15
Benji bajó al portal de su edificio a las nueve en punto. Miró su móvil y leyó el mensaje que Leo le había enviado quince minutos atrás, después de enviarle la dirección: «Salgo ya».
No sabía si estaba nervioso o si, sencillamente, sentía mucha impaciencia. A pesar de ser siempre una persona muy segura de sí misma, le era inevitable sentirse así porque aquello era una cita. Con todas sus letras.
Iba a tener una cita con Leo.
Una tonta sonrisa se dibujó en su rostro cuando pensó en ello.
Tantas veces había fantaseado con ese momento que ahora se encontraba ansioso por poder hacer realidad sus encuentros imaginarios.
Todavía no podía creer que aquel juego que empezó como una tontería, como un único deseo de sexo, hubiera terminado así.
Ya no quería solo compartir una cama con Leo: también quería estar con él en un sentido más profundo.
Le costaba reconocerlo y su cuerpo se estremecía al pensar en ello, pero deseaba tener una relación con él.
Así que el primer objetivo de la noche era que Leo empezara a tomarlo en serio.
El claxon de un Audi azul eléctrico lo despertó de sus ensoñaciones. Frenó justo frente a él y Benji acudió con calma a sentarse en el asiento del copiloto, con sus siempre altaneros andares y esa suficiencia que lo caracterizaba.
—Al serio y formal doctor Escrivá no le pega este color tan llamativo —bromeó una vez estuvo dentro, haciendo una clara referencia a la pintura del coche.
Lo miró de reojo. Estaba demasiado guapo con esos pantalones negros que tanto le gustaban y esa camisa gris oscuro bien remetida.
—Pues a mí me gusta —metió la primera marcha y arrancó de nuevo—. Además, tampoco es que yo sea un muermo…
—Bueno… —replicó con sarcasmo—. Aunque tienes razón, el sábado no fuiste un muermo. Estabas diferente.
—Entonces vamos al centro, ¿no? —preguntó Leo de repente.
Benji sonrió al darse cuenta del pequeño rubor que asomó en sus mejillas.
—Sí. Aparca donde te parezca.
—Mira que eres… Me invitas a cenar y me toca recogerte.
—Cabrón, tú insististe… Yo te dije que podía ir andando —se quejó, pero el brillo juguetón en la sonrisa de Leo le dejó claro que le estaba provocando.
—Estaba de broma, tonto —dijo sin quitar el ojo de la carretera—. ¿Has visto? Yo también puedo picarte un poco. Como te descuides, se cambiarán las tornas… —y lo miró de reojo con una entrañable timidez.
Leo parecía estar especialmente receptivo y eso le gustaba.
Después de aparcar, Benji y Leo caminaban por calle Larios.
Aunque Leo quería disimular, en realidad se moría de curiosidad por saber dónde le llevaba.
Se sentía un poco patético por el hecho de que fuera su residente quien lo invitara a él, pero se calmaba la vergüenza al pensar que ya le devolvería la invitación más adelante.
Solo de imaginar otra cita con Benji —porque definitivamente eso era una cita— le excitaba y le alteraba a partes iguales, pues veía cómo todo se le estaba yendo de las manos y cómo le costaba frenar cada vez más.
Y también veía cómo le gustaba demasiado ir sin frenos.
Era la primera vez que veía a Benji un poco más arreglado y sabía que no podría dejar de mirarlo en toda la noche. Iba con vaqueros azules, pero se había puesto una camisa blanca que le sentaba como un guante.
Lo de ser tan sexy debería estar tipificado en el Código Penal.
Cuando se adentraron en calle Granada, Benji lo miró sonriente.
—Estamos llegando —anunció, moviendo su cabeza para indicarle un desvío.
Leo observaba a las personas a su alrededor.
El centro estaba a rebosar. ¿Qué pasaría si lo veía algún compañero del hospital junto a Benji?
Se vería demasiado raro, pensaba su mente paranoica.
Ni se le pasaba por la cabeza la posibilidad de que la gente pensara que solo eran un par de compañeros de trabajo.
¿Benji, abiertamente gay, y él cenando solitos un viernes por la noche?
Rarísimo.
Resopló un poco y movió sus manos intentando aliviar el estrés que se acrecentaba en su interior.
—Si llego a saber que te incomoda tanto, no te invito a cenar —dijo Benji.
—No, Benji, disculpa… Estoy bien.
—Vale… —contestó con gesto de resignación—. Me encanta que me llames Benji ahora, suena muy bien viniendo de ti —Leo puso los ojos en blanco, tratando de esconder su rubor. Benji frenó de golpe—. Bueno, aquí es.
Abrió los ojos sorprendido.
—¿En serio me has traído aquí?
—¿Qué pasa?
—Nada, es solo que… puede que te salga un poco caro —dudó un segundo.
Benji lo había llevado a uno de los restaurantes más reconocidos de la capital de la Costa del Sol y el preferido de cualquier personalidad que acudiera a la ciudad.
Tan era así, que una de las paredes del local estaba cubierta por fotos de famosos que habían pasado por allí y se habían fotografiado con el dueño o los camareros.
Eran, sobre todo, actores y actrices que pasaban por la ciudad durante el conocido Festival de Cine Español de Málaga, aunque también había músicos, políticos y otras celebridades.
—Coño, para una vez que accedes a salir conmigo, ¿qué querías? ¿Que te llevara al 50 Bocadillitos? Además, tampoco es para tanto… —dijo, y añadió con picardía—. De alguna forma te tengo que ganar, ¿no?
