11
Los días sin Leo se estaban haciendo eternos.
El hospital parecía no tener color: se había vuelto un lugar gris, triste, sin encanto alguno, si no estaba presente el ser más atractivo que trabajaba allí. Solo las bromas de Santi y la compañía de Carmen conseguían distraerlo un poco del torbellino emocional que sufría.
Echaba de menos su olor, su forma de caminar, sus pequeños gestos automáticos, sus diferentes tonos de voz según el humor que tuviera, su expresión concentrada cuando le explicaba algo…
Los momentos en los que se relajaba y bromeaba, cada vez más frecuentes.
Esos en los que podía oír la melodía de su risa.
Le era inevitable preguntarse qué estaría haciendo Leo a cada segundo.
Podía estar en una playa de Cádiz, en una terraza tomando un café con su exmujer, en un centro comercial comprando con su madre…
Y Benji no tenía manera de saberlo, porque ni siquiera sabía qué planes tenía para aquellas vacaciones.
Y eso le deprimía. No es que no le hubiera preguntado, pero cada vez que lo hacía Leo conseguía desviar el tema para evitar contestar.
Eso era lo que más le angustiaba y a lo que llevaba dándole vueltas desde el día de la comida en el chiringuito.
Empezaba a frustrarle no conocer a Leo tanto como le gustaría, y eso era una muestra más de que su corazón empezaba a cobrar más protagonismo que lo que guardaba dentro de los calzoncillos.
Aquel día, tras la confesión a orillas del mar, no volvieron a hablar.
Leo decidió marcharse a casa y solo le dedicó un gesto con la cabeza a modo de despedida.
Benji, amargado por su frialdad, no se lo pensó mucho y aceptó la propuesta de sus compañeros para irse de fiesta.
Necesitaba despejarse; así que bailó y bebió durante horas, se enrolló con uno del que ni siquiera sabía su nombre, llegó reventado a su casa y se acostó sin tiempo ni ganas para pensar en otra cosa que no fuera dormir.
Desde entonces, los días se habían vuelto pesados e interminables.
Aquel fin de semana, el previo a la incorporación de Leo al trabajo, Benji fue al pub de Juanca. Nico decía que estaba irreconocible y que tenía que animarse, así que lo convenció para salir de noche.
Sí, seguramente Nico tenía razón: su humor se había transformado, porque era la primera vez que el pecho empezaba a dolerle al pensar en alguien.
—Benji… ¿Me escuchas?
—¿Qué? —preguntó como si acabaran de despertarlo de un largo sueño.
Uno en el que Leo era el protagonista.
—Nada, no me escuchas…
—Sí, joder. ¡Dime! —exclamó un poco, pues la ensordecedora música lo obligaba a alzar la voz.
—Que si nos pedimos un chupito.
—Por mí vale.
Nico alzó la mano y Juanca acudió veloz.
—Dime, precioso.
—¡Dos chupitos de tequila, pelota! —bromeó el rubio, recibiendo un guiño por parte del camarero—. Así te ganas a la clientela, ¿no?
—Solo a los que me interesan.
—Qué tonto… —murmuró Nico y, aprovechando que Juanca se había girado, susurró a su amigo—. Qué guapo está hoy, ¿no?
Benji soltó una risita.
Juanca volvió con expresión cómplice y sirvió tres chupitos para dejar claro que él también se sumaba al brindis. Acto seguido, ingirieron la bebida con el clásico ritual de sal y limón. Nico carraspeó de forma atronadora al terminar.
—¡Me cago en la puta! —exclamó con aquel vozarrón que poseía y que casi siempre intentaba disimular.
—Qué gracioso cuando te sale ese Nico varonil que llevas dentro… —canturreó Juanca con diversión mientras le pellizcaba uno de los mofletes como si fuera un niño pequeño.
—Déjate de tonterías, Juan Carlos. Soy un chico fino y delicado, y de voz aterciopelada…
—se burló, volviendo a suavizar el tono mientras se atusaba el cabello rubio—.
¿Sabéis qué? El otro día Aitor estaba de cruising y se encontró a su jefe.
Imaginaos las caras. ¡Las caras! Me lo estaba contando y me meaba de risa…
La anécdota provocó las risas de Juanca y Benji, aunque la de este último se oyó más apagada. Nico se giró hacia él.
—Tú, blanca flor, ¿me vas a alegrar la carita de una vez o es que tenemos cita en el cementerio? Mañana nos vamos a Torremolinos, a ver si así se te quita esa cara mustia.
—Estoy bien —aseguró.
—¡Ay! Claro, y yo me tiré al cura nuevo del barrio el otro día…
—replicó con sarcasmo y alzó su dedo índice, mirando fijamente a Juanca como si fuese a confesar algo muy importante—.
Lo cual no estaría mal, por cierto. Cuarenta y tres años, metro setenta y cinco, barbita cuidada, muy atractivo y con un acento almeriense que enamora.
Pero volviendo a lo importante, ¿qué te pasa?
—¿Cómo cojones sabes tantas cosas del cura? —Benji no pudo evitar reír.
—Me lo cuentan mis clientas en la peluquería y me entró tanta curiosidad que fui el otro día a misa.
Benji y Juanca, incrédulos, alzaron las cejas.
—Sí, yo en misa. Debería haberlo grabado… Lo que tiene que hacer uno para alegrarse la vista.
— Enga ya… Estás fatal, tío.
