Están lloviendo hombres 13 #2
37%

13 #2

Leo guardó silencio un momento. Estaba avergonzado.

La mano le temblaba y no podía hacer nada por disimularlo.

Para empezar, no podía creer que estuviera confesándoselo todo.

A él, a su residente, al que le robaba el sueño tantas noches en secreto.

Por otro lado, aquel joven que ni llegaba a los veinticinco años acababa de resumir su vida en pocas frases, sin pelos en la lengua. Se sentía imbécil.

Suspiró con pesar y decidió cambiar de tema. Ya que se estaban sincerando, no estaría mal empezar a conocerse mejor. Con algo de retraso, sí, pero más vale tarde que nunca.

—Bueno, y… ¿qué me dices de ti? ¿Cómo fue para ti todo esto? —preguntó en un ataque de irrefrenable curiosidad. Quería conocer otro punto de vista.

—Mi historial es amplio… —contestó Benji con arrogancia—, pero reciente, la verdad. Y tampoco fue un gran descubrimiento. Fue el primer año de universidad. ¿Tú cuándo?

—En el instituto, pero… si hoy en día los chicos a veces lo pasan mal, imagínate cuando yo era adolescente… —Leo frunció el ceño—. No quise pasar por lo mismo que el resto.

Benji lo miró compungido, como si empezara a comprender muchas cosas.

—Bueno, sigue contándome —le animó Leo—. ¿Qué te pasó en la universidad?

—Pues me empezó a gustar alguien de mi clase.

—¿Un amigo?

—Sí. Aunque no te lo creas, me había enfocado tanto en el estudio para poder entrar en Medicina, que hasta entonces no había tenido muchos líos.

Alguno que otro sí, con un par de chicas del instituto —puntualizó—.

Pero nunca me gustó mucho, lo hacía por inercia.

Con los chicos… pues bueno, pensaba que era admiración y ya está.

Pero, entonces, empecé a sentir algo por él, algo que nunca había sentido.

No me gustaba como amigo: era diferente.

No podía sacármelo de la cabeza. Quería estar con él a todas horas, me quedaba mirándolo embobado, me molestaba verlo hablar con otros tíos y siempre buscaba una excusa para tocarlo: que si te abrazo, que si te agarro de la muñeca como si nada…

Un día me toqué pensando en él y ya lo tuve claro.

Así que me dejé llevar —finalizó con una gran sonrisa.

—¿Y qué pasó con él? —se interesó Leo. No podía negar que la historia despertaba su morbo. Además, lo escuchaba como si le hablara de otro planeta: para él todo había sido mucho más complicado.

—Nada. Jamás se lo dije —se encogió de hombros—. Era de mis mejores amigos en la clase y claramente heterosexual, me daba miedo perderlo. Pero él era tan cariñoso… Siempre estaba de coña conmigo. No sé si te imaginas el tipo de tío al que me refiero, muy sobón con sus amigos.

Leo asintió y no pudo evitar sentir una punzada en el pecho. ¿Estaba sintiendo celos? ¿Qué cojones le pasaba? Tenía que calmarse. Se irguió en el sitio y carraspeó un poco.

—¿Crees que habría cambiado algo si se lo hubieras confesado?

—No lo sé, y ya nunca lo sabré —Benji encogió los hombros de nuevo y dejó de mover la cucharilla.

La apartó, bebió y continuó hablando—. Sí que le conté que era gay, obviamente, pero no le dije nada de que me gustara él.

Al principio no sabía si tenía que hacer algo en concreto para confirmar que me gustaban los hombres en general —rio divertido—.

Qué inmaduro. Pero mi mejor amigo me ayudó bastante.

—¿Te refieres a Nico?

—Sí. Él bromeaba y decía que siempre había sabido que yo terminaría saliendo del armario.

—¿Y con él nunca has tenido nada? —preguntó sin querer. La otra noche ya le había parecido un tío atractivo. Lo ocurrido lo dejaba bastante claro. No quería ni imaginar qué habría pasado si Benji no hubiera aparecido a tiempo.

—¿Por qué quieres saberlo? —inquirió Benji con una sonrisa traviesa—. Te gustó, ¿verdad?

—No…

—¿Entonces? ¿A qué viene ese interés?

Leo aguantó su mirada un instante. Su residente conseguía ponerle nervioso como nadie nunca lo había hecho. Bufó molesto.

—Nada, olvídalo.

