Están lloviendo hombres 16 #2
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16 #2

—¿Yo? —preguntó Benji con carita de inocente. Leo intentó alcanzar su bolsillo, pero el joven fue más rápido y lo sujetó con fuerza por el antebrazo—. ¿Dónde va esa manita? —se dejó caer en la palmera que había a sus espaldas, sin soltarlo.

Leo no respondió, solo clavó la mirada en sus ojos, sintiendo el fuerte agarre que poco a poco iba cediendo. Sin embargo, lejos de soltarlo, Benji fue bajando su mano con lentitud en una dulce caricia a lo largo del antebrazo, hasta llegar a la muñeca.

Leo movió su mano intentando deshacerse de él.

—Benji, hay mucha gente.

—Está muy oscuro, la palmera nos tapa un poco y la gente está pendiente de los fuegos. Y yo llevo una puta semana muriéndome de ganas por tocarte así —esas palabras, casi en un susurro, le recorrieron la piel como un escalofrío.

Su corazón bombeó fuerte y dejó de luchar por soltarse.

La mano de Benji descendió un poco más y sus dedos le acariciaron la palma con suavidad. Sabía que en sus ojos brillaba el desconcierto, pero no podía negar la excitación que sintió cuando el joven entrelazó sus dedos y le apretó la mano con ternura.

Benji seguía apoyado en el tronco del árbol y tiró de él con suavidad. Leo, hipnotizado, dio un paso al frente con su pie derecho, y luego con el izquierdo.

Y ahí estaba, frente a Benji.

Tan cerca como lo había estado apenas una semana antes, en la discoteca.

—No sabes cuánto me gustaría besarte.

La confesión de Benji fue clara y sin rodeos, como todo lo que brotaba de sus labios, y fue directa a clavarse en el centro del pecho de Leo, como una flecha impregnada de algo dulce y amargo a la vez.

—No digas gilipolleces, Benji —Leo pretendió ser cortante, pero sus traicioneros ojos bailaban entre los labios del joven y sus verdes iris.

—¿Gilipolleces? Mírame a los ojos y dime que no te mueres por darme un beso.

Sin querer, Leo se mordió el labio. El tono seductor de Benji, su excitante mirada, sus dedos aprisionándolo sin dejarle escapatoria.

Sí, se moría de ganas, pero… ¿era lo correcto?

A veces uno tenía que aguantar las ganas y reprimir sus deseos; pero si Benji continuaba seduciéndole de aquella forma, no podría negarse.

—Pero Benji… —empezó a decir mientras miraba a su alrededor.

Como si no lo hubiera escuchado, Benji entrecerró los ojos y comenzó a acercarse lentamente, sin prisa.

Leo no podía creerlo, ¿de verdad iba a besarlo? ¿No debería separarse de una vez y salir corriendo? ¿Qué iba a ocurrir después de ese beso? No podía hacerlo, no estaba bien.

Sin embargo, mientras pensaba aquello, sus dedos apretaron instintivamente la mano de Benji y cerró los ojos a la espera del contacto.

Sus pies pesaban, su cuerpo no quería apartarse.

Sintió el aliento del joven sobre su piel: su boca se acercaba a una velocidad terriblemente pausada.

O eso le parecía. Ya no podía controlar su agitada respiración.

Todo su cuerpo respondía ante aquel maravilloso joven y clamaba de deseo por él.

Lo deseaba con todas sus fuerzas.

Un cohete algo más sonoro de lo normal tronó tan fuerte que los sobresaltó cuando sus narices estaban por rozarse. Sus manos se soltaron.

El espectáculo había finalizado y la gente estalló en aplausos.

Y Leo respiró tranquilidad.

Benji vio a Leo resoplar fuertemente, como si estuviera liberando mucho estrés acumulado. Se dejó caer de nuevo contra la palmera y sonrió irónico, fastidiado por haber perdido la oportunidad.

—Mierda, mierda, mierda…

—¿No te das cuenta? —dijo Leo con una calma que a Benji le resultó insoportable—. Esto no está bien. Eso solo ha sido una señal más de que tenemos que controlarnos.

—No me toques los cojones, Leo.

—Venga, vamos. No quiero montar un numerito aquí —añadió su tutor, señalando al frente.

Benji se giró. La gente se dispersaba y abandonaba el lugar. La sangre comenzó a hervirle y no pudo contenerse más: la frustración se apoderó de él.

—¡Eres un calientapollas! —exclamó— ¿Quieres algo conmigo o no?

—Deja de gritar así, Benji, por tu madre…

—¡Ni por mi madre ni hostias!

Leo permaneció en silencio. Benji lo miró y pudo ver claramente la duda en sus ojos. Además, se tocaba la frente y se revolvía el pelo con inquietud.

Mierda.

Con mucho esfuerzo, consiguió centrarse y pensar las cosas con calma. Aquel hombre que tanto deseaba llevaba mucho tiempo escondiéndose y, por mucho que le fastidiara, entendía que esa situación no debía de ser fácil.

—Es que estoy harto de esto. Deja de jugar conmigo, por favor… —suplicó—. Me gustas muchísimo, pero no sé qué quieres de mí.

Vio a Leo cerrar los ojos un instante.

—¿Por qué has accedido a cenar conmigo? —continuó.

Leo no respondió, estaba… raro. Parecía luchar consigo mismo. Movía el peso de su cuerpo de un pie a otro. Inquieto, agitado, nervioso.

