Están lloviendo hombres 11 #2
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Cuando Benji miró hacia la pantalla no podía creer lo que estaba viendo.

Se vio a sí mismo besando a un chico de forma bastante apasionada contra la pared de una discoteca de Torremolinos.

El rubio deslizó su dedo en la pantalla y en ella apareció otra foto del joven de ojos verdes en la misma situación, solo que esta vez con un chico distinto.

Nico siguió pasando fotos hasta cerca de veinte, y en todas y cada una de ellas aparecía Benji con un hombre diferente entre sus brazos.

—¿Pero qué coño…? —murmuró Juanca y empezó a partirse de risa.

Benji lo miró atónito.

—¿De dónde cojones has sacado esas fotos?

—Llevo la cuenta desde enero para ver quién de los dos gana a finales de año, ¿o ya no te acuerdas de nuestra apuesta?

—respondió Nico sin darle mayor importancia—.

¡Vamos! ¡Tú no eres así! Tú eres el de las fotos, el que consigue siempre a quien quiere.

Y da igual si te lanzas de una vez a por Leo o si te vas a por otro, ¡pero déjate de amarguras! Quiero verte feliz.

Nico le sonreía exageradamente y Benji negó con la cabeza con expresión divertida. Era cierto que se estaba comportando de una manera que no concordaba con su forma de ser habitual.

Empezó a sentir una energía que se transformó en un leve enojo y algo de rabia. No podía permitirse estar deprimido solo por un hombre, hostia ya. Se había acabado eso de ir de víctima.

Quizás no podía tener a Leo, pero tampoco iba a quedarse lamentándose eternamente.

Que temblara el mundo, porque Benjamín Rosal abría la veda de caza esa noche y no pensaba conformarse con una presa.

—Tienes razón, ¡qué coño! ¿Quién quiere un hombre esta noche?

—¡Yo! ¡Yo! —exclamó Nico con una sonrisa de oreja a oreja y dando pequeños saltitos.

Juanca se echó a reír y se inclinó sobre la barra para palmear el hombro de Benji con vigor.

—Venga, coño, que han pasado ya tres o cuatro que un poco más y te comen con la mirada, y no te has dado ni cuenta…

—Pues dime ahora mismo quiénes eran, ¡que se van a enterar de quién es Benji! —rugió con fuerza, y tanto Nico como Juanca comenzaron a vitorear y aplaudir.

Mientras el rubio seguía saltando y zarandeando a Benji, Juanca tocó algo en el ordenador.

—Pues nada, campeón, ya te he puesto banda sonora de fondo para tu momento. Además, a Nico le va a encantar esta…

Nico volvió a gritar y a saltar en cuanto reconoció una de sus canciones favoritas, esa versión cañera que tanto le gustaba.

—¡Sí! ¡Dame un hombre! ¡Dámelo ya! —exclamó mientras se dirigía hacia la multitud.

Juanca, quien se había quedado mirándolo con melancolía, hizo un comentario que a Benji se le quedó grabado en lo más profundo de su cerebro.

—A ver si algún día busca a su hombre detrás de la barra…

Benji captó el leve guiño que el camarero le lanzó antes de alejarse. Ese día comprendió que Juanca escondía sentimientos por Nico que iban más allá de la amistad, pero decidió dejar la conversación para más adelante.

Ahora solo podía pensar en sí mismo, como se había prometido unos minutos atrás.

Esa noche, Benjamín Rosal conseguiría un hombre.

O dos.

De forma simultánea, otro par de amigos también compartía la velada nocturna del viernes, aunque de una forma completamente diferente.

Pedro y Leo disfrutaban de un cubata juntos.

Ese viernes, Paula pasaba la noche en casa de su madre, quien sufría una enfermedad degenerativa desde hacía un par de años y ya no podía valerse por sí misma.

La señora que se encargaba de cuidarla tenía que visitar a un familiar justo esa noche, así que la mujer del urólogo dormiría fuera.

Pedro, negándose a pasar la noche aburrido frente al televisor, había llamado a Leo para que lo acompañara un rato en un bar de copas situado en pleno paseo marítimo.

Sentados en una de las mesas de la terraza, conversaban con calma frente a sus dos grandes vasos, envueltos en un hipnótico ambiente en el que se mezclaban el murmullo de las lejanas olas y la tenue música proveniente del interior del bar: una versión acústica de una famosa canción de ABBA.

—¿Te vienes mañana de juerga?

Aquella breve y repentina proposición hizo que Leo tragara con dificultad el gran sorbo de combinado de ginebra y tónica que se había llevado a la boca segundos atrás.

—¿De juerga? ¿Hablas en serio?

—Claro, ¿por qué iba a bromear? —Pedro fingió sentirse ofendido y dio una calada a su cigarro.

—Porque desde que te casaste no has salido de fiesta ni una vez.

—¿Cómo que no? ¿Qué hay de las fiestas del hospital?

—Eso no cuenta, ahí vamos todos. Hasta Santoyo va, joder —replicó con desdén al nombrar a su jefe, quien rondaba ya los sesenta.

—Tú tampoco es que salgas mucho.

—Pero porque nadie me saca a pasear —replicó, alzando las cejas.

—Vale, vale. Pues te saco a pasear mañana. Va en serio, me lo propuso Paula el otro día. Salir los tres, ¿qué te parece? Así te animas un poco…

—Pues no sé… —dudó, fijándose en el trío de cubitos de hielo que descansaban dentro del vidrio. Después, miró a su amigo y pudo discernir que escondía algo. Algo extraño. Algo gordo.

Y no tardó en soltarlo.

—Paula y yo habíamos pensado en ir a Torremolinos. Salir por La Nogalera, por ejemplo.

—¿¡Estás loco!? —chilló de repente y Pedro se sobresaltó.

— Ojú , Leo. Qué susto, niño…

Leo se irguió en su asiento. Todos sus sentidos gritaban: « Alarma, alarma ».

—No puedes estar hablando en serio.

—¿Qué tiene de malo? Nunca has ido y seguro que te encanta.

—No es eso, ¿qué pasa si me ve alguien? ¿Eh? —inquirió, haciendo un esfuerzo horrible por mantener su pulso bajo control.