Benji sonrió satisfecho.

—Nunca he tenido nada con él. Solo somos amigos. Aunque a veces nos damos besos, pero son piquitos amistosos, tranquilo —bromeó, y Leo bajó la mirada a su boca en un acto inconsciente—. ¿Tú también quieres un beso?

—¿Qué?

—Me mirabas los labios.

—Te equivocas, no te estaba mirando nada.

Benji volvió a sonreír.

—¿Sabes? Por un momento pensé que ibas a huir de mí hoy. El sábado estabas tan ciego que me dije: «Verás tú cuando este se despierte y sea consciente de todo lo que ha hecho…».

Leo lo miró de soslayo y resopló divertido.

—Eh, no estaba tan ciego.

—Nah… —respondió Benji con sarcasmo.

—A ver, sí que lo estaba. Pero era consciente de lo que hacía, y aunque es verdad que el domingo llegué a pensar «Dios, ¿qué he hecho?

» —Benji carcajeó al ver cómo se llevaba una mano a la frente—, hoy no me arrepiento de nada…

Me lo pasé muy bien. Gracias —admitió con toda sinceridad.

Benji lo miró con regodeo y Leo se sintió tan intimidado que decidió cambiar de tema de nuevo—.

Bueno, ¿y qué ha sido de tu amigo ese? El que te gustaba, ¿trabaja aquí? ¿O en el Clínico?

—Uy, cuánto interés… —canturreó, y Leo lo miró con reprobación—. Está haciendo Neumología, pero en Madrid. No lo veo desde que se fue. Se llama Alberto.

—¿Te sigue atrayendo?

—Claro que me atrae —respondió sin dudar.

Leo se sintió decepcionado al ver su convencimiento, como si aquello fuera lo más obvio del mundo.

—Además de tener una personalidad genial, es guapísimo. A ti también te gustaría, ¿quieres verlo? —Benji sacó su móvil y entró en una red social. Empezó a teclear «Alb…» en el buscador.

Leo esperaba impaciente. No le había dicho que quisiera verlo, pero estaba demostrado que, cuando Benji quería hacer algo, no se le podía parar.

Y ahora tenía intriga.

—Mira, es él.

Leo observó la foto, donde aparecía un chico en bañador en una playa. Efectivamente, a él también le parecía muy guapo.

—Está bueno, ¿eh? —dijo Benji con tono juguetón al ver a su tutor tan absorto en la foto.

El mayor sonrió y negó con la cabeza un par de veces.

—Yo estoy mejor —se atrevió a presumir.

—Eso no lo dudes —respondió Benji, guardando el móvil y lanzándole uno de sus matadores guiños, esos que podían hacer flaquear al imperturbable doctor Escrivá.

Leo tragó saliva. Durante unos largos segundos se observaron con detenimiento, sintiéndose más unidos que nunca. Habían compartido secretos e historias que solo pocas personas sabían.

—¿Sabes? Me siento un poco raro, pero también aliviado. Es la primera vez que puedo hablar así con otra persona —dijo Leo emocionado y, a la vez, tímido—. Ya sabes, de otros tíos y esas cosas.

—Eres adorable —sonrió Benji. Parecía encantado.

—No te pases, sigo siendo tu tutor.

—¿Quieres cenar este viernes conmigo? —propuso Benji de pronto, levantando el mentón con una sonrisa chulesca—. Tú y yo, solos.

A Leo le temblaron los labios otra vez. Aunque a veces le pusiera de los nervios, tenía que admitir que su descaro y su atrevimiento le gustaban demasiado.

Benji era la provocación hecha persona.

—¿Dónde iríamos? —preguntó, haciendo tiempo para pensar bien su respuesta.

—Donde sea, aún tengo que pensarlo. Me gusta pasar tiempo contigo.

—¿Te gusta? —murmuró. Su residente asintió con un gesto cargado de insinuación—. Me vas a volver loco…

—Eso pretendo.

Leo bajó la mirada, pero Benji empezó a darle toquecitos en el pie con el suyo. Cuando alzó la vista, lo encontró mirándolo con diversión.

Volvió a sonreír.

No podía sacar de su cabeza la imagen de los dos bailando la noche del sábado: sin tensión, sin preocupaciones, sin estar pendiente de si alguien los veía rozándose.

Solo Benji y él.

—Vale, acepto la invitación.

—Genial —contestó Benji emocionado.

—Y ahora… a trabajar.