Y Benji se sentía más vulnerable que nunca.

—Solo quiero saber si te gusto. Si no es así, te dejaré en paz…

En un movimiento rápido, Leo se acercó y le agarró la camisa con suavidad.

Luego, lo empujó lentamente contra el tronco de la palmera.

La cercanía se había hecho dueña de sus cuerpos de nuevo, pero esta vez más acentuada: podía sentir el calor del torso de Leo pegado al suyo y su respiración entrecortada.

Apenas un par de centímetros separaban sus labios.

Benji lo miró aturdido y Leo pronunció esas palabras que tanto tiempo llevaba esperando.

—Claro que quiero besarte.

El propio Leo acortó cualquier distancia. Rozó sus labios con reserva, apenas unos segundos, antes de que algo en él pareciera quebrarse.

Y entones lo besó de verdad.

Benji respondió al momento, rodeándolo con los brazos y saboreando por fin aquel momento. Era incluso mejor de lo que había imaginado y soñado. Se le escapó un profundo gemido de placer cuando su lengua anhelante encontró la de Leo. El contacto era dulce y húmedo, pero impulsivo al mismo tiempo.

Las manos de Leo soltaron su camisa y subieron hasta enmarcarle el rostro, sujetando su mandíbula con firmeza. Leo profundizó el beso aún más, lamiendo cada rincón y mordiéndole los labios. Benji no podía sino dejarse llevar por aquel torrente de pasión que había poseído al mayor.

Deslizó sus manos por la espalda de Leo.

Sonreía complacido entre beso y beso. Se sentía como si su alma estuviera flotando en el aire, disfrutando de aquellas manos que sostenían su rostro, de aquella lengua que se colaba una y otra vez para jugar con la suya, de aquella agitada respiración que resonaba entre sus cuerpos.

Leo sorbió el labio inferior de Benji y se separó con lentitud.

—Por fin… —susurró Benji extasiado, acariciando la nariz de Leo con la suya. Luego le dio un ligero pico en los labios y lo mordió con cariño—. Mierda, Leo, ¿por qué has tardado tanto?

—Ni siquiera ahora estoy seguro de lo que estamos haciendo. Me ha gustado mucho besarte, pero… me da miedo que alguien nos haya visto —admitió, sin perder de vista al reducido grupo de personas que permanecían alejadas de ellos—. No sé si esto es correcto.

—Deja de preguntarte si está bien o no —Benji entrelazó los dedos en el cabello de Leo—.

Y no me cuentes la historia del tutor. Si trabajo mal, me puedes suspender sin problema; yo solo quiero matrícula de honor cuando estemos a solas…

—dijo con retintín y, manteniendo el agarre en su pelo, lo atrajo hacia sí.

Se fundieron en un nuevo beso, esta vez más lento, más consciente. Benji se estremeció: los labios de Leo eran suaves y el roce de su barba le causaba unas suaves cosquillas. Algo en la manera en que lo besaba y lo tocaba, una mezcla de contención y deseo, hacía que se le encogiera el pecho.

Benji quiso atreverse a más y deslizó sus labios por la mandíbula de Leo, despacio, deleitándose con cada centímetro de piel por el que viajaba hasta llegar a aquel tentativo cuello que pedía a gritos ser probado.

Leo cerró los ojos, tenso. Sentía el calor de Benji en su cuello y cómo lo tocaba sin prisa, como si todo a su alrededor hubiese desaparecido y tuvieran todo el tiempo del mundo.

No dejaba de pensar en dos cosas: la primera era que estaba perdido; la segunda, que estaba harto de contenerse. Y es que, a pesar de la incertidumbre, solo quería continuar explorando su boca y su cuerpo.

Benji le mordió de forma superficial la curva entre su cuello y su hombro, y él jadeó, pleno de deseo.

Se dejó llevar y le correspondió de la misma forma: posó sus labios en la tersa piel del cuello de Benji y lamió hasta que el amargo sabor de la colonia le inundó la boca.

Lejos de molestarle, le pareció sumamente excitante.

Porque para él, Benji era exactamente así. Era dulce, pero amargo; lo deseaba con todo su ser, pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar que le traería problemas, que desbarataría su tranquila y ordenada vida.

Ascendió lentamente y su lengua jugueteó con el pendiente de Benji, con el lóbulo de su oreja, recreándose, como si fuera un manjar delicioso digno de ser saboreado con sosiego. Benji gimió sobre su cuello.

—Eres un maldito niñato… —susurró Leo en su oído con la voz cargada de un tenso placer—. No te lo voy a perdonar en la vida.

Se apretó contra él. Podía sentir la entrepierna del joven contra su pelvis, excitada al igual que la suya.

—Pues no me lo perdones, yo no me voy a arrepentir…

Leo lo miró con admiración.

—Joder… Eres maravilloso.

—¡Vaya! —exclamó Benji—. Esta noche ya van dos cumplidos por parte del doctor Escrivá. Lo voy a añadir en mi libro del residente como «Tarea especial conseguida».

—Capullo… —y volvió a sonreír.

Incapaz de separarse, Leo volvió a agarrarlo con fuerza, esta vez del culo, presionándolo contra él.

—Joder… —repitió Leo. Estaba tan obnubilado que sentía que había olvidado cómo unir una palabra con otra y formar una frase.

—Como sigas así, voy a dejar de portarme bien.

—A lo mejor es justo lo que quiero —respondió.