11 #3
—¡Pero si vas con nosotros! Vamos, no seas aguafiestas. No le quites la ilusión a Paulita… Está desbordada con lo de la madre y le apetece mucho.
—Claro, no me vengas con gilipolleces que no me vas a hacer sentir mal. Me niego.
—Leo…
—He dicho que no, y es que no —sentenció, dejándose caer contra el respaldo de la silla. Su ceño se fruncía con fuerza y sus ojos entornados miraban hacia el mar. ¿Torremolinos? Eso era como lanzarse hacia una piscina llena de tiburones sin protección alguna. Era desvelarse. Dar la cara.
Era un suicidio.
—No seas dramático. Te repito que irías con nosotros, nadie tiene por qué pensar nada…
—siguió hablando Pedro, dio una última calada al cigarro y lo apagó en el cenicero rústico que había sobre la mesa—.
Podemos salir los tres por allí solo por curiosidad, ¿no?
¿O está prohibido ir si no eres gay? Además, ¿quién cojones te va a ver?
—Cualquiera del hospital. Además de los que suelan salir por allí, también puede haber otros que vayan «solo por curiosidad» —emuló sus palabras con retintín—. Es demasiado arriesgado. Me puede ver alguien conocido, y a mí se me notaría que estoy allí por lo que estoy.
—Pero ¿qué dices? Estás paranoico. Qué mentalidad más antigua…
—No es mentalidad antigua. Mi vida personal es cosa mía y no quiero ir aireándola por ahí.
—Deja de avergonzarte de ser quien eres, por favor.
—Que no me avergüenzo, joder.
—Ya… —Pedro suspiró—. En fin, como quieras —le regaló un gesto de desprecio con la mano y se volvió hacia otro lado, haciendo un último comentario lo suficientemente alto como para que Leo lo escuchara—.
Mi pobre Paulita, estaba tan ilusionada con ir contigo…
Me temo que al final iremos los dos solos.
Leo sintió una dolorosa punzada en el estómago.
Su amigo volvía a utilizar aquella sutil manipulación, esta vez mezclada con una pizca de chantaje emocional.
Eso ya era pasarse.
—Odio que hagas eso.
—¿El qué? —preguntó Pedro, fingiendo inocencia.
—Eso —refunfuñó, y comenzó a recitar con comicidad—.
«Sé que te pasa algo, pero bueno, no me lo digas si no quieres…
», «Voy a ver el partido del Madrid solo, pero bueno, como eres del Valencia entiendo que no me quieras acompañar…
», «Nos gustaría que salieras con nosotros, pero bueno, iremos solos si no quieres venir… ».
—Ya, ya. Vale, vale… —le interrumpió Pedro, riendo ligeramente—. Siempre me funciona, pero bueno, no pasa nada si esta vez no…
—¡No lo hagas de nuevo! —se quejó Leo, aunque ya no estaba molesto, sino que reía a carcajadas.
Pedro lo acompañó en las risas y bebieron casi a la vez. El semblante de Leo, a pesar de conservar algún vestigio de sonrisa, se serenó un poco.
—¿Y si me encuentro con Benji? —preguntó con duda, sintiendo de repente una extraña sensación producida por haberle acortado el nombre.
Una familiaridad que no quería permitirse tener ni de lejos, pues sabía que incluso llamarlo así haría que se encariñase aún más con él.
Se le había escapado sin querer en el momento menos oportuno.
Tendría que cambiarle el nombre en el móvil.
—Sería demasiada casualidad. Te estoy hablando de ir a Torremolinos, tío. Allí hay muchos bares, pubs, discotecas…
—No sé, Pedro… —suspiró, sabiéndose ya medio convencido. En el fondo, muy en el fondo, él también sentía algo de curiosidad.
—Yo creo que te vendrá bien, estás muy apagado estos días. Hace mucho que no salimos así, los tres solos. Y estarás en tu ambiente… Nunca mejor dicho —bromeó.
—Ya, pero va a ser raro de cojones.
—Igual hasta ligas —canturreó, dándole un leve codazo.
Leo abrió su boca con gesto de asombro.
—¿Cómo que igual hasta ligo? Perdona, lo raro sería que no lo hiciera… —dejó caer en tono jocoso, despertando de nuevo la risa de su mejor amigo.
—¡Perdone usted! ¿De dónde caen todas estas flores? —Pedro alzó los brazos y los agitó con brío.
Algunas personas de otras mesas lo miraban con diversión y Leo estalló en carcajadas.
—Para… Está bien —aceptó Leo tras una última y corta carcajada—. Pero solo un rato, nada de quedarnos hasta que amanezca. Una copita y a casa.
—Bueno, lo que nos pida el cuerpo… —Pedro agarró el ancho vaso y lo alzó en señal de brindis—. Por el día de mañana.
—¡Salud!
Aquel trago de amarga ginebra le dejó, para su sorpresa, un sabor paradójicamente dulce que permaneció el resto de la noche. Una dulzura inquietante.
Cuando ya se encontraba en su cama a altas horas de la madrugada, pensó en Benji.
Solo quedaban dos días para reincorporarse al trabajo y eso implicaba volver a verlo.
Porque de verdad esperaba verlo el lunes y no tener un horrible encuentro al día siguiente.
« Sería demasiada casualidad », recordó las palabras de Pedro.
Sí, sería mucha casualidad encontrarse con él en otra localidad y entre un millar de personas.
Después de ese último pensamiento, sus nervios se calmaron un poco y consiguió relajarse para, finalmente, quedarse dormido, saboreando esa dulzura inquietante que aún impregnaba sus labios.