14
La peluquería estaba especialmente tranquila aquella tarde. Nico tenía solo tres citas concertadas y, en ese momento, atendía a una de sus clientas habituales: Mari, una señora que conocía desde niño y con la que tenía una relación muy cercana.
—Pues a Paquita, la del quinto de mi edificio, la ingresaron ayer —decía la señora mayor, recargada de joyas y de maquillaje hasta las cejas. Si a eso le sumabas la cabeza plagada de tiras de papel de aluminio, el aspecto resultaba realmente ostentoso.
—¡Qué me dices! —exclamó Nico mientras cogía un mechón y aplicaba el pastoso tinte con cuidado—. ¿Pero es grave?
—No lo sé, vino la ambulancia a por ella. Me parece que tiene azúcar y le dio un ataque o algo así me dijeron, yo de esas cosas no entiendo.
—Pobre señora.
—Se la llevaron al Regional. Ahí trabaja tu novio, ¿no?
Nico se echó a reír y miró de reojo a Susana, la empleada que tenía contratada en la peluquería y que estaba limpiando unos utensilios en la pila.
Ella, con su largo cabello adornado con mechas y extensiones, todo recogido en una alta cola de caballo, negó con la cabeza entre risas. Su pelo danzó de un lado a otro.
—Mari, mira que te lo he dicho veces, ¡que no es mi novio!
—Ay, pues el niño es monísimo, hijo. Aprovéchate… Guapo y médico, ¡si yo volviera a tener mis años…!
Las campanitas colgadas sobre la puerta principal produjeron un dulce tintineo. Cuando los tres se giraron, encontraron al centro de su conversación.
—Míralo, si es que es guapo el jodío … —murmuró la mujer, aunque lo suficientemente alto como para que Benji la oyera y los mirara confundido.
—¿Me he perdido algo? —preguntó intrigado conforme entraba.
—Nada. Mari preguntándome otra vez si somos novios.
—Pero no lo digas, hombre… —lo regañó ella.
Benji soltó una carcajada y fue a sentarse en el sillón contiguo.
—Mari, por mucho que usted se empeñe, su Nicolás y yo no vamos a ser pareja.
—Además, Benji ya ha encontrado el amor en el trabajo —se burló Nico.
—¡No me digas! —exclamó Mari con una gran sonrisa.
—No, joder… —Benji chistó y miró a Nico mosqueado—. Y tú podrías callarte, coño.
—Pero si yo no voy a decir nada —replicó Mari.
—No, claro… —replicó con ironía—. De aquí a la frutería, luego a la carnicería, y después lo sabe todo el barrio.
La señora lo miró indignada, pero luego sonrió al ver que Benji le guiñaba un ojo y la agarraba del brazo con cariño.
—Bueno, y si habíamos quedado luego, ¿qué haces aquí ya? —se extrañó Nico.
—Es que necesito que me arregles un poquito. Voy a tener una cita importante pronto.
Nico dejó lo que estaba haciendo y, al ver esa chulería en el rostro de su amigo, lo miró con la boca abierta.
—¿¡Cuándo pensabas contármelo!?
—Hoy. Coño, que lo concreté ayer, ¡solo he tardado un día en contártelo!
—Yo te mato, niño —lo amenazó con la mano, como si fuera un crío, y terminó con otro mechón. Se limpió los dedos y se dirigió a Susana—. Susi, cariño, ¿puedes terminarle las mechas a Mari?
—¡Sin problema!
—Ya sabéis que a mi niño le tengo que cortar el pelo yo… Es así de caprichoso.
—Eres mi peluquero personal, no me puedes dejar en manos de otro —dijo, mientras lo observaba reflejado en el espejo frente a él.
—Vente por aquí que te lave el pelo… ¿Vas a querer algo especial?
—No, solo quiero que me recortes un poco lo de arriba. Y repásame el rapado —dijo mientras se acariciaba el cabello con ambas manos y tomaba asiento de espaldas al lavabo.
—Marchando —le colocó una toalla por los hombros y comenzó con la tarea—. A ver, cuéntame… ¿Cita con Leo? —susurró para que Mari y Susana no se enteraran, aunque ellas ya se habían sumergido en otra apasionante conversación acerca de los últimos cotilleos del barrio.
—Sí. Lo he invitado a cenar el viernes y ha aceptado.
—¡Ay! —Nico dio un saltito de felicidad—. ¿Dónde lo vas a llevar?
—Aún no lo sé, pero quiero que sea un buen sitio. Quiero que salga bien.
—Y saldrá bien, mi vida. Tú ve despampanante y llévalo a un sitio bonito. No seas muy descarado, trátalo bien, no seas bruto…
—Nico, joder, que pareces mi madre.
—Es que estás desentrenado, ¿desde cuándo no intentas algo en serio?
—¿Desde nunca?
—¿Ves? Además, ahora estás tratando con un madurito. Tú hazle caso a papi Nico.
—Siempre te hago caso… —con los ojos cerrados, disfrutó del suave masaje capilar—. Creo que tú también tienes algo que contarme.
—Sí…
—Así que esta vez fue verdad. Te llamó.
