Están lloviendo hombres 10 #2
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Carmen y Santi parecían no saber dónde mirar: si al rostro contraído de Leo, a la expresión de suficiencia de Benji, al suelo, al mar o al camarero que en ese momento ofrecía bebidas. Se podía palpar la tensión en el ambiente.

Benji seguía con esa irresistible mirada arrogante.

Leo sabía muy bien cómo le gustaría bajarle los humos a aquel niñato, por mucho que se empeñara en frenar sus impulsos y negar lo evidente. Una drástica solución que implicaba agarrarlo de la nuca y sellar unos labios con otros.

La visitadora médica interrumpió el momento para anunciar que ya podían sentarse.

De pronto, Leo fue consciente de que había estado mirando fijamente los ojos de Benji durante más tiempo de lo normal. Prácticamente se había olvidado de que Santi y Carmen también estaban allí.

Solo esperaba que nadie más se hubiera dado cuenta.

El almuerzo transcurrió ameno, repleto de conversaciones de todo tipo, bromas y risas. La buena comida y bebida dejó a todos más que satisfechos, y ya empezaban a circular por la mesa algunas pastillas para la acidez que más de uno necesitaría si no quería pasar una mala tarde.

Algunos se habían pedido un café para no adormecerse mucho a causa del alcohol; otros, el «digestivo» por excelencia en esas ocasiones: el gin-tonic; y otros tantos simplemente conversaban sin nada que llevarse a la boca, planeando dónde continuar la fiesta aquella tarde.

Solo a los jóvenes se les veía con ganas de seguir de marcha: los más mayores ya anunciaban su retirada.

Entre aquel ir y venir de diálogos, Benji vio a Leo salir a la terraza y sentarse en el suelo de madera que hacía escalón con la arena.

Lo vio descalzarse, remangarse los vaqueros hasta media pantorrilla y caminar hacia la orilla, con el gin-tonic en una mano y los zapatos en otra. Sin decir nada a nadie.

Benji se disculpó con sus compañeros y repitió el mismo ritual que había seguido su tutor.

La arena quemaba un poco, aunque era soportable. Conforme avanzaba, imaginó que pisaba exactamente donde Leo lo había hecho y sonrió para sí mismo. Alzó la vista: allí estaba, en la orilla. La camisa se ceñía a su ancha espalda y, por un instante, Benji fantaseó con abrazarlo desde atrás.

Quizás Leo se giraría, le sonreiría y le daría un beso.

—Te he visto desde el chiringuito, ¿intentas huir de mí?

—bromeó cuando llegó por fin a su lado. Contempló las pequeñas ondas que el mar producía mientras el agua tibia le acariciaba los pies con suavidad, aliviando un poco la quemazón de la arena—.

Vaya, el agua está buenísima. Pensaba que estaría más fría.

—Lleva todo el día dándole el sol y hoy hace mucho calor.

—Demasiado calor. Vaya día, ¿eh? Al final han arreglado el aire, aunque mañana ya no vienes y no lo vas a disfrutar…

—No, por fin vacaciones —se alegró Leo.

—Sí, por fin… —murmuró con sarcasmo y bajó la mirada hacia la arena, mientras con su pie derecho dibujaba en ella algo indefinido.

Sin haberlo planeado, quizás dejándose llevar por aquel momento de intimidad, un repentino ataque de sinceridad brotó de sus labios—.

Lo de antes iba en broma. En realidad, te echaré de menos.

—Venga, hombre… —carcajeó Leo, y Benji lo vio rascarse la nuca. Casi parecía avergonzado—. Ahora estarás a tus anchas sin que nadie te llame la atención, aunque estés con Santi la mayor parte del tiempo.

—Es verdad, y Santi es mucho más buena gente que tú —Benji le enseñó la lengua de forma burlona—. Pero va en serio. Echaré de menos tus borderías, tus miradas de odio y la forma en que me llamas Benjamín, tan insoportable…

—Pues yo no echaré de menos tus gilipolleces y tus comentarios fuera de lugar.

—Mientes. Sé que en el fondo te encantan —Benji dio un par de pasos y se giró hacia él, colocándose justo enfrente.

—Claro que sí —respondió Leo con sarcasmo.

Benji le clavó sus verdes iris. Se miraron en silencio tan solo unos segundos, pero se le antojaron eternos. Observó cómo Leo fruncía y apretaba los labios hasta que, finalmente, resopló con gracia. Benji creyó morir cuando vio la tierna mirada que le dedicó.

—Podrías haberte esperado a coger las vacaciones en septiembre, conmigo.

