos pendientes—. Anda, pero si vienes con compañía…
Leo advirtió cierto tono de picardía en sus palabras.
—No, mamá, joder. Solo es mi tutor. Leonardo Escrivá.
—¡Ay, perdone! —se disculpó apresurada—. Yo soy Marta, la madre de Benji. Es un placer conocerle. Usted es el que aguanta a mi hijo todos los días…
—Mamá…
—No me hable de usted, señora —respondió Leo con una sonrisa arrebatadora.
—Claro, claro, mejor nos tuteamos. Pero no os quedéis ahí parados. Hay que ver cómo venís… Voy a dejar unas toallas en el baño para que os sequéis. Y, Benji, déjale algo de ropa —le echó un vistazo a Leo de arriba abajo y añadió con una risita—. Aunque igual le queda estrecha.
—Sí, mamá…
La mujer se perdió de nuevo por el pasillo y los dos se miraron divertidos.
—¿«Solo es mi tutor»? —repitió Leo en un cómico susurro.
—¿Es que quieres que le dé la información completa?
—No, pero me ha hecho gracia. ¿Le cuentas a tu madre todas tus aventuras?
—Casi siempre.
—No me sorprende —Leo sonrió. En el breve encuentro que acababan de tener se había dado cuenta de que Benji, probablemente, había heredado esa forma de ser de su madre.
—¡Benji! —exclamó Marta desde el baño—. Tu hermana se fue con sus amigos, pero estará al caer. Tu padre y yo nos vamos al Real.
—Vale. En cuanto Leo se cambie y se vaya, me acostaré, que mañana madrugo.
Justo en ese momento apareció Julio, el padre de Benji, que se presentó también. Tras unos breves minutos de charla y algún que otro comentario acerca del hospital con los padres de Benji, estos se fueron al fin, dejándolos solos en casa.
Leo pasó al cuarto de baño para cambiarse y después entró Benji, así que aprovechó para cotillear un poco su habitación.
Tenía una estantería con libros: novelas, cómics y libros de medicina.
También había un escritorio con un ordenador, una consola conectada a un monitor, y láminas de películas famosas pegadas a la pared.
Lo de las películas le gustó mucho.
Pero lo que más llamó su atención fue un corcho repleto de fotos colgado en una pared. En casi todas aparecía Nico, y también reconoció en algunas de ellas al chico aquel del que le habló. Alberto, el que hacía Neumología en Madrid.
Justo cuando se encontraba observándolo de cerca, escuchó unos pasos tras él. Lentos, sigilosos. Sintió las manos de Benji sobre su cintura y un pequeño soplido en su nuca.
—¿Te gustan mis fotos? —preguntó Benji en un murmullo, deslizando la nariz por su piel y recorriendo un camino desde su cuello hasta la oreja izquierda.
Leo suspiró y cerró los ojos al sentir el contacto.
—Me gustan, sí —respondió mientras se daba la vuelta.
La sonrisa de Benji lo deslumbró.
—Te sienta bien mi ropa… —ronroneó. Leo bajó la mirada, avergonzado: la camiseta le quedaba algo estrecha y eso hacía que se le marcaran los músculos—. Bueno, ¿ha llegado ya nuestro momento o no?
Ese tono de burla arrogante lo derretía por completo.
Benji agarró su mandíbula con ambas manos y lo atrajo hacia sí, provocando un contacto casi desesperado.
Correspondió al beso con igual intensidad y Benji lo rodeó en un apretado abrazo, guiándolo hasta que la espalda de Leo dio con fuerza contra el armario.
El joven retuvo sus manos contra las puertas del mueble.
Seguramente Leo habría podido escapar de aquella sujeción si hubiese querido, pero lo cierto era que le gustaba demasiado el ímpetu del más joven como para resistirse.
Benji hundió los labios en el hueco de su mandíbula con hambre, besando y sorbiendo con fuerza. Poco a poco fue ascendiendo hasta que volvió a quedar frente a él.
Leo respiraba su aire, y Benji el suyo. Sus pupilas, dilatadas por la excitación, intercambiaron la mirada más dulce que se hubieran dedicado jamás y, al ser conscientes de ello, compartieron una sonrisa íntima y cómplice.
—Esto es increíble —dijo Benji, con los ojos brillantes de admiración.
—¿El qué? —preguntó Leo, atreviéndose a tomar la iniciativa para darle un pico en los labios y rodearlo por el cuello cuando sus manos se vieron liberadas.
—Lo que estoy sintiendo. Y mira que he estado con tíos… pero nunca así —una vez más, la actitud tan directa del joven dejó a Leo indefenso—. ¿Sabes a cuántos me he follado?
—No quiero saberlo… —replicó entre risas.
—Muchos. Pero este cosquilleo que siento aquí y aquí… —Benji posó su mano en el corazón y después en el vientre—, y también en la polla, para qué engañarnos —dijo con humor, y Leo soltó una carcajada—. Esto solo me ha pasado contigo.
Leo lo miró con fascinación. La personalidad de Benji, sus bromas, su altanería, su iniciativa, su ternura en privado: todo le tenía cautivado.
Se estaba dando cuenta de que Benji había construido una personalidad de hombre descarado, bromista y provocador sobre un fondo sorprendentemente dulce y vulnerable. Él también había levantado la suya como una coraza, solo que hecha de contención, reserva y seriedad.