Están lloviendo hombres 13
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Cuando llegó la mañana del lunes, Benji supo por primera vez lo que era estar nervioso.

Nervioso de verdad.

Sí, había sentido nervios muchas veces durante toda su vida: los exámenes de la carrera, el examen MIR, su reciente primer día de trabajo, su primera vez en el sexo, su salida del armario con sus padres…

Sin embargo, ese día todos le parecían recuerdos anecdóticos: nada de lo que había vivido se comparaba a lo que sentía en ese momento.

¿Qué tenía de especial aquel día? Solo se iba a enfrentar a un encuentro con Leo después de la revelación bomba. Casi nada.

Estaba cagado de nervios.

Antes nada importaba porque solo se trataba de intentar camelárselo, como si fuera un juego.

Algo inofensivo. Además, la mayoría de las veces intuía cómo iba a reaccionar Leo.

Pero ¿ahora? Ahora no tenía ni idea de lo que iba a encontrar, y el miedo a llevarse el mayor chasco de su vida lo atormentaba.

No podía dejar de preguntarse: ¿cómo se sentiría Leo?

El sábado parecía otra persona. ¿Se mostraría más abierto con él?

¿Mantendría el trato cordial de las últimas semanas?

¿O volvería a su fachada de hombre serio y correcto?

Ni siquiera se había atrevido a escribirle por miedo a su reacción.

No quería ni imaginar qué es lo que pensó su tutor cuando se despertó al día siguiente totalmente sobrio, sin una sola gota de alcohol corriendo por sus venas.

Qué miedo.

Recordó el final de la famosa velada, cuando a las seis y media de la mañana Leo se despidió de él.

Caminaron agarrados de la mano, riendo por cualquier tontería.

Sus ojos brillantes, sus amplias sonrisas.

Se miraban como si no hubiera nada a su alrededor, como si Pedro, Paula y Nico no fueran tras ellos, en silencio y sonrientes. Y sí, estaban muy borrachos.

Cuando llegó el momento de separarse, se miraron a los ojos, uno frente al otro, aún con sus dedos entrelazados.

Benji podría haberlo besado, pero no lo hizo. Era el momento perfecto y, a la vez, el menos indicado. No quería ser impulsivo y hacer algo inapropiado de lo que lamentarse después. Así que, achispado por el alcohol, le dio un beso en la mejilla y le susurró un «Nos vemos el lunes».

Y ya era lunes.

Vaya marrón.

Así que, haciendo acopio de todo el valor que pudo, entró en la sala de reuniones decidido. Lo primero que hizo fue dirigir su mirada hacia la silla de siempre: allí estaba sentado, con sus gafas, leyendo la lista de pacientes ingresados.

Tan guapo.

Al cerrar la puerta, Leo se quitó las gafas y lo miró. Benji, inquieto pero inmóvil, no se dio cuenta de que otros compañeros lo observaban extrañados al verlo allí parado. Estaba a la espera de alguna señal que le indicara que todo estaba bien.

Se atrevió a sonreírle con timidez, y un mínimo cambio en el gesto de Leo, un tierno nerviosismo que le pareció adorable, lo tranquilizó. Al menos no era la mirada dura que solía dedicarle, ni la de indiferencia que mantenía otras veces.

Estaba tan cohibido como él.

Cuando dio comienzo la reunión, su móvil vibró.

Antes de mirar quién era, vio que Leo también sostenía el móvil en una mano y deseó con todo su corazón que fuera él.

Que fuera él y que fuera algo bueno, por supuesto.

Casi se le escapa una risa de satisfacción cuando vio que, efectivamente, aparecía su nombre en la pantalla.

—¿Qué te pasa? —preguntó Carmen al verlo tan ensimismado.

—Nada, nada… —disimuló. No podía contarle a Carmen nada de lo que había ocurrido. Leo le cortaría los huevos. Era un secreto y le había prometido que no se lo diría a nadie, y él era un hombre de palabra. Así que, muy a su pesar, tuvo que mentir a su amiga—. Es Nico, mi amigo.

—Como siempre —dijo ella con diversión—. Tráetelo a la fiesta de residentes del finde que viene. Me gustaría conocerlo.

—Vale, se lo diré —respondió y, cuando vio que ella volvía a atender, miró a Leo. Este le hizo un gesto urgente para que atendiera a su móvil, así que no demoró más en leer el mensaje.

«En cuanto termine esto, vamos a desayunar. Quiero hablar contigo».

Esas palabras congelaron a Benji, pero trató de tranquilizarse. Era totalmente comprensible que quisiera tener una conversación con él después de lo que había sucedido, ¿acaso no era lo que estaba esperando? No tenía por qué ser malo.

Alzó la cabeza y asintió desde lejos, recibiendo por respuesta una muy sutil sonrisa.

Se sentaron en una mesa situada al fondo de la cafetería, alejada del personal del hospital que desayunaba a esas horas.

—Creo que te debo una explicación —comenzó Leo.

—No tienes que explicar nada, si no quieres —aseguró mientras abría el sobrecito del azúcar y lo volcaba sobre el café, simulando entereza. En realidad, se moría de ganas por saber lo que Leo podría decirle acerca de la noche del sábado.

—Quiero hacerlo —insistió.