—Por supuesto, Benjamín, en eso mismo estaba pensando…

—Deja de ser tan sarcástico —se quejó Benji con diversión.

—¿Para qué querías que cogiera mis vacaciones a la vez que las tuyas?

—Para no dejarme solo en el hospi, por ejemplo. Y también para que quedáramos juntos alguna vez. Podríamos echar un día en la playa, ¿no?

Leo alzó una ceja.

—Para eso no hace falta hacer coincidir nuestras vacaciones. Se puede ir un fin de semana, un saliente de guardia o cualquier tarde.

—Entonces, ¿venimos un día? Antes de que acabe el verano —insistió Benji, animado por su respuesta.

—¿Solo contigo? Olvídalo.

—Qué borde eres, de verdad… —volvió a quejarse, aunque vio a Leo alzar las cejas con burla. Y con una sonrisa. Esa dulce sonrisa que le provocaba un agradable cosquilleo y lo torturaba a partes iguales—. Antes has dicho que vives por aquí, ¿no?

—Sí, en aquel edificio —Leo se giró un segundo y señaló uno de los bloques que se erigían a lo lejos sobre el resto de las casas—. ¿Y tú?

—Yo en El Perchel.

—¿Norte o Sur?

—Sur. Calle Cuarteles.

—Entonces también te pilla cerca la playa.

—Quince o veinte minutillos andando.

Benji pensó que, a pesar de conocer a Leo desde hacía tres meses y pasar prácticamente toda su jornada laboral junto a él, nunca se habían preguntado acerca de sus vidas.

No sabía nada sobre la familia de Leo, dónde vivía o dónde se crio, ni siquiera sobre cómo había llevado la carrera o la residencia.

Una de esas dudas ya la había resuelto. Solo le quedaba esperar a que llegara el momento oportuno para charlar sobre las demás.

Volvió a disfrutar de su rostro durante unos segundos y se giró para contemplar el mar.

Parecía muy tranquilo ese día, pues solo unas leves olas dibujaban la línea que separaba el agua del firmamento.

Una calma que contrastaba fuertemente con el torrente de emociones que sentía: unos nuevos sentimientos que habían aflorado y que ya no podía rehuir más.

La suave brisa los acarició, y Benji percibió el olor de la colonia que Leo siempre usaba.

Un aroma que conseguía hipnotizarlo y que se había aprendido ya más que de memoria.

Se imaginaba la marca, pues él mismo la había probado alguna vez, pero la fragancia sobre el cuerpo de Leo cambiaba sutilmente, otorgándole una particularidad.

Era el propio aroma del moreno el que conseguía variar la pureza del perfume, transformándose en algo único.

—¿En qué piensas? —preguntó Leo de pronto—. Es raro verte tan silencioso.

—¿Te soy sincero? Pienso en lo mucho que me gustas.

—Benjamín… —Leo suspiró y Benji lo vio apretar la mandíbula—. No lo estropees.

—No quiero estropear nada —sonrió con tristeza, se giró hacia el chiringuito y decidió que ya era hora de volver junto a sus compañeros.

A lo lejos, divisó a Carmen hablando con los demás residentes, aunque sin quitarles el ojo de encima.

Imaginaba que, al volver, ella le haría el interrogatorio de turno—. Solo quiero que no se te olvide.

—No creo que se me olvide —bromeó.

—No bromees con esto, porque entonces lo estarás estropeando tú —sentenció con una media sonrisa que tuvo que forzar a duras penas, le dio un golpe cariñoso en el brazo y comenzó a caminar en dirección al establecimiento—. Me voy con esta gente, ¡ahora nos vemos!

Leo permaneció unos minutos más a solas frente al mar. Había tratado de quitarle hierro al asunto, pero la seriedad en el rostro de Benji le había dejado helado.

En su interior, agradeció el alivio que le iba a suponer tener dos semanas de vacaciones para poner distancia, porque su deseo seguía aumentando por momentos y aquella repentina confesión de Benji le había dejado fuera de juego.

¿De verdad Benji sentía algo más que una mera atracción física por él?

¿Se había equivocado al pensar que solo quería un rollo?

Esa forma en que lo había mirado, tan tierna y suave, esas palabras nunca antes pronunciadas por él…

Todo aquello había provocado que su corazón se agitara, arrancándole unas ganas inmensas de lanzarse a abrazarlo.

Se quedó observando el mar, taciturno, sin dejar de pensar en esa acción.

Abrazarlo.

Tenerlo entre sus brazos… ¿Cómo sería?

Negó con la cabeza despacio. No, Benji no sentía nada por él. No podía ser eso.

No podía ser porque, sin duda, eso complicaría aún más las cosas.