—¿Y no es un poco mayor para ti? —preguntó Juanca con interés.
—¿Qué dices? La edad es lo de menos, bonito…
—ante tal repuesta, Juanca sonrió, pero Benji fue el único que captó esa reacción—.
No cambiemos otra vez de tema. Dime qué te ha hecho el doctor «Noestoybueno» esta vez…
—suspiró hastiado, apoyando el codo en la barra y la cabeza en su mano—. Ponme un ron-cola, porfa.
Juanca asintió y empezó a servirle.
—¿Cómo sabes que es por él?
—Quizás porque últimamente todo lo que ocurre en tu vida tiene que ver con él. Solo quizás…
—¿Os dejo intimidad o puedo quedarme? —preguntó Juanca.
—Qué va, tío, quédate. Si te sabes prácticamente toda la historia. Y necesito alguna opinión más aparte de la que me dé esta loca…
—Yo también te quiero… —Nico le enseñó la lengua—. Pues nada, tú dirás.
Benji lo miró fijamente durante unos segundos, luego observó los ojos de Juanca otros tantos, y suspiró levemente.
—Lo que me pasa es que me gusta. Mucho, joder.
Que ya no pienso solo en tirármelo, sino en conocerlo más y…
—bajó la mirada a la barra y cogió el vaso del chupito que se había bebido un momento atrás, girándolo con cuidado—.
Sé que es una locura, pero no me lo saco de la cabeza.
Me empieza a gustar demasiado y me da miedo sentir algo así.
Hizo una breve pausa, repasando mentalmente lo que acababa de decir. Miedo a sentir. Estaba acostumbrado a seducir, a ligar, a irse antes de que la cosa se complicara. Pero, por primera vez, le apetecía quedarse si Leo se lo permitiera.
—Ojalá pudiera algún día sentarme con él a tomar un café y tener una conversación normal, sin discusiones —continuó—. Solo él y yo charlando, riendo, ¡yo qué sé! Como un par de personas que empiezan a conocerse.
—¿De verdad estás diciéndome todas esas cosas? Que me devuelvan a mi amigo Benji, ¡que me lo han cambiado! —bromeó Nico.
—Lo sé. Sé que nunca he hablado así de nadie desde Alberto.
Pero creo que es incluso más fuerte. No dejo de pensar en lo mismo.
Que si un día vamos al cine, que si vamos a cenar, a tomar unas copas…
Estoy seguro de que tiene que ser un tío interesante y divertido, y sé que nos lo pasaríamos de puta madre.
—No hablas como si solo te gustara… —añadió Juanca.
Benji dejó de jugar con el vaso y sintió la atenta mirada de Nico sobre él.
—No me digas eso, Juanca…
—¡No le agobies! —le regañó Nico, haciendo aspavientos con la mano—. ¡No digas eso!
—¡No, joder! No quiero agobiarle, pero es mejor que sea honesto consigo mismo, ¿no? Enamorarse es bonito, no tiene nada de malo.
—Tienes razón… —admitió Benji. Sus palabras se arrastraban con lentitud, con duda y, sobre todo, con ese temor que no paraba de crecerle en las entrañas—. Igual sí estoy empezando a enamorarme. O no. Yo qué sé…
Se llevó ambas manos por detrás de la cabeza y la hundió entre sus brazos, acariciando el corto cabello de la zona. Todo parecía haberse sumido en un profundo silencio, a pesar de la música que atronaba en sus oídos.
Lo que estaba matando a Benji por dentro era la incertidumbre: el creer que Leo sentía algo por él cuando después terminaba por darle calabazas, interpretar sus miradas de manera aparentemente errónea, no saber qué era lo que pasaba por su cabeza cada vez que sentía aquella especie de electricidad cuando sus iris conectaban.
Era una química que percibía y que creía real, pero que le desconcertaba cuando parecía esfumarse de repente.
De reojo, vio cómo Nico y Juanca se miraban como si no supieran que decir.
Resopló con la comisura izquierda levemente elevada.
En unos meses había pasado de tirarle a todo lo que se mueve a suspirar como un idiota por una sola persona.
Bueno, seguía sin perder el tiempo , pero solo se desvivía por uno.
—Es una situación delicada… Sobre todo por el vínculo laboral tutor-residente que tenéis —dijo Juanca.
—Y porque no sabemos aún si al doctor «Noestoybueno» le gustan los hombres —añadió Nico.
—Da igual —continuó Benji—. Sé que no está interesado. Me lo ha demostrado varias veces. Ya no importa si es gay o no. Yo no le gusto, y punto. Igual me ve como un niñato.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Olvidarlo todo? —preguntó Nico.
Benji suspiró.
—No lo sé, pero voy a tener que dejarle en paz. Tendré que cambiar radicalmente a partir del lunes, cuando vuelva, y supongo que con el tiempo todo volverá a su cauce.
—¿Y tú quieres eso? —intervino Juanca, mirándolo con dulzura—. ¿De veras crees que no merece la pena seguir intentándolo? Quizás no esté todo perdido. Tú mismo dices que a veces notas… cosas.
—Lo que quiero yo ya no importa… —contestó apesadumbrado.
—¡Por Dios, Benji! Me estás poniendo de los nervios, ¡en serio! —exclamó Nico. Sacó su móvil del bolsillo y empezó a rebuscar en el álbum de fotos—. Hazme el favor de mirar atentamente…