Benji reprimió una risita.

—Adelante.

—Soy gay —susurró.

—¡Eso ya lo sé! —exclamó entre carcajadas.

—¡Bueno, vale! Estoy nervioso, joder —se quejó Leo, mirándolo con mala cara—. Ya sé que lo sabes, pero no sabía cómo empezar.

—Tú sabrás, eres el que quiere darme una explicación sobre por qué me has estado mintiendo todo este tiempo —respondió con malicia, recostándose en la silla con las piernas bien abiertas y las manos cruzadas sobre el vientre.

—Lo siento, ¿vale? Déjame que te explique.

Es que no lo sabe nadie, y nadie puede saberlo…

—dio un sorbo al café y suspiró, como preparándose para la confesión total—.

Este fue el motivo por el que me divorcié —empezó a decir, con la mirada fija en la mesa.

Benji aguardó sin decir una palabra—. Yoli lo sabía, prácticamente fue ella la que me sacó el tema.

—Tuvo que ser muy duro para ella…

—Lo fue. Imagina descubrir algo así. Y, encima, que sea ella quien lo insinúe —Leo hablaba con lentitud, con pausas, como si le costara mantener esa conversación—.

Nunca debí casarme con ella, pero me gustaba mucho, en serio, y pensé que podría funcionar.

No quería vivir otro tipo de vida que no fuera esa, la vida a la que todas las personas de mi entorno aspiraban.

Pero, para mí, Yoli siempre fue mi amiga y nada más.

Benji bebió de su café sin dejar de observarlo. Leo miraba distraído a su alrededor.

—Tengo que confesar que por un momento me imaginé que ese había sido el motivo del divorcio. Pero eres tan putamente reservado y difícil que tuve mis dudas.

—Ya, tú y tu radar…

—Al final no fallaba, ¿ves? —alzó el mentón con altanería—. Pero, joder, hasta llegué a pensar que te retrasabas por las mañanas porque llevabas a tus niños a la guardería.

Leo soltó una carcajada.

—Llego tarde a veces porque el camino desde mi casa es un coñazo… y aparcar, un infierno.

—Ya… Oye, pero Yoli y tú os lleváis muy bien, ¿no? Por lo que he visto…

—Sí, tengo mucha suerte. Al principio no quería ni verme, como es lógico, pero un día vino a hablar conmigo y poco a poco volvimos a ser los amigos que éramos. Supongo que comprendió que para mí también era todo muy difícil. Ella no está de acuerdo en cómo llevo el tema…

—Es verdad —le cortó Benji un poco indignado, irguiéndose en el sitio—.

¿Por qué te comportas así? A veces parecía que te diera asco —Leo alzó las cejas al oírlo decir aquello y Benji chasqueó la lengua—.

Muchas veces has sido demasiado borde conmigo y me has jodido con tus comentarios de mierda.

Una vez te pasaste un huevo, parecías un puto homófobo.

—Lo siento —casi susurró—. Es la única forma de disimular que se me ocurre.

—Para ocultar que te van los tíos no hace falta hacer comentarios de hombre de las cavernas. Creo que es hasta peor.

Leo soltó una risita. Aprovecharon para beber en los segundos de silencio que siguieron.

—Entonces, ¿nunca has estado con un hombre? —preguntó Benji con curiosidad.

—Sí que he estado… —Leo lo miró avergonzado—. Pero son encuentros rápidos. Los conozco por Internet, ya sabes: discreción, secretismo, un visto y no visto. Y solo desde que me divorcié.

—¿Y pretendes seguir así siempre? ¿Qué pasa si te gusta alguien?

—inquirió Benji, clavándole sus pupilas y tratando de no elevar el tono de voz al sentir cómo una pequeña rabia le crecía por dentro—.

Una vez criticaste mi forma de vida, pero la tuya es peor.

Yo voy con unos y con otros, pero por lo menos mi vida no se basa únicamente en usar a desconocidos a escondidas, solo para follar y quitarme un calentón.

Quizás pienses que te aceptaste cuando te divorciaste de Yoli, pero…

me parece que, en realidad, no lo has hecho.

Te niegas a ti mismo. Es como si te avergonzaras de lo que eres.

Pues por mucho que te joda, eres tan maricón como yo —soltó de golpe, pronunciando la palabra «maricón» lentamente, de una manera casi desafiante.

Cuando terminó de hablar, Leo tenía la boca ligeramente entreabierta. Le temblaban los labios, como si quisiera replicar algo, pero al final cedía en el intento. Sus ojos vacilaron y frunció el ceño.

—Lo siento, no quería ser tan duro —se disculpó Benji, echándose en la silla de mala manera. No había controlado su temperamento y había hablado más de la cuenta. En el fondo, no sabía nada sobre Leo ni sobre por qué vivía de esa manera. No era quién para juzgarlo.

—No pasa nada, supongo que… tienes razón.

—Te prometo que no lo voy a contar. No soy nadie para meterme en la vida de los demás y, si llevas esto en secreto, no seré yo quien lo vaya contando por ahí. Pero que sepas que me uno al club de Yoli, el de «Antifans del estilo de vida del doctor Escrivá». Ea.

Enarcó las cejas y volvió a centrarse en el café.