Están lloviendo hombres 10
25%

10

El sofocante calor de esa mañana llevaba apretando desde temprano y en el hospital se notaba aún más: un fallo eléctrico había dejado varias zonas sin aire acondicionado y el equipo de mantenimiento estaba tardando más de la cuenta en arreglarlo.

Tanto el personal como los pacientes sobrellevaban la mañana como podían a base de ventiladores y abanicos.

Benji suspiraba agobiado. Se había puesto la parte superior del pijama de hospital, mucho más fresca que la bata, y se abanicaba con unos folios que sostenía en su mano. María y él se encargaban de revisar a los pacientes mientras Leo terminaba una reunión, y este era ya el tercero de la mañana.

—¿Cómo se encuentra hoy, José? —preguntó.

—Pues mira, hijo, regulá na má … —contestó el anciano con fastidio y con un marcado acento malagueño—. Me han traído las bolitas esas y toavía no subo la segunda…

—No se preocupe, ya sabe que esto va poco a poco. Que suba una está bastante bien… A ver cómo lo hace, que yo le vea —le incentivó Benji, acercándole el aparato en cuestión que se usaba para la fisioterapia respiratoria.

El hombre aspiró por el tubo: la primera bola llegó hasta arriba y la segunda, con mucho esfuerzo, terminó tocando el techo del aparato un instante antes de volver a caer. La tercera no se movió. José comenzó a toser con esfuerzo.

—¡Anda! Dos ya, ¿eh? Ya mismo nos vamos a casa —exclamó Benji con alegría.

—Dios te oiga… Qué ganas tengo de salí ya de aquí.

La puerta de la habitación se abrió y apareció Leo.

—¿Cómo va todo por aquí?

—Bastante bien, Leo. José está mejorando mucho, ¿verdad? —respondió Benji con una sonrisa y dirigió su mirada al anciano que volvía a recostarse en la cama.

—Ay, bueno, yo qué sé. Si tú lo dices, niño…

—Acaba de subir la segunda pelota por primera vez —le explicó a su tutor.

—Muy bien, entonces. Ya verá como muy pronto puede irse a casa.

—A vé si es verdá y no me tiro aquí una pechá de días… Oú qué caló… —musitó el pobre hombre, que había vuelto a toser con fuerza.

—Pasaremos a verle más tarde —se despidió Leo antes de salir.

Tras darle las pertinentes explicaciones a los familiares y transmitirle las buenas sensaciones acerca de la recuperación de José, se dirigieron a otra habitación más.

—Esto es desesperante. El aire acondicionado lleva dos horas roto, ¿tú crees que es normal? —se quejó Leo.

—No. Y que yo me esté asando… pues mira, vale. Pero algunos pacientes lo están pasando fatal —opinó Benji con irritación.

—Normalmente no tardan ni media hora en solucionarlo, no sé qué mierda pasa hoy.

Benji observó la airada expresión de su tutor. Su entrecejo se arrugaba con firmeza y entrecerraba los ojos levemente. María guardaba silencio con cara de suplicio.

—María, avisa a Carlota de que necesitamos hacerle un electro al paciente de la 513, por favor. Que te busque el equipo.

—Enseguida, Leo —la joven acudió rápidamente para avisar del encargo a su jefa y se detuvieron para esperarla.

—Oye, alegra un poco esa cara… —canturreó Benji y le dio un pequeño toque en la mejilla con el dorso de la mano.

—¿Qué haces? —Leo retiró el rostro con el gesto aún más fruncido.

Benji rio divertido. Luego, se fijó en el cuello de su tutor y en cómo el nacimiento del pelo en su nuca parecía estar ligeramente húmedo de sudor.

—Yo también me estoy muriendo de calor, pero confía en que pronto lo arreglarán. Además, si te desabrocharas esto, estarías más fresquito… —murmuró, agarrando la camisa del mayor y desabrochándole el segundo botón.

Leo se quedó de piedra.

—¿Quién te ha dado permiso para desabrocharme la camisa?

—Venga ya, solo es un botón. Así te entra algo de aire, estás sudando… —Benji se abanicó con la mano y María, recién llegada, se colocó junto a ellos.

—Listo, avisada queda. Dice que en quince minutos lo tenemos.

Benji le dedicó un sutil guiño y vio a Leo hacer el esfuerzo de reprimir una sonrisita. Joder. ¿Le estaba devolviendo el tonteo? Tenía que estar imaginándoselo, seguro.

Antes de volver a la tarea, Benji no pudo evitar lanzar una mirada lasciva a aquella porción de piel que ahora podía apreciar mejor, cubierta de un suave y ligero vello. «Vaya mordisco le daba» , pensó.

Apartó la mirada antes de que alguien se diera cuenta de las ganas que tenía de comérselo.

Uf, comerse a Leo. Enterito.

Vale, tenía que dejar de pensar en eso. Podía pensar en comida, sí, pero en otro tipo. Por ejemplo, en la comida organizada por un laboratorio farmacéutico que disfrutaría ese mismo día en uno de los mejores chiringuitos de Málaga, situado en el barrio de Pedregalejo.

Era su primera comida oficial y había dos palabras que le estaban rondando por la cabeza desde primera hora de la mañana: comida gratis. Ya se veía disfrutando de gambas, pulpo, espetos de sardinas, pescaíto frito, buenos vinos… Se le hacía la boca agua.

—Deja de pensar en comida —dijo Leo, justo cuando terminaron de visitar al último paciente.

—Joder, tío, ¿cómo sabías que estaba pensando en eso?

—Se te notaba en la cara.

Benji curvó los labios con satisfacción.

—Me gusta que empieces a conocerme tan bien —confesó con un guiño, y Leo resopló intentando aguantar la risa. Ese día se estaba convirtiendo en una sucesión de guiños y sonrisas entre ellos, y Benji se sentía en las nubes—. Tú también vienes, ¿no?

—Claro, creo que vamos casi todos. Se te ve con ganas, yo también me ilusioné la primera vez. Una invitación a comer siempre suena bien.

—Joder, suena de maravilla —contestó con convicción.

—Pues aprovecha. Ahora tienes ganas, pero dentro de unos años estarás harto. Además, tal y como está ahora la cosa de dinero… Ya no organizan tantas como antes, aunque mejor así, que son un coñazo.

—Venga ya, no me creo que hoy vayas a disgusto. Es la primera vez que vas conmigo.

—Qué estúpido eres —respondió Leo con desdén, aunque con las comisuras de los labios levemente curvadas hacia arriba. Entró en la sala de trabajo y dejó en la estantería la historia clínica del paciente que acababan de ver—. Que estés tú allí solo lo hará más insoportable.

Benji estaba prendado