—Me ha llamado a diario, Benji, ¡a diario! —exclamó emocionado—. Mientras tú estabas con tu doctor buenorro mariconeando por la pista de la Princesa , yo me pasé horas hablando con él por mensajes.
—Era Elías, ¿no?
—Sí, Elías… Elías y Nico. Suena genial, ¿eh?
—Genial —contestó feliz de ver a su amigo tan ilusionado, aunque no pudo evitar pensar en Juanca en ese momento.
Al rato, Nico cerró el grifo y le secó el pelo con suavidad.
Después lo llevó a un sillón en la hilera de enfrente, lejos de su compañera.
Mientras le peinaba, el rubio le contó que habían hablado el domingo, el lunes, y ese día también; que tenían mucho en común y que eso le gustaba; que Elías era muy bromista y siempre quería hacerle reír, otra cosa que le encantaba; y, finalmente, que habían quedado al día siguiente para cenar.
La dulce sonrisa de Nico evidenciaba su gran ilusión.
Benji lo observó enternecido.
—Estás guapísimo.
—¿Tú crees? Dicen que cuando uno está feliz, tiene el guapo subido. Tengo que ser la persona más bella del mundo ahora mismo. Bueno, ya te iré contando —concluyó resuelto y orgulloso.
—Más te vale. Espero que me lo presentes antes de que os comprometáis —bromeó, y Nico le dio un manotazo en el hombro.
—¿Qué dices, tonto? No exageres.
—Es que hacía mucho que no te veía así. A saber de qué habéis estado hablando para que te tenga con esa mirada de enamorado y esa sonrisa tan radiante.
—Pues de todo, ya te he dicho.
Benji, a través del espejo, vio la expresión divertida de su amigo y supo que no había terminado.
—Ayer, antes de colgar, me dijo que se sentía afortunado por haberme conocido. Que era como si hubiéramos estado destinados a conocernos.
—Qué romántico…
—¡No te burles! —se enfurruñó el rubio, y agarró la maquinilla para empezar a rapar, cuidándose de que todo quedara perfectamente perfecto—. Yo también sentí que estábamos conectados.
« Conectados », pensó Benji. Él también llevaba tiempo sintiendo eso mismo respecto a Leo.
Al principio parecía que no tenían nada en común, que pertenecían a dos mundos diferentes, pero ahora tenía la sensación de que esa conexión probablemente existía de verdad.
Algo hacía que no pudieran separarse ni queriendo: una extraña fuerza los mantenía unidos.
—¿En qué piensas? —preguntó Nico al verlo distraído.
—En eso de estar conectados. Me estoy volviendo un sensiblero estos días…
—Leo ha amansado a la fiera —dijo divertido.
—Calla… En serio, yo solo quería tirármelo, ¿qué cojones me ha pasado?
—No te voy a repetir la frase estrella, cariño, que sé que te pones nervioso… Pero aquí todos sabemos lo que te ha pasado —respondió convencido, esta vez tijeras y peine en mano para recortar el cabello más largo.
Benji lo miró con preocupación.
—No quiero llevarme ningún palo.
—Mira, rey, la vida está para sufrirla a veces.
¡Me lo vas a decir a mí! —exclamó, señalándose con la tijera.
Luego siguió con la labor—. No tengas miedo de lo que pueda ocurrir, solo disfruta de la mágica conexión que tenéis ahora.
El tiempo dirá —Benji lo observó pensativo, asimilando cada una de las palabras de su amigo—.
Si estás enamorado, disfruta de ello mientras dure. Y si dura mucho, ¡mejor!
—Supongo que tienes razón… —murmuró, con la palabra «enamorado» revoloteando por la cabeza: al final, Nico lo había soltado.
—Susi, ¿ya has terminado? —preguntó Nico al ver que Mari estaba leyendo una de las revistas del corazón que había en la peluquería.
La joven asintió—. Ahora hay que esperar un poco y luego terminamos contigo, reina —le habló esta vez a Mari.
Luego se miró a sí mismo en el espejo y se separó el cabello con intranquilidad—.
Mira qué raíces tengo ya… Esta noche me pongo el tinte, que mañana tengo que estar divina.
—Y lo estarás. No me canso de decírtelo, siempre lo estás.
—Con qué buenos ojos me ves…
—Ánimo, que esta va a ser nuestra semana. Tenemos que triunfar, ¿eh? —Benji le guiñó un ojo con entusiasmo.
Nico soltó una risita y empezó a bailar una canción inventada. Susana, Mari y Benji estallaron en risas a la vez.
—Ay, el Nico, lo contento que está. Es un caso… —murmuró por lo bajo Mari, pero todos la escucharon y se sonrieron divertidos.
Nico le devolvió la mirada a Benji por el espejo y compartieron una sonrisa cómplice. No necesitaban palabras para darse ánimos y decirse cuánto les importaba el éxito del otro.
Algo estaba cambiando. Benji y Leo lo notaban, aunque no se atrevieran a admitirlo.
Leo nunca iniciaba ningún movimiento, pero cuando Benji lo tocaba, en lugar de separarse como habría hecho en otro momento, lo disfrutaba.
