17
El móvil de Leo resonó en toda la habitación. A ciegas, tanteó la mesita de noche hasta que dio con él, entreabrió los ojos y leyó un nombre borroso en la pantalla: «Pedro».
—Mierda… —carraspeó para aclararse la garganta y descolgó—. Dime…
—«¿Cómo que dime? ¿Estás durmiendo todavía? No me jodas, tío, que hemos quedado en una hora en el centro».
Leo se separó del teléfono un segundo y vio que el reloj marcaba las doce del mediodía. Se desperezó con un gruñido.
—No te preocupes, que llego a tiempo.
—«¿Es que tuviste meneo anoche? ¿Está ahí Benji contigo? —preguntó Pedro juguetón—. Luego nos cuentas en detalle, ¿eh, campeón?».
—Nada de meneo, me acosté a las dos de la mañana. Y sin compañía.
—«Bueno, eso ya es tiempo suficiente para un polvo poscena en el coche».
—Pedro, que no hemos follado. ¿Ya? ¿Te quedas tranquilo? —contestó molesto mientras se incorporaba.
—«Ajá, follar no, pero ¿pasó algo?».
—¿Quieres que llegue a la hora que hemos quedado o no? —preguntó agobiado.
—«Solo dime: sí o no».
Leo resopló por lo bajo. Con lo pesado que era su amigo, no lo dejaría en paz hasta recibir una respuesta.
—Sí, joder, sí…
De repente se escuchó una sonora carcajada, como si Pedro realmente estuviera disfrutando de la situación, y acto seguido empezó a exclamar como loco.
—«¡Paula! ¡Que se han liado!».
Un gritito femenino se oyó de fondo y las risas de emoción siguieron a través del teléfono.
—¡Vale ya de cachondeo! ¡Nos vemos en un rato!
—exclamó verdaderamente enfadado. Colgó y soltó el móvil con violencia sobre la mesita de noche.
Si ya solía tener mal despertar por las mañanas, que su amigo además le tocara los cojones no ayudaba mucho a mejorar su humor.
Recordó la noche anterior y se frotó los ojos con la mano.
Tenía un lío monumental en la cabeza—. Madre mía, a ver qué coño hago yo ahora…
Rápidamente se metió en la ducha, dejó correr el agua y la reguló hasta quedar tibia. Se pasó las manos por el cabello repetidas veces y disfrutó del frescor del agua cayendo sobre su rostro.
Aún le costaba creerlo, pero Benji y él se habían besado.
Muchísimas veces.
Casi no había podido despegarse de su boca.
Y lo peor no era lo mucho que le había gustado. Era esa sensación incómoda, casi amarga, de estar descubriendo algo que otros aprendían de críos, como si hubiera llegado tarde a esa parte de la vida. Como si le hubieran robado esa adolescencia.
Aún resonaban en su cabeza las risas y los insultos homófobos en clase, en el instituto, en el vestuario del equipo de fútbol en el que jugaba, en la calle…
Ecos del ayer que habían hecho que escondiera una parte de sí mismo hasta el día de hoy, y que ahora se mezclaban con el placer que había sentido al besar a Benji.
Treinta y cuatro años. Y ni un solo beso así en toda su puta vida.
Al final, después de tanto tiempo intentando evitarlo, había sucedido.
Y, joder… definitivamente había sido el momento más tórrido que había experimentado en su vida, aun sin haber sexo de por medio.
Los besos, las caricias, los roces de sus lenguas, los jadeos, los graves y guturales gemidos que morían en sus gargantas conforme su saliva se mezclaba más y más.
Se le aceleró el pulso y la comisura de los labios le tembló en una sonrisa. Había sido demasiado erótico para él.
Pero lo más peligroso era que lo había vivido con mayor intensidad porque su corazón albergaba algo más que una simple atracción. Aún tenía presente la emoción que le embargó durante todo el camino de vuelta, con esa ilusión boba que no pudo esconder.
Con cualquier otro habría sido una excitación fría, un simple acto egoísta con el único fin de sentir placer propio.
Era a lo que estaba acostumbrado. Pero con Benji había sido mucho más: no solo había buscado disfrutar él mismo, sino también conseguir que Benji perdiera la cabeza con él.
Quería oírlo alterado, excitado. Quería sentir cómo se aferraba a él de placer.
Quería dárselo todo.
Suspiró con pesadez al darse cuenta de la inevitable erección que tenía en ese momento.
Dirigió una de sus manos hacia la zona y comenzó un lento masaje bajo el chorro de agua.
Necesitaba liberarse de la fogosidad que sentía, calmar el deseo…
pero sin parar de revivir una y otra vez cada momento de la noche anterior.
Quince minutos más tarde de la hora acordada, Leo apareció por fin en la caseta situada en la plaza de la Constitución.
La cantidad de personas que se aglomeraba a esa hora era abrumadora, más aún siendo sábado y primer día de feria.
Se abrió paso entre la multitud para llegar a la barra, donde Pedro le había indicado que estarían.
El sol era abrasador, pero unos toldos con publicidad de una conocida marca de cerveza local aliviaban el calor. Los carteles rosas con lunares blancos del vino Cartojal, omnipresentes durante la feria, destacaban entre el bullicio.
Divisó a lo lejos a la pareja cerca de la barra, con una cerveza en la mano y un montadito de lomo en la otra. Paula, al verlo, alzó la mano en la que sujetaba su vaso para llamar su atención.
