Están lloviendo hombres 12 #3
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Benji se acercó aún más, pero Leo giró la cabeza a un lado.

Era como si le diera vergüenza mirarlo a la cara, como si estuviera mareado por el momento.

Lo vio tan apurado que se colocó tras él, lo agarró por la cintura y apoyó la barbilla en su hombro.

Inició un lento vaivén, intentando tranquilizarlo y hacerle ver que todo estaba bien.

Pero Leo no reaccionaba.

—Sabía que eras de mi equipo —canturreó en su oído, sonriendo con satisfacción y queriendo restarle importancia al momento.

—Benjamín, para.

Benji apretó aún más el agarre en un acto inconsciente. Disfrutar de su olor tan cerca, tocarlo de aquella manera por primera vez. Prácticamente lo estaba abrazando y supo que jamás olvidaría aquella sensación. Estaba sumido en un agradable trance.

—¡Benji…! —exclamó Leo.

Al escucharlo pronunciar su nombre así por primera vez, reaccionó y se separó. Leo se dio la vuelta lentamente y, al fin, sus ojos se encontraron.

Benji experimentó una nueva sensación: era la primera vez que Leo lo miraba directamente en su forma más pura, en su desnudez, con toda sinceridad. Con una mirada que parecía decirle: «sí, este soy yo, el de verdad».

—¿Me acabas de llamar Benji? —preguntó con una mueca tan estúpida que si se hubiera mirado a un espejo se habría dado contra él. Parecía un tonto enamorado.

Leo no respondió. Lo miraba casi sin pestañear.

—¿Qué haces aquí? Nunca te había visto.

—Es la primera vez que vengo. Me han traído Pedro y su mujer, prácticamente a rastras.

De nuevo quedaron en silencio.

—No se lo digas a nadie, por favor… —le rogó Leo.

Su voz escondía inquietud, inseguridad, miedo.

Benji lo examinó con perplejidad durante unos segundos.

Había comprendido, justo en ese instante, que Leo se lo había ocultado no solo a él, sino al mundo entero.

Estaba guapísimo. Siempre era guapo, pero aquella noche deslumbraba más que nunca: su oscuro cabello pulcramente peinado, sus profundos ojos negros, aquella mandíbula que tantas veces había soñado con besar.

Sus ojos fueron a parar a sus labios, perfilados por una barba oscura de apenas unos días.

Los miró con deseo y con frustración. Quería probarlos justo en ese momento en que tanto los ansiaba, pero debía contenerse para no arruinarlo todo.

Sí, su tutor estaba deslumbrante esa noche, aunque no sabía si era porque se había arreglado para la ocasión o porque, por fin, estaba viendo al verdadero Leo.

—Entonces, te gustan los hombres —no preguntó, sino afirmó el de ojos verdes. Necesitaba una confesión directa para saber que aquello era real y que no estaba soñando.

—Sí —admitió con un suspiro cargado de culpa.

—Leo… —se acercó a él y le rodeó el cuello con los brazos. Apenas unos centímetros separaban sus rostros, pero Benji mantuvo la mirada fija en aquellos negros iris que lo observaban con inseguridad por primera vez desde que se conocían—. Entonces, ¿por qué no me haces caso? ¿No soy tu tipo?

Las pupilas de Leo se desviaron a un lado, vacías de confianza.

—No es eso, es…

—¿Entonces?

Leo seguía sin mover un músculo.

—No lo veo apropiado. Soy tu tutor.

—Pero no has dicho que yo no te guste. Y a mí me gustas demasiado, Leo. Te lo he dicho tantas veces… —le susurró en un estrecho abrazo, pegando completamente los labios a su oreja de forma intencionada.

Jamás se había rendido tanto ante otro hombre. ¿Qué tenía Leo que le hacía desearlo tanto, hasta el punto de casi suplicarle por su atención?

Lo único que quería era que, de una vez, Leo demostrara tener las mismas ganas de estar con él.

Leo se sentía un idiota. Benji le había pillado y no había podido negarlo o decir que era una confusión. No le había quedado otra que admitir la verdad.

¿Qué estaría pensando en ese momento?

El mundo parecía haberse parado y ahora su corazón bombeaba a una velocidad mucho más lenta de lo normal, aunque a su alrededor todo era acelerado.

La música rápida y electrónica seguía ensordeciéndole los oídos, las luces daban pequeños fogonazos que le cegaban a ratos, y aquellos cuerpos sudorosos continuaban moviéndose al borde de la locura.