Había ocurrido decenas de veces desde el sábado anterior.
Mientras comentaban los pacientes del día, si estaban a solas, Benji lo rodeaba por la cintura y se asomaba sobre su hombro para leer, y él no se apartaba.
En el ascensor del hospital, Benji pasaba el brazo por sus hombros y lo atraía hacia él entre broma y broma.
Cuando estaban sentados frente al ordenador, Benji acariciaba su nuca durante unos segundos.
En la lejanía, Benji le lanzaba una mirada seductora y Leo respondía con un brillo en los ojos.
Por no hablar de que charlar por teléfono fuera del trabajo se había vuelto inquietantemente habitual: era la primera vez que Leo le daba tanto uso a la aplicación de chat.
Para Leo todo era muy confuso. Por un lado, aquella situación le daba tanto miedo que no quería continuar así; pero, por otro, había una atracción imparable que lo arrastraba como un torbellino y que le impedía mantenerse indiferente.
Había caído en las redes del de ojos esmeralda y poco podía hacer ya para remediarlo: desde que Benji había descubierto la verdad, su cuerpo sentía una especie de libertad y reaccionaba a él.
Le pedía proximidad, contacto, intimidad, roces.
Quería sentir su respiración sobre su piel.
Todo su ser pedía a gritos dejarse llevar por aquel joven que tan loco lo estaba volviendo.
Cuando llegó el viernes, su cabeza estaba hecha un lío.
Esa noche iba a cenar con Benji y no sabía qué esperar.
Como un adolescente conociendo a su primer amor, sentía un dulce cosquilleo en el estómago y unas sensaciones que le hacían sentirse tonto.
Benji empezaba a ser el centro de su vida y amenazaba con no irse en mucho tiempo.
Al terminar la jornada laboral, se dirigió al despacho para coger sus cosas e irse. Necesitaba volver a casa, tirarse en la cama y dejar su mente en blanco unas horas; prepararse mentalmente para lo que se le venía encima esa noche.
Cuando creía que ya había huido del ángel de sus sueños, escuchó unos pasos apresurados tras él.
—¿Te ibas sin mí? —Benji se colgó de su cuello.
—Tú vas por un lado y yo por otro, ¿o acaso tengo que esperarte? —respondió, intentando mantenerse firme, a pesar de que sus rodillas flojearon al sentir su aroma y su cálido aliento contra su cuello.
—No estaría mal. Entonces, ¿cómo lo hacemos esta noche?
Leo sabía que se refería a la hora y al lugar de la quedada, pero su mente se encontraba completamente en otra parte y lo interpretaba todo con un doble sentido: se imaginó en la cama con su residente, probando mil y una posturas.
Joder. Tenía que apartar esos pensamientos cuanto antes.
—No lo sé, tú eres el que hizo la reserva.
—He reservado a las nueve y media y es en el centro, pero ya sabes que es un secreto. Supongo que iré andando, así que podemos quedar en calle Larios o…
—Te recojo.
—No hace falta, en serio. Si estoy a un paso de la Alameda.
—Que te calles —replicó Leo, dándole un leve codazo en la cintura—. Si voy en coche de todas maneras, ¿qué más me da pasar a por ti?
—Está bien —Benji sonrió feliz, apretó aún más el agarre y Leo tuvo que doblar un poco el cuello.
—No sé si eres consciente de que voy un poco incómodo y tengo que irme —intentó zafarse.
—No te vayas… —le pidió en un susurro que sonó más sensual de lo que debía—. Me encanta cómo hueles…
—Benji, por favor. Estamos en el hospital —Leo miró a su alrededor, alarmado.
Mierda. El soldadito estaba despertando.
—Vale, perdón… —lo soltó por fin—. Esta noche son los fuegos. Podemos ir a verlos luego, si te apetece —propuso, refiriéndose al espectáculo de fuegos artificiales que inauguraría la Feria de Agosto.
—Como quieras —respondió algo contrariado por el romanticismo que empezaba a contener toda la cita—. Paso a buscarte a las nueve, ¿te parece?
—Me parece. Ponte guapo, que te llevo a un sitio muy bonito.
—Habrá que ver… —Leo asintió a su consejo conforme salían por la puerta principal del hospital—. Reconozco que estoy intrigado.
—Pronto lo sabrás. Solo quedan pocas horas para que por fin seamos tú… y yo … —y tras decir aquellas últimas palabras de forma lenta y lasciva, se desvió hacia donde tenía aparcado su coche.
Leo se mordió el labio inferior, intentando contener la sonrisa mientras lo veía alejarse sin apartar la mirada, caminando de espaldas. Benji le sonrió provocativamente, le guiñó y lanzó un beso al aire.
—«Tú y yo»… Será hijoputa —murmuró entre risas cuando Benji se dio la vuelta.
Benji era todo un profesional cuando se trataba de seducir, y ya estaba más que demostrado.
Con cuatro gestos de nada había conseguido dejarle con un calentón encima que sería muy difícil de bajar, y eso le hizo temer por lo que pudiera pasar aquella noche.