Están lloviendo hombres 12 #2
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12 #2

Leo observó a su alrededor y vio a decenas de hombres con actitud provocadora y ropas que parecían una segunda piel, o casi sin ropa directamente.

Era algo que él pensaba que no tenía nada que ver con su mundo y con su forma de vida; pero a pesar de que se notaba a leguas que aquello no era lo suyo, se dio cuenta de que prácticamente todos le dirigían miradas de deseo, como si se preguntaran por qué nunca habían visto a semejante macho por allí.

Podía imaginar perfectamente a Benji comportándose de esa manera.

Sintió cómo el aire se le quedaba a medio camino. Otra vez.

Pronto pagaron la entrada y se sumergieron en aquel nuevo mundo para Leo.

Si la discoteca impresionaba por fuera, por dentro era mucho mejor.

La música estridente retumbaba en sus oídos conforme se abría paso entre cuerpos sudorosos.

Leo dedicó una mirada al techo, plagado de láseres y luces, y vio a un par de gogós con cuerpos de escándalo bailando en las plataformas, demasiado ligeros de ropa y sin dejar lugar a la imaginación.

No podía creer que sus amigos lo hubieran llevado allí, pero al final ahí estaba: rodeado de hombres contoneándose y bailando unos con otros, besándose, acariciándose. Incluso parecía que algunos habían perdido ya la camiseta. ¿Eso estaba permitido? ¿Despelotarse así, sin más?

—¿Qué tal? —exclamó Pedro en su oído.

Un joven bastante atractivo se cruzó con él y le lanzó una mirada de infarto. Se quedó mudo, se giró y cazó de lleno el guiño que le dedicó el chico en cuestión, junto con una matadora sonrisa.

—Muy… bien… —acertó a decir, hipnotizado por aquel coqueto.

—Qué cabrón, ¡acabas de entrar y ya estás ligando!

—¡Estoy deseando ver cómo ligas tú…! —exclamó Paula entre risas.

Leo solo dio un par de pasos más y ya se encontró de frente con la provocativa mirada de otro chico, que no tuvo reparo en mirarlo de pies a cabeza; y no le dio casi tiempo a avanzar cuando vio a otro diferente detrás, haciéndole un gesto con la cabeza para que se fuera con él a lo que intuyó que era el cuarto oscuro.

Aunque resultara difícil de creer, era la primera vez que Leo experimentaba algo así.

Había salido de fiesta muchísimas veces y había recibido cientos de miradas que desnudaban, pero en ese otro contexto no le habían excitado lo más mínimo.

Sin embargo, allí, solo tres pares de ojos habían bastado para ponerle a cien, y fue entonces cuando comprendió que sus amigos tenían razón: necesitaba salir y divertirse, ligar con desconocidos en cualquier discoteca, disfrutar de la vida.

Mientras nadie de su entorno se enterase y su secreto siguiera a salvo, podía hacerlo.

Era joven y guapo, y tenía que admitir que Paula le había arreglado de forma muy apropiada para resaltar su atractivo, así que comenzaría a aprovecharse de ello desde ese mismo momento y ya vería qué le deparaba la noche.

—Bueno, no está mal el sitio… —admitió, mirando a su alrededor y acariciándose la nuca—. Venga, vamos a pedir una copa.

Caminó hacia la barra junto a sus amigos, que se sonreían victoriosos al verlo tan decidido. Tras pedir tres copas, empezaron a charlar entre ellos cerca de la barra. Comentaban lo animado que estaba el ambiente y lo buena que era la música, e incluso se estaban planteando volver más veces.

Cuando pidieron la tercera, Pedro y Paula se separaron unos metros para bailar. Leo apoyó los codos en la barra y se entretuvo mirando a sus amigos hasta que, de repente, una voz llamó su atención.

—¿Eres nuevo por aquí?

Leo miró hacia un lado. Era un chico rubio y muy guapo.

No era exactamente su tipo, pero la idea de coquetear con un desconocido en vivo y en directo le llamaba mucho la atención: era algo nuevo para él.

Lo observó. Su rostro le resultó extrañamente familiar, pero estaba seguro de que no lo conocía.

Aquellos felinos ojos esperaban una respuesta y ya se notaba el puntito gracioso por culpa del alcohol, así que dio un largo trago a su copa y se lanzó.

—Puede —respondió simplemente, intentando hacerse el interesante.

Su desconocido acompañante sonrió.

—Sí, eres nuevo. Si hubieras venido más veces, me acordaría de ti —admitió el chico, acercándose aún más a él—, porque eres muy guapo…

—Vaya, gracias —avergonzado, desvió la mirada a sus amigos. Paula lo miraba curiosa sin dejar de bailar y le lanzó un guiño. Sus ojos se volvieron a clavar en los de aquel que le había dirigido la palabra—. Tú tampoco estás mal.

El rubio soltó una risita. Parecía divertirse al ver cómo se hacía el duro.

—Lo sé, ¿bailas conmigo? —preguntó, deslizando su dedo índice por el brazo de Leo.

Siguió con la mirada el camino que recorría ese dedo hasta que terminó en la palma de su mano. La duda lo inundó. ¿Debería aceptar? Sabía que iba a ser inevitable intercambiar un par de palabras con otra persona. Era lo normal cuando uno salía de fiesta. Pero de ahí a bailar con alguien…

Se terminó la copa de golpe. Solo era bailar, no tenía nada de malo. No era plan de quedarse toda la noche apoyado en la barra. Cuando se cansara, podía soltarle cualquier excusa y huir.