Y Benji lo agarraba y lo miraba con cariño.

Se vio sumergido en aquel hermoso verdor que inundaba los ojos que observaba.

Podía sentir la suave caricia que los dedos del joven dibujaban en su nuca.

Sus vellos seguían erizados desde que había sentido el aliento de Benji en su oído repitiéndole lo mucho que lo deseaba. Y no sabía qué responder.

Lo agarró por la cintura instintivamente.

—No puede ser… —dijo Leo al fin, casi en un susurro.

—Sí puede ser, es muy fácil. Mira, por ahora solo se trata de bailar conmigo, ¿vale? ¿No quieres?

Leo quedó hechizado.

Había una pureza en aquellos ojos que le aseguraba que no había intenciones ocultas en su oferta de baile.

Aunque se había obligado desde el principio a pensar que Benji solo era un chulo y un pesado, sabía que tenía muchísimas cualidades, y esa era una de ellas: era sincero y honrado.

Nunca trataba de engañar ni de tergiversar las cosas.

Por eso, Leo sabía que su intención no era otra sino pasar un buen rato bailando juntos.

Benji era increíble e imposible de resistir.

—Venga, muévete. Baila conmigo —le animó su residente, moviéndose suavemente sin soltarlo del cuello.

De repente, unas archiconocidas notas empezaron a resonar y Leo reconoció el tema de Geri Halliwell al instante.

La canción retumbaba a todo volumen. Leo miró a su alrededor, con dudas, sin poder evitar pensar que esa canción, sonando justo en ese momento, solo podía ser cosa del astuto destino.

El mismo destino que quería hundir su vida, ¿o quizás no fuera así?

Al principio se movía con timidez, casi intimidado por la perfección de su magnético residente: sus relucientes aritos en esas perfectas orejas; su esculpido cuello con esa nuez tan sexy; el delicioso relieve que formaban sus clavículas; sus rectos hombros tapados por la suave camiseta de algodón, cuyo escote insinuaba un pecho lampiño; sus irresistibles ojos verdes; su sonrisa llena de ternura, sin rastro de aquella suficiencia que solía mostrar.

La tentación en persona.

Fue entonces cuando estrechó aún más a Benji por la cintura. Una descarga de adrenalina le recorrió el cuerpo como si acabara de lanzarse al vacío desde el edificio más alto del mundo.

La mirada del joven, su voz cantándole casi a gritos, su cuerpo moviéndose contra el suyo, sin soltarlo. Benji lo retenía bien fuerte, prácticamente abrazándolo.

Miró a su alrededor y el ambiente no hizo sino excitarle aún más: en aquella inmensa discoteca estaba rodeado de hombres que reían, saltaban, bailaban, vivían la noche como si fuera la última de sus vidas, y disfrutaban de aquella canción que, de algún modo, parecía significar mucho para ellos.

Y también para Leo.

Después de años de encuentros furtivos en su solitario piso y de secretismos que, inconscientemente, comenzaban a asfixiarlo, sintió como si aquella canción fuera dedicada única y exclusivamente a él.

Como si, de repente, estuvieran lloviendo hombres en su vida.

Pero, de entre todos los hombres que llovían a su alrededor, solo uno de ellos brillaba con luz propia: un ángel de ojos verdes y bucles castaños.

Aquel que en esos momentos le sonreía con picardía y que, con unos cuantos movimientos de cadera, le hacía ascender hasta el mismo paraíso, disfrutando como no recordaba haberlo hecho en años.

De pronto, Leo no podía dejar de sonreír.

Siguieron sonando canciones, una tras otra, pero Benji y Leo no se separaron ni un momento.

Continuaron bebiendo copas, moviéndose de acá para allá, bailando entre ellos y con otros, presentándose a chicos, bromeando sobre este y aquel, coqueteando con quien les apetecía.

Viviendo con euforia aquella noche que, sin duda, se convertiría en la más especial que hubieran tenido jamás.

Esa noche llovieron muchos hombres en la vida de Leo: conoció a muchos, bailó con la mayoría y flirteó con otros tantos; pero al final, cuando el sol comenzaba a aparecer en el horizonte, solo uno de ellos seguía siendo el centro de su vida.

Ese ángel que le sostenía de la mano y le dedicaba la sonrisa más preciosa que hubiera contemplado jamás.