16 #3
—Encima, provocando… —Benji soltó una risita, y su mano se coló entre ambos cuerpos. Leo tuvo que morderle el cuello para acallar sus gemidos en cuanto sintió el masaje sobre sus pantalones—. Qué ganas tenía de sentirte, Leo…
Su nombre, susurrado por Benji de aquella forma tan lasciva, era sin duda lo mejor que había llegado a sus oídos en mucho tiempo.
Se moría de deseo por él y ahora solo podía pensar en tenerlo desnudo entre sus brazos…
pero cuando el ardor que invadía su cuerpo empezó a desbordarle, apretó los ojos con fuerza.
—Para…
Benji se quedó quieto, con la respiración entrecortada. Lo miró confundido.
—No es momento ni lugar.
—Tienes razón, perdona —se separó de él y agitó su camisa para refrescarse—. Me he venido arriba.
—Tranquilo, yo también me he dejado llevar… —murmuró, frustrado por el calentón que tenía.
—¿Quieres… continuar en otro sitio?
Leo percibió su indecisión.
—Solo si quieres, no quiero presionarte. Si no quieres, nos vamos a casa. Cada uno a la suya —continuó.
Lo pensó unos segundos.
—Creo que es mejor eso último que has dicho.
Benji lo miró con duda.
—No te arrepientes, ¿no?
—No —respondió Leo con rapidez—. Es solo que necesito aclarar mis ideas. Es la primera vez que beso a un hombre en público, ¿sabes?
—Lo suponía. Aunque esto no puede ser considerado público. Aquí ya no queda nadie… —se burló.
—Tú me entiendes…
—Sí, sí, lo entiendo. Tranquilo, no tengo ninguna queja. Te he besado. Y muchas veces.
Vio la enorme sonrisa de Benji y no pudo evitar responderle de la misma manera. Su residente parecía genuinamente feliz, jamás lo había visto así.
Le regaló una dulce caricia en el cuello y comenzaron a caminar en silencio.
Leo tenía la cabeza hecha un lío. No se arrepentía de lo sucedido, pero era la primera vez que se entregaba a otro hombre sin un techo y unas paredes que lo protegieran.
Por más que había intentado controlar sus impulsos, sus esfuerzos habían sido en vano.
Y ni siquiera podía echarle la culpa a Benji y decir que él lo había incitado: habían sido sus ganas, su deseo contenido, sus propias palabras escapando traicioneras desde el primer minuto de la noche.
Miró al cielo y luego al joven, a su lado, caminando distraído. Sonrió de medio lado.
Minutos después, el coche de Leo se detuvo frente al portal de Benji. No había un alma en la calle. Era la una y media de la mañana y los vecinos estaban durmiendo o celebrando el primer día de las fiestas locales.
Leo estaba preocupado. La mayor parte del camino la habían pasado en silencio y no sabía si Benji estaría decepcionado por cómo había terminado la noche. Ahora que él había decidido convertirse en un loco suicida y tirarse al vacío sin paracaídas, no quería que Benji se sintiera desilusionado.
—¿Estás bien? —preguntó Leo.
—Estoy bien —Benji se quitó el cinturón de seguridad y se sentó de lado—. ¿Y tú?
—También estoy bien…
—¿Puedo darte un beso?
Leo echó un vistazo por la ventanilla del coche, pero antes de que pudiera responder, la mano del de ojos verdes le agarró de la mandíbula con fuerza y lo obligó a girarse. En menos de un segundo sintió los labios de Benji de nuevo contra los suyos.
No podía describir lo que sintió al reconocer de nuevo su sabor. El agarre se convirtió en una suave caricia que fue viajando hasta su cuello, consiguiendo ponerle los pelos de punta una vez más.
Entreabrió sus ojos y vio que Benji también lo observaba con los ojos entrecerrados mientras seguía besándolo, succionando sus labios, acariciándole con delicadeza el cuello, la oreja, la nuca.
Leo pensó que podría estar toda la noche besándolo y no llegaría a cansarse. Benji era adictivo, especial y único.
—Creo que podría estar toda la noche besándote y no me cansaría —susurró el joven.
A Leo se le hizo un nudo en el pecho: que Benji estuviera pensando lo mismo que él le provocó un dulce vértigo.
Alzó su mano y recorrió con ella el brazo de Benji, regalándole todas las caricias que se había guardado durante tanto tiempo, hasta que llegó a su mano.
La agarró, entrelazó sus dedos con ternura, la acercó a sus labios y la besó, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Después, dejó ambas manos descansando sobre su pierna, aún entrelazadas.
Benji sonreía como si aún no terminara de creerlo.
—¿Te veré el domingo en la fiesta? —preguntó el joven.
Leo pensó que Benji tenía que salir de aquel coche ya, o si no se aferraría a él y no lo dejaría ir nunca. Y ya habían aclarado antes, casi sin palabras, que para él era mejor ir poco a poco.
—Sí, estaré allí seguro.
—Pues nos vemos el domingo.
—Hasta el domingo…
Benji lo besó durante escasos segundos y bajó del coche. Leo lo observó embobado hasta que entró en el portal. Tuvo que esperar un poco más hasta calmarse del todo y poder volver a conducir.
Esa noche se había sumergido en un sueño del que no quería despertar. No quería volver a la vida real. Ahora solo podía pensar en los tiernos labios de Benji. En su aroma, en su sabor, en su tacto. En todo lo que provocaba en él, en todo lo que él mismo provocaba en Benji.
Mientras conducía con la ventanilla bajada para refrescarse, evocó sus besos una y otra vez, sonriendo como un tonto enamorado.