12
Eran las doce de la noche en punto y en aquella localidad malagueña soplaba un aire caliente, seco y pesado que se había ido implantando paulatinamente desde el día anterior.
Ya desde el centro meteorológico habían anunciado la llegada del terral para esos días, así que todos los malagueños estaban más que avisados.
Benji y Nico caminaban por una de las principales calles de Torremolinos.
Algunos transeúntes ya se fijaban en Benji, que no pasaba desapercibido con sus vaqueros ceñidos y una camiseta negra bien ajustada al cuerpo.
Caminaba con ese porte seguro que tanto lo caracterizaba.
Otros, en cambio, se quedaban embobados con Nico, que había optado por unos vaqueros anchos de tiro bajo, una camiseta sin mangas de colores vivos y una bandana a juego que sujetaba su cabello suelto y resplandeciente.
Incluso había cambiado su habitual esmalte color violeta y esa noche lucía las uñas multicolor.
—¡Qué calor, por favor! —se quejó Nico de forma teatrera con una mano en la cabeza—. ¡Odio el terral!
—Dímelo a mí. Hoy en la playa me estaba dando algo malo de tanto calor y después casi se me congelan las pelotas cuando me he metido en el agua.
—Es que a quién se le ocurre… ¿Mañana vas?
—A lo mejor voy un rato después de comer.
—¡Pues te acompaño! —y, dicho esto, Nico se agarró con fuerza de su brazo.
—¿Por qué sonríes así? Y no me agarres tanto, así no vamos a pillar cacho.
—Ay, ¡tonto! —le dio un manotazo y se apretó aún más contra él—. Luego te suelto cuando entremos, pero me gusta pasear así contigo. Mira cómo nos miran todos, somos una pareja de modelos.
—Sí, sí… —resopló Benji divertido.
—Espero que vengas con las pilas cargadas.
—Y con el depósito lleno también.
Nico lo miró unos segundos, confundido. No pudo evitar echarse a reír cuando vio el gesto travieso de su amigo:
—¡Serás guarro! —exclamó entre carcajadas—. ¡Afortunado sea el que reciba tu descarga!
—¡Demos gracias al Señor! —añadió Benji, fingiendo solemnidad.
—Ay, que me meo… Bueno y dime, ¿qué tal el tío de ayer?
—¿Cuál de ellos? —inquirió mientras giraban hacia otra calle. No hacía falta preguntarle a Nico para saber a qué discoteca quería ir. « A la de siempre », pensó.
—¡Pues el que te follaste! El otro no. Porque te liaste solo con uno, ¿no? —preguntó con duda.
—Fueron tres. Me follé a uno y me lie con otros dos —aclaró orgulloso—. Bueno, no sé si contar al segundo como lío. Es que una de las veces que fui a mear había un tío que me miraba demasiado y, como estaba bueno, al final lo estampé contra la pared.
—Te lo comiste, vamos.
—Literalmente. Vaya mordiscos le metí… Pero solo fueron cuatro muerdos.
—Ayer triunfaste —contento con las hazañas de su amigo, Nico le pellizcó un moflete—. ¡Ay, mi niño! ¡Qué guapo es!
Benji se quejó entre risas y apartó la cara.
—¿Y dónde te tiraste al otro? Hubo un momento que te perdí la pista.
—En el baño también. Qué morbazo.
—¿Y qué tal?
—Tenía un culo de lujo, y no sabes cómo me la chupó… —Benji lo miró con picardía—. Algunos tíos parece que han nacido con un don.
—Como yo.
—Supongo, pero eso prefiero no saberlo de primera mano.
—Estúpido, tampoco me interesa tu colita.
— Ñeñeñe —se burló, imitando el tono de voz de su amigo. Nico bufó con una mueca adorable—. ¿Y el tuyo?
—Yo no follé.
—¡Eso ya lo sé! Me lo estuviste repitiendo todo el puto camino de vuelta a casa: «¡No he follao , tío, no he follao !». Casi te echas a llorar.
—Estaba ciego.
—¡No me digas!
—¡Pues tú ibas haciendo eses…! Calla ya y déjame contarte. El mío se llama Elías. Parece buena gente, es superdivertido y supersimpático.
—¿Y tiene una superpolla?
—Si la tiene, no la caté —Nico se encogió de hombros y Benji lo miró con intención—. No, ni con la mano. Nos dimos besitos, nos abrazamos y bailamos.
—Vaya, vaya… Un buen chaval.
—No… Sí… Bueno, no sé —y, entre tanta duda, se sonrojó.
—¡Ay, Nicolasito! ¡Que te ha gustado! —exclamó mientras se colocaban en la pequeña fila que se había formado para entrar en la discoteca.
—¡Pues sí! ¡Me ha gustado! Y me pidió el número. Este parecía diferente. Ojalá me llame.
—Entonces, ¿hoy vienes con el cinturón de castidad puesto?
—No, no. Ni de coña, bonito. Hasta que no vea algo de interés por su parte, yo sigo libre como el viento. Así que, si veo a un buen maromo, me lanzo…
—Bien que haces.
Benji estaba distraído en el buen sentido.
La noche anterior le había venido bien para dejar atrás la pesadumbre y volvía a ser el mismo de siempre.
Nico le había confesado la noche anterior —en el camino de vuelta a casa y borracho como una cuba— que, en realidad, deseaba con todas sus fuerzas que surgiera algo de chispa entre el famoso tutor y él, pero que hasta entonces era bueno que disfrutara.