—Claro —accedió al fin.

El provocativo rubio lo llevó de la mano hasta el centro de la pista.

Primero empezó a bailar con él de forma casta, pero, poco a poco, sus cuerpos se acercaron.

Con la segunda canción ya estaban completamente pegados, excepto cuando su compañero de baile se separaba durante pocos segundos para dar algún giro.

El chico se movía escandalosamente bien y Leo dejó que sus manos, casi por instinto, bajaran por debajo de la cintura. Al notar el contacto, el rubio se separó un poco para mirarlo a los ojos y sonreírle. Leo estaba contagiado por su jovialidad y encanto.

—¡Tienes una sonrisa muy bonita…! —exclamó el joven en su oído. Luego lo miró como si quisiera lanzarse sobre él y movió la cabeza un poco. Su rubia melena se deslizó y el cuello quedó expuesto.

Leo sonrió al darse cuenta de que intentaba provocarlo. Se sentía flotando en esa nube de felicidad a la que te suben unas cuantas copas bien cargadas. Pensó que quizás debería inclinarse hacia su cuello y…

—¡Nico! ¡No te encontraba! —escuchó a alguien gritar.

Una voz terriblemente familiar que pudo reconocer a pesar de la música y del éxtasis en el que le había sumergido aquel rubio. Su acompañante se giró y Leo abrió los ojos con lentitud.

Ahí estaba.

Frente a él.

La última persona que quería ver ese día.

Unos ojos verdes lo observaban desorbitados. Preciosos, como siempre, pero teñidos de incredulidad y sorpresa.

Deseó que la tierra se lo tragara en ese mismo instante.

—¿¡Tú!? —exclamó Benji en un tono demasiado agudo.

—¿¡Benjamín!?

—¡Y dale con Benjamín! ¿Ni siquiera puedes llamarme Benji fuera del hospital? ¿Y qué coño haces tú aquí?

—¡No me jodas! ¿Él es el doctor «Noestoybueno»? —el chico rubio, al que aún mantenía agarrado por la cintura, se separó rápidamente de él como si le hubiera dado un doloroso chispazo. Se agarró al brazo de Benji y le dedicó una atónita mirada.

—¿Doctor… «Noestoybueno»? —preguntó Leo confundido, casi balbuceando, mientras sentía cómo un ardor se apoderaba de su garganta y sus sentidos se nublaban al verse descubierto. Su interior empezó a consumirse.

Definitivamente, el destino tenía planeado hundirle la vida.

Benji despertó del aturdimiento que había sufrido durante unos segundos.

—¡Discúlpanos! —exclamó, agarró a su amigo y lo apartó unos metros—. Explícame qué ha pasado.

—¡Y yo qué sé! Lo he visto en la barra y, al verlo tan solito y tan potentorro, he decidido lanzarme.

—Un momento… ¿Me estás diciendo que no te ha rechazado? ¿¡Es gay!?

—¿Y tú que crees? Está en una discoteca gay, rodeado de gais y restregándome la cebolleta. ¡Es gay seguro! —Nico subrayó lo evidente, dando pequeños saltos mientras aplaudía.

Una gran sonrisa apareció en el rostro de Benji.

Una sonrisa triunfal.

—¿Lo ves? ¡Te lo dije! ¡No fallo nunca! —palmeó la espalda de su amigo varias veces con demasiada fuerza—. ¿Cómo has pillado tan rápido que era él?

—Coño, esa estúpida discusión sobre tu nombre ha ocurrido exactamente como me la habías contado.

Entre eso y que, de repente, la descripción física también coincidía…

Y, joder, vaya si coincide. Es incluso mejor de lo que había imaginado —Nico alzó las cejas con asombro y miró de reojo al lugar donde habían dejado a Leo.

Benji siguió su mirada.

Su tutor transmitía una desmedida preocupación en ese momento. No paraba de restregarse las manos por el rostro, ajeno a un par de sedientos hombres que lo rodeaban y lo miraban con lujuria.

—Mierda, ahora vengo.

—¡Espera! —Nico lo agarró del brazo—. No sabía que era él. De haberlo sabido, no le habría puesto un dedo encima. Lo sabes, ¿verdad?

—Claro que lo sé, no seas tonto… —le susurró al oído, enternecido al ver la mirada preocupada de su amigo. Le dio un tierno beso en la mejilla y se alejó.

Nico se apoyó en una columna mucho más tranquilo, y observó divertido al ver a su amigo abrirse paso: parecía un príncipe yendo a rescatar a su princesa de las garras de dos maléficos dragones.

Casi podía verlo brillar.

Una melancólica alegría sobrecogió su corazón, y deseó con todas sus fuerzas que aquella historia pudiera tener ese final de cuento de hadas que tanto había soñado para él.

Tras un camino de empujones y vaivenes, Benji por fin alcanzó a Leo.

Seguía con la misma expresión de preocupación tatuada en su cara, con la mirada perdida.

Parecía ido y ni siquiera se había dado cuenta de que Benji había vuelto a por él hasta que este empujó, de forma amenazadora, al par de buitres que lo pretendían.

—Fuera, está conmigo —anunció con voz atronadora.

Los dos hombres respondieron levantando los brazos en señal de paz y se alejaron con cara de fastidio.