—Qué bien os veo ya… —dijo Leo nada más llegar. Abrazó a Pedro y le dio dos besos a Paula, haciendo que sus gafas de sol chocaran.
—¡Menos mal que ibas a llegar a tu hora! —exclamó Pedro.
—La culpa es tuya por entretenerme con tonterías… —se quejó, pero enseguida sintió algo de vergüenza ajena cuando vio el atuendo de su amigo, con sombrero de paja incluido—. Joder, Pedro, ¿otra vez con la camisa hawaiana? ¿Y ese sombrero?
—Me lo acaban de regalar los de la barra. Está guapo, ¿eh?
—No sé cómo dejas que se vista así.
—Déjalo, le encanta ir hecho un personaje —respondió Paula, dándole un toque en el ala del sombrero.
—A mí me gusta… —Pedro los miró con pena, se ajustó la coleta y se recolocó el gorro—. ¿Le dijiste a Santi que se viniera?
—Sí, pero ya tenía planes con la familia de Elena. De todas formas, mañana viene a la fiesta del hospital.
—Perfe —Pedro alzó la mano para llamar al camarero, señaló a Leo y este pidió lo mismo que sus amigos—. Entonces mañana vas a la fiesta.
—Sí. Tú también, ¿no?
—Claro. Y Paulita —Pedro y ella se sonrieron, y por un momento se quedaron en silencio, escuchando únicamente la música que resonaba en los altavoces de la caseta.
Sevillanas, por supuesto: « A bailar, a bailar » retumbaba de forma ensordecedora—.
¿Y Benji irá a la fiesta? Supongo que sí. La han organizado los residentes, ¿no?
Lo miró con atención, pues sabía adónde quería llegar, y Pedro le sostuvo la mirada con las cejas alzadas. Sabía que se estaba haciendo el tonto para que soltara prenda.
—Sí, él también va. No sé qué más quieres que te cuente, ya te he dicho que anoche me lie con él. Y ya está —dijo en un tono más bajo.
Paula apretó sus labios y miró a Pedro de reojo. Él, por su parte, seguía observando a Leo, que se encogió de hombros y desvió su mirada hacia la muchedumbre. En concreto, hacia una pareja de ancianas que bailaba la canción con mucho arte.
—¿«Y ya está»? —lo imitó Pedro, encogiendo sus hombros también—. ¿En serio, tío?
—¿Qué?
—Te lo voy a pedir por última vez porque te juro que, si tengo que hacerlo una vez más, te doy un guantazo. Deja de ser tan frío por una vez en tu vida.
—Pedro… —lo reprendió Paula en un susurro.
—No es el mejor momento para hablar de esto. Se supone que habíamos quedado para disfrutar del primer día de feria juntos, no para ponerme a contar ahora mis rayadas —contestó Leo, agarró la cerveza que acababan de servirle y se bebió medio vaso del tirón.
No estaba siendo frío, ¡si esa noche con Benji era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo! Pero le daba mucha vergüenza ir contándolo por ahí. No era su estilo.
—¿Y no crees que te sentirás mejor si nos cuentas por qué decidiste dar el paso y cómo te sientes ahora? —intervino Paula en un tono más comprensivo.
Leo la miró, luego a su amigo, y negó con la cabeza.
—No sé… No sé por qué lo hice. Simplemente surgió.
—¿Fue él o fuiste tú? —quiso saber Pedro.
—Ni siquiera tengo eso claro. Estuvimos tonteando durante toda la cena y luego fuimos al puerto a ver los fuegos. Allí me soltó claramente que quería besarme, pero por un momento dudé y se puso como loco. Entonces le confesé lo que realmente quería hacer.
—Darle un morreo —sentenció su amigo.
—Sí. Y, mierda, maldito el momento en que lo hice. Ya no pude parar. Fue superior a mis fuerzas —le dio un bocado al montadito de lomo y, una vez tragó, continuó hablando ante el mutismo de la pareja—. Había fantaseado tantas veces con eso que, cuando vi que se hacía real, se me fue de las manos.
—¿Y te arrepientes? —preguntó Paula con duda.
Leo sonrió al recordar que Benji le había formulado la misma pregunta.
—No, para nada. Creo que nunca me había sentido así antes. Fue… increíble.
Pedro y Paula le sonrieron. Leo sabía que era la primera vez que se estaba soltando, sin miedo a admitir ante sus amigos que empezaba a sentir por otra persona algo mucho más profundo que una simple atracción. Así que entendía perfectamente esas sonrisas.
—Tienes que estar hecho un lío —dijo Paula.
—Un poco, sí…
Pedro rodeó los hombros de Leo.
—No pienses más en lo que ha pasado, sino en lo que vas a hacer a partir de ahora.
Leo, se nota a leguas que estás colado por él.
Soy tu amigo desde… ¿hace cuánto? ¿Dieciséis años?
Te conozco como si fueras mi hermano y nunca te había visto así.
Creo que es especial. Si me he dado cuenta yo, tú debes de saberlo de sobra.
—Lo sé… Pero es que no comprendo qué tiene para hacerme sentir así.
—No tiene que tener nada —dijo Paula—. Cuando conoces a esa persona, no hay una explicación lógica: simplemente sucede. Solo tienes que dejar que fluya y vaya tomando forma. Sin forzar las cosas, pero tampoco dejándolas.