Y también le repitió que se moría de ganas por conocer al tal Leo.
La cola avanzaba con lentitud y Benji fruncía los labios de manera inconsciente.
—¿Quién será el suertudo que se coma esos morritos hoy?
Dándose por aludido, Benji rio al ver la expresión de picardía que le dedicaba el rubio con sus gatunos ojos.
—El primero que se lo gane… —sentenció con una sonrisa.
Al entrar, las luces de colores y la fuerte música lo recibieron con cariño. Iba con la idea de que sería otra de las tantas noches de fiesta en su vida, pero, de repente, tenía una corazonada de que esta sería excepcionalmente especial.
Apenas treinta minutos después, otro coche deambulaba por las mismas calles tratando de encontrar aparcamiento. Llevaban casi quince minutos dando vueltas en busca de un hueco libre y la cosa parecía imposible.
—Es tardísimo… —se quejó Leo desde el asiento trasero.
—¡Qué tardísimo ni qué ocho cuartos! ¡La noche es joven! —exclamó Pedro, y Paula se volvió hacia atrás sonriendo exageradamente y levantando los pulgares en señal de ánimo.
Leo volvió a mirar el reloj. Faltaban poco más de quince minutos para que diera la una en punto. Se asomó por la ventanilla y se fijó en un hotel cuyas ventanas estaban iluminadas con los seis colores del orgullo. El estómago se le encogió.
El hueco para aparcar hizo su aparición por fin y casi lo celebraron como un triunfo. Nada más adentrarse en la famosa zona de La Nogalera, Paula abrió los ojos y la boca extasiada.
—¡Qué guay! —exclamó.
La tenue iluminación contrastaba con los vivos colores que inundaban la calle techada por la que caminaban. Las orgullosas banderas ondeaban ante el cálido viento y la música no solo retumbaba dentro de los locales, sino que también resonaba hacia el exterior.
Las terrazas estaban atestadas. Cientos de personas iban y venían, de todas las edades y estilos, entrando y saliendo de los bares.
Parejas besándose por las esquinas con demasiada pasión; hombres de cuerpos bien trabajados que miraban con descaro a su alrededor; drag queens que armaban jaleo y reían a carcajadas mientras repartían flyers a diferentes grupos de personas, invitándolos a visitar tal o cual pub; y grupos de chicos y chicas sin más que simplemente caminaban de aquí para allá, decidiéndose a entrar en algún local.
De entre todo el bullicio, Leo solo se había fijado en los que más llamaban la atención. Sobre todo, en las dos drag queens que se acercaron para gritarles un «¡GUAPOS!» a Pedro y a él. Paula casi lloraba de la risa.
—No sé qué cojones hago aquí… —musitó Leo. Empezaba a arrepentirse.
—¡Pues disfrutar! ¡Salir con tus amigos! —exclamó Pedro, agarrando a su mujer y a él por los hombros—. El ambiente de fiesta es genial, tío, ¡cambia esa cara!
—Ya, claro…
—Además, vas guapísimo —aseguró Paula mientras le echaba una mirada de arriba abajo—. No se puede negar que tengo buen gusto.
Se refería a su atuendo. Lo había escogido ella misma cuando se acercaron a casa de Leo antes de salir.
Llevaba unos vaqueros oscuros muy ceñidos que hacía años que no se ponía y una camisa de color negro satinado también muy pegada y remangada hasta los codos.
Sabía que tenía un cuerpo de espanto y que era una pena que no soliera lucirlo con ropa ceñida, pero le daba algo de vergüenza y se veía demasiado provocador con ese estilo.
Y también un poco gay. Vaya por Dios.
—Desabróchate eso, anda —le reprendió ella de broma, abriéndole los botones de la camisa hasta, prácticamente, mitad del pecho.
Ese gesto le recordó a alguien y, por un segundo, le costó respirar.
—Pues sí, mejor, porque además me estoy asando de puto calor.
— Illo , deja de quejarte de una vez… —contestó Pedro.
Leo acarició su cabello, que también había sido peinado de forma muy estudiada por Paula.
Había respetado su estilo habitual, pero tenía la parte delantera un poco más levantada y peinada hacia un lado, de forma que parecía recién salido de un reportaje fotográfico.
Cuando Paula terminó con la sesión de belleza, secador en mano, observó orgullosa su trabajo.
Hasta Pedro lo admitió: «Yo te daba», había declarado, despertando las risas de su mujer y de Leo.
Al menos sus amigos se habían divertido mientras jugaban a las muñecas con él.
Pero Leo se seguía sintiendo incómodo en aquel lugar. Había una pregunta que no podía evitar hacerse una y otra vez.
—No te va a ver nadie —dijo de repente Pedro, como si le hubiera leído la mente—. Tus conocidos no salen por aquí.
—Benjamín sí.
—No me jodas, tío. Este sitio es demasiado grande como para encontrártelo, ya te lo dije ayer. A lo mejor ni siquiera está hoy aquí.
—¿Entramos allí? —preguntó Paula, que parecía no querer ser testigo de una nueva discusión—. Parece buen sitio.
Paula señaló una discoteca que emitía unas luces muy llamativas. En la fachada, un enorme rótulo con luces de neón azul rezaba «Princesa».
—¿«Princesa»? ¿En serio? —se burló Leo con cara de guasa.
—¡Nada de quejas! —exclamó ella, y tiró de las manos de ambos para ponerse en cola.