« Ya me tienes ganado… », pensó Leo fascinado y culpable al mismo tiempo.
Fascinado por motivos ya más que evidentes.
Culpable porque Benji le gustaba demasiado como para seguir los principios que habían regido su vida hasta el momento, y se sentía como si se estuviera traicionando a sí mismo.
Se estaba dejando llevar con demasiada facilidad, como un diente de león que vuela ante la más mínima brisa.
Al entrar, Benji dio su nombre y un camarero los acompañó hasta una de las mesas.
—Es la primera vez que vengo —reconoció Benji mientras tomaba asiento.
—Te gustará.
—¿Has venido antes?
—Un par de veces. Una de ellas con gente del hospital.
—¿Y la otra?
—Con Yoli.
Uno de los camareros les entregó la carta y rompió aquel incómodo momento. Leo notó cómo Benji tensaba su mandíbula, como si se arrepintiera de tocar ese tema. Aunque la relación entre Yoli y Leo era ejemplar, su matrimonio tapadera no era el mejor tema de conversación para inaugurar la noche.
Benji, carta en mano, le pidió consejo sobre qué pedir. También le aseguró que no quería escatimar en gastos y que no se fijara en los precios. Leo, agradecido, le aconsejó algunos platos de la carta.
Después de decidirse por un plato principal, unos entrantes y una botella de vino, empezaron a hablar del trabajo.
Al principio comentaron algunos detalles sobre unos pacientes, pero después se echaron a reír cuando Leo señaló que ni siquiera fuera del hospital podían dejar la medicina a un lado, así que charlaron un poco sobre sus compañeros.
Leo le contaba algunos cotilleos de los adjuntos y Benji hacía lo mismo sobre los residentes.
—¿De qué te ríes ahora? —preguntó Leo, intrigado al ver que Benji sonreía mientras se llevaba un trozo de carne a la boca.
—¿Te acuerdas de nuestros primeros días juntos? —Benji tenía un bulto en la mejilla debido a la comida que le hacía parecer adorable. Después de tragar, continuó hablando—. El día que te dije que me gustaban los tíos fue épico. Cuando lo del enfermero, ¿te acuerdas?
—Claro que me acuerdo… No me estabas haciendo ni puto caso.
—Sabes que no es así, claro que te atendía… —afirmó Benji, volviendo a su plato—. Al final averigüé su nombre. Se llama Pablo. Es de UCI, seguramente no te sonaba por eso.
—¿Sí? ¿Y…? —Leo dudó un segundo si seguir preguntando, temiendo parecer demasiado interesado. Lo miraba de reojo mientras cogía un poco del tartar que les habían servido.
—No, no he tenido ningún lío con él —sonrió divertido, y Leo chasqueó la lengua al ver su curiosidad descubierta—. Por cierto, ahora que hablamos de eso, tengo una duda.
—Dime.
—¿No te habías dado cuenta de mis intenciones antes de ese día? Yo qué sé, todos tenemos un sexto sentido. Más o menos desarrollado, pero todos lo tenemos.
—Sinceramente, sí —admitió—. No hacía falta tener un sexto sentido, eras un puto descarado. Pero esperaba de todo corazón que no fuera así.
—¿Y eso por qué?
—Porque no quería que pasara esto.
Durante unos segundos se miraron a los ojos. Benji cogió el tenedor y reprimió una risita.
—Y lo bien que nos lo vamos a pasar a partir de ahora… Mariconeando por ahí…
—No, por favor… —Leo se llevó una mano a la cara como si se tratara de un suplicio, pero lo que su mano tapaba realmente era una sonrisa avergonzada.
—Es coña, no te preocupes. Pero podríamos salir alguna noche como el otro día. Lo pasamos bien… ¿no?
Leo le sostuvo la mirada y terminó suspirando por lo bajo.
—Sí, bastante bien. Fue… —dudó acerca de cuál sería la mejor palabra para describir la noche— …curioso.
—La verdad es que me sorprendiste, no esperaba que fueras tan espontáneo.
—Eso fue por el alcohol.
—Puede ser… Me acuerdo de cuando te presenté a Aitor, ¡cómo te pusiste! ¡Te lo comiste con la mirada!
—Estaba jugando, actué un poco… —se sonrojó al recordarlo. El sábado, en parte por su estado de embriaguez, había adoptado una actitud de macho donjuán que daba risa—. Fue bastante divertido.
—¿Solo eso? ¡Estabas arrollador! —exclamó Benji—. Te juro que un poco más y empujo a Aitor para ponerme yo delante. Quería que me hablaras así a mí. Me pusiste como una moto —confesó, mordiéndose con ligereza el labio inferior.
Leo quedó hipnotizado por un segundo. Seguramente Benji ni se daba cuenta de lo que podía provocarlo solo con ese gesto.
—Esa sinceridad tuya…
—¿Qué? ¡Es verdad! —Benji bebió un poco de vino—. No me llegué a poner celoso porque estábamos jugando a tu «primer día en una disco gay» y quería que te lo pasaras bien zorreando. Pero me da rabia que no te comportes así conmigo…
—Ya te he dicho que todo era un juego, no iba en serio con ninguno —repitió, y cuando se dio cuenta de que había sonado como si estuviera dando explicaciones, lo miró de reojo: Benji lo observaba con esa insoportable pero irresistible chulería.