17 #2
Leo vio que tanto ella como su mejor amigo se miraban con cariño, como si estuvieran hablando de ellos mismos, y por un momento los envidió. Él había elegido una forma de vida que le impedía tener algo así.
—Mira, no te voy a echar el sermón sobre haberte liado con tu residente —se burló Pedro—, porque esas cosas no se pueden evitar. Suceden y punto. Pero, por favor, Leo, no seas tonto. No te cierres. Disfruta.
—Lo haré.
Leo recordó aquella mirada cargada de cariño que Benji le había dedicado incontables veces la noche anterior. Esa mirada que le confirmó que el joven no quería un simple rato de cama. Que cuando le dijo una vez que le gustaba de verdad, no había mentido.
—Deberíamos brindar por esto, ¡voy a pedir otra cerveza! —exclamó Paula y se alejó hacia la barra.
—Eres un cabrón. Yo siempre había fantaseado con ser tutor de una joven residente guapísima que se enamoraría perdidamente de mí… —confesó Pedro con teatralidad.
Leo miró al cielo y suspiró divertido.
—Que no te escuche Paula, anda…
—Qué va, ella lo sabe y se cachondea de mí. Qué morbazo. Eres mi puto ídolo.
Pedro le chocó la mano con fuerza, lo abrazó y le palmeó repetidas veces en la espalda.
—¿Ya te está contando su fantasía con la residente inexistente? —preguntó Paula, que acababa de llegar con el vaso lleno.
—Me encanta lo bien que me conoces… —dijo Pedro con picardía y la besó.
Brindaron por todo lo alto. Por ellos, por la feria, por la cerveza que sostenían en sus manos y, por último, por Benji y Leo.
Leo volvió a casa agotado. Lo que empezó siendo un simple almuerzo, se alargó más de la cuenta. Había estado casi siete horas en la calle sin parar, bebiendo y comiendo junto a Pedro, Paula y otros amigos que se unieron más tarde.
Estaba hecho un asco. Había perdido la cuenta de cuántas bebidas le habían derramado encima, así que se dio la segunda ducha del día y, después, se encaminó a la cocina para coger algo ligero de cena.
Con un par de piezas de fruta en la mano y un cuchillo, se dirigió al sofá y se dejó caer.
Encendió la televisión y cambió de canal en busca de algo interesante para ver, pero nada le llamaba la atención, así que optó por dejar un programa de debates de fondo.
Al fin y al cabo, se iría a la cama pronto.
Su móvil vibró sobre la mesita del salón y en menos de un segundo se incorporó para cogerlo. Se sintió tonto cuando vio que no era más que un correo electrónico de publicidad, mientras su corazón latía con fuerza esperando que fuera otra persona.
No había hablado con Benji en todo el día y se moría de ganas.
Era ridículo: a su edad y con ese nudo en el estómago como un crío.
Todo le parecía nuevo. El deseo. Los nervios.
El cosquilleo. La absurda necesidad de sonreír todo el tiempo.
Necesitaba urgentemente un manual de esos que se titulan « Cómo no cagarte de miedo cuando te gusta alguien ». O algo parecido.
La noche anterior había derribado cada una de sus barreras. Le habría gustado mantenerse firme, pero eso parecía cada vez más imposible cuando se trataba del joven de ojos verdes; así que, mientras le daba un mordisco a una manzana, le escribió un mensaje: «Hola».
Eso era demasiado soso, tenía que escribir algo más.
Carraspeó como si fuera a hablar con alguien.
Se sentó un poco más erguido en el sofá y apoyó los antebrazos en las rodillas.
Volvió a escribir con lentitud: «¿Dónde andas?
». Enseguida se arrepintió. Ahora sonaba soso, seco y, además, exigente.
Definitivamente, estaba oxidado en eso de tratar a alguien de forma cariñosa.
Benji no tardó ni dos minutos en contestar: «Estoy con Nico en el Real, y es la primera vez que me aburro un día de feria… Si vinieras conmigo, me alegrarías la noche».
Leo respondió al momento con una sonrisa: «He estado toda la tarde con Pedro y su mujer en el centro, ya te avisé de que no saldría por la noche… Que mañana salimos otra vez. Y me queda lejísimos».
«Lo sé, pero tenía que probar…», dijo Benji.
Leo no supo qué contestar y el joven dejó de estar en línea.
Quería seguir hablando con él, quería decirle algo dulce, pero no podía: le daba mucho reparo mostrarse tan abierto de un día para otro.
De fondo se escuchaban los gritos y discusiones del grupo de debate de la televisión, mientras Leo tocaba el móvil inquieto, arrepentido por no haberle dicho algo más afectuoso. Así que trató de arreglarlo.
«Mañana estaré contigo», escribió.
Benji volvió a conectarse y contestó rápido: «Pero mañana no podré besarte, y tengo muchísimas ganas».
Leo se mordió el labio inconscientemente.
De nuevo quiso contestar que él también se moría por volver a probar sus labios, pero una vez más no pudo.
Se quedaba bloqueado, no le salían las palabras.
¿Por qué no podía hacerlo? Era muy fácil: con un «yo también» bastaría.
¿Qué era lo que le daba tanto miedo? Quizás mostrarse tan vulnerable o quizás hablar de sus sentimientos sin cuidado.
Pero Benji era de confianza, le guardaba el secreto.
Lo único que tenía que hacer era quitarse esos tontos temores que lo atormentaban.
Movió sus dedos de forma pausada sobre la pantalla: «Yo también estoy deseando besarte». No sabía cómo, pero había podido alargar ese «yo también» unas palabras más.
Aguardó con un cosquilleo en el vientre, observando a su alrededor.
Su piso le pareció más vacío que nunca y, por un momento, imaginó que Benji estaba junto a él.
Sentados en el sofá, cenando juntos, viendo la televisión, compartiendo la noche.
Nunca le había importado estar solo desde que se divorció, pero todo había cambiado, de repente, al conocerlo.
El móvil se iluminó y leyó la respuesta de Benji: «Entonces mañana no me iré hasta que consiga mi beso».
Leo sintió el impulso de pedirle que fuera a su casa a hacerle compañía, que quería estar con él ahora.
Pero, al contrario, contestó lo que él consideraba correcto.
Benji estaba en la otra punta de la ciudad, era tarde, y no era prudente dejarse llevar por un capricho: «No quiero entretenerte más si estás con tus amigos, mañana te veo».
Suspiró decaído. De nuevo volvía a ser el hombre correcto, ese que no se dejaba llevar por las pasiones y los deseos. No era fácil cambiar de repente.
«Me puedes entretener cuando quieras… De todas formas, ya mismo me voy a casa. Que descanses, mañana nos vemos», respondió Benji.
Eso le hizo volver a sonreír.
Él haría lo mismo: dormir cuanto antes.
Así amanecería pronto, porque lo que más deseaba era volver a ver a su guapo residente de ojos esmeralda.