16
Benji y Leo paseaban por el puerto de Málaga, un espacio que había sido recientemente remodelado a modo de zona comercial al aire libre y conocido como «Muelle Uno».
Al ser la noche de apertura de la Feria de Agosto, muchas personas se habían concentrado allí y en otras zonas de la costa malagueña para disfrutar de los fuegos artificiales inaugurales.
A pesar de la multitud, la tenue iluminación de las farolas creaba un ambiente íntimo que les hacía pasar más desapercibidos.
Caminaban despacio por el paseo, junto a los jardines iniciales, sumidos en un completo silencio entre ellos y envueltos por el apagado murmullo de las personas que por allí transitaban o que tomaban algo en las terrazas de los restaurantes.
Leo desvió sus negros iris a un lado y quedó prendado de la imagen que tenía frente a él. Aquella noche estaba iluminada por una enorme luna, casi llena, que se reflejaba en el mar, tiñéndolo de leves destellos que se movían al ritmo del tranquilo oleaje.
Aunque lo que verdaderamente le tenía ensimismado era el rostro de Benji, sereno y perfecto, también iluminado por la luz de la luna.
Su piel dorada por el sol, que se veía tan suave.
Su pecho ligeramente descubierto, bajo la camisa blanca que contrastaba con su bronceado.
Su cabello, con aquellos alborotados pero a la vez ordenados rizos que se erguían elegantes.
Sus iris verdes brillando por el reflejo del astro lunar.
Unos ojos que, en ese mismo momento, lo miraron. La seriedad que le tenía fascinado se esfumó en el segundo en que cruzaron sus miradas.
—¿Qué me miras tanto? —preguntó Benji juguetón.
—Nada… —contestó Leo avergonzado. En su interior, la inquietud y la emoción que sentía empezaban a asustarlo.
—¿Paramos aquí? Ya mismo empieza —Benji echó un vistazo a su reloj.
Habían llegado a una zona un poco más vacía, donde unos jardines con unos bancos y algunas palmeras los invitaban, silenciosos, a evadirse. Tras un mudo intercambio de miradas se adentraron en el verde paraje y se situaron detrás de las personas que ya esperaban allí a que iniciara el espectáculo.
Leo, bastante nervioso, notó cómo crecían esas ganas que le entraban cada vez que sentía un poco de estrés. Más aún después del día en que le confesó a Pedro lo de Benji, cuando había recaído.
—Tú no fumas, ¿no?
—No, ¿tú sí? —preguntó el joven confundido.
—Ya no, lo dejé cuando me divorcié.
—Dejaste dos malos hábitos de golpe: fumar y las mujeres —dijo con sorna.
—Muy gracioso. Mierda, necesito un cigarro… —murmuró, y buscó con la mirada a alguien que fumara para pedirle uno.
—Ni se te ocurra —le advirtió Benji—. Enciendes un puto cigarro y te lo apago en el ojo. ¿No decías que lo habías dejado?
—A veces me entran ganas. Cuando me estreso. Y me fumé uno hace poco con Pedro, así que lo tengo reciente.
—Qué responsable… —respondió sarcástico—. ¿Es que estás estresado ahora?
Leo tardó unos segundos en contestar.
—No —respondió titubeante—. En fin, déjalo…
Volvieron a quedar en silencio. Leo seguía con la mirada el ir y venir de personas, y de reojo vio cómo Benji fruncía ligeramente el ceño, como si todavía estuviera dándole vueltas a algo. No sabía si sería lo del tabaco o lo de las mujeres.
—Oye, ¿puedo hacerte una pregunta un poco personal? —preguntó Benji.
—Depende de lo personal que sea.
—¿Sí o no?
—Házmela, y ya decidiré.
Benji sonrió resignado.
—Vale. Cuando estabas con Yoli, supongo que tendríais vuestros momentos…
—¿Te refieres a si follábamos? —preguntó directo. Benji asintió—. Pues claro, estuve con ella casi seis años.
—¿Y te ponía? —Benji parecía alucinado—. Perdona, es que me pica la curiosidad. Has vivido una vida completamente diferente a la mía.
—Yo qué sé… —dudó y desvió su mirada al frente—.
Supongo que no del todo, me centraba en las sensaciones y en el tacto.
Pero la abrazaba de verdad y la besaba con cariño…
—su tono de voz fue menguando poco a poco.
Aún seguía culpándose por haber jugado con su amiga de aquella forma, aunque no lo hubiera hecho con maldad, porque realmente intentó que aquello funcionara—.
Otras veces no podía. A lo mejor se me cruzaba la imagen de un hombre y la culpabilidad hacía que me viniera abajo.
Me frustraba muchísimo, pero ella era muy comprensiva.
Al menos al principio, luego se dio cuenta de que la realidad era otra bien distinta —Leo se giró hacia Benji y lo vio demasiado serio—.
No te quedes tan callado, das miedo cuando no hablas.
—Es que no sé qué decir, es algo delicado.
—Tú preguntaste.
—Ya…
—Llegó un momento en que dejó de besarme y abrazarme —prosiguió, con la necesidad de contárselo todo.
Incluso detalles que ni Pedro ni Santi sabían—.
Me rechazaba o permanecía indiferente cuando me acercaba a ella, y me preocupé.
Y entonces llegó el día en que me la encontré llorando en el salón y me dijo el típico: «Tenemos que hablar» —soltó una risita desganada—.
Me preguntó si la quería, que fuera sincero, y yo contesté que sí.
Porque era cierto. Hay muchas formas de amar y yo a ella la quería de forma especial.
Me acuerdo de cómo sonó su risa, tan sarcástica…
—Leo, no hace falta que me cuentes todo…
—Espera —le cortó—. No me creía y me desesperé.
Le dije que era cierto y que tenía que creerme, y fue entonces cuando me dijo que no estaba siendo honesto conmigo mismo.
Me quedé mudo. Al final le pregunté que a qué se refería.
No sé por qué lo hice, porque su respuesta me daba miedo.
Me cogió de las manos y me dijo: «No soy tonta, me he dado cuenta de cómo miras a los hombres».
Cuando la oí decir eso, se me cayó el mundo a los pies.
Y nada, se acabó. Yo lo sabía: claro que se me iban los ojos, pero me empeñaba en ocultarlo, en aparentar ser…
un heterosexual más. Y no me preguntes por qué, ni yo mismo lo sé…
¿Miedo? ¿Vergüenza? Algo así —cuando miró a Benji, vio la tristeza en sus ojos—.
Perdona, no quiero que te sientas ofendido.
—No, si les pasa a muchos… He conocido a muchos tíos que viven como tú. La sociedad puede llegar a ser una mierda, no todo el mundo tiene las mismas vivencias —dijo comprensivo.
—A veces te envidio. A ti todo te da igual.
—A ti también podría darte igual si quisieras —aseguró, situándose frente a él y obligándolo a mirarlo—.
No te veo como alguien débil. ¿De qué tienes miedo?
¿De la gente? A ti las críticas te entran por un oído y te salen por otro, o al menos es lo que creo por lo poco que te conozco.
¿Te crees que yo no he tenido que aguantar ciertos comentarios?
Pero créeme, hay más gente buena que mala en este mundo, aunque no lo parezca.
Ya no estamos en la época de Franco —bromeó.
—Pero no es tan fácil.
—¿Por qué? El mundo está lleno de gais, lesbianas y bisexuales. ¡Óscar es gay! Joder, es tu compañero desde hace años. ¿Alguna vez has visto que su orientación sexual le suponga un problema?
—Te digo que no es lo mismo.
—¿Por qué no?
Leo negó con la cabeza.
—Ni siquiera lo saben mis padres. Ellos piensan que me divorcié porque se acabó el amor. ¿Qué pensarían si se enteraran de la verdad? De lo que le hice a Yoli. Fue algo cruel. Y son muchos años de mentiras… Demasiados. No sé, es complicado. Tampoco pretendo que me entiendas.
En silencio, Leo miró hacia el mar que se extendía tras la figura de Benji.
—En fin, dejemos de hablar de esto. No quiero que tengas un mal recuerdo de esta noche —dijo Benji.
Lo miró a los ojos y suspiró.
—No te preocupes. Me siento bastante culpable por lo de Yoli, pero no me importa hablar de esto contigo. Quizás hasta me venga bien desahogarme.
—Te puedes desahogar conmigo cuando quieras.
Leo abrió los ojos, incrédulo. ¿De verdad había dicho eso? La expresión de Benji cambió de golpe, como si acabara de darse cuenta del doble sentido de sus palabras. Leo intentó aguantar la risa, pero le fue imposible: estalló en carcajadas y Benji lo acompañó enseguida.
—Eso ha sonado muy mal —dijo Leo entre risas.
—Perdona, te juro que por una vez en mi vida no ha sido intencionado. Me refería a hablar y eso.
—Claro, claro… —canturreó Leo.
Se quedó embelesado con la risa de Benji, pero aquel encantamiento se rompió cuando un estruendoso estallido resonó en el cielo.
En un acto reflejo miraron hacia arriba y allí estaban los culpables del ruido: los fuegos artificiales habían dado comienzo. La gente que se encontraba en el lugar se agolpó al paseo, pero ellos permanecieron en el jardín.
—Voy a hacer un vídeo —Benji sacó su móvil—. Que es una gilipollez, porque los grabo todos los años y tengo ya no sé cuántos vídeos en el ordenador de fuegos artificiales. Todos iguales.
Leo sonrió al verlo concentrado con los brazos en alto, enfocando al cielo y grabando.
—Si quieres nos vamos para allá, aquí nos tapan un poco las palmeras.
—No, qué va. Aquí está bien. Así es diferente este año —le guiñó un ojo y después permanecieron cerca de un minuto en silencio, hasta que el de ojos verdes paró el vídeo mientras los fuegos continuaban—. Listo. El mejor vídeo de todos los tiempos.
—¿Y eso?
—Porque se te escucha hablar al principio —respondió convencido, y Leo se echó a reír.
—Trae, que lo voy a borrar —le hizo un gesto con la mano, pero Benji guardó su móvil en el bolsillo del pantalón y abrió sus brazos a modo de invitación.
—Si quieres borrarlo, tendrás que meter la mano para cogerlo… muy, muy abajo…
—Está bien —contestó decidido y se acercó a Benji, quien dio un salto hacia atrás y dejó escapar una risa ligera que flotó en el aire como si fuera una dulce música.
—¿¡En serio me vas a meter mano!? —exclamó, fingiendo estar escandalizado.
—¡Deja de tontear!
—Tú eres el que tontea…
—No, eres tú… —Leo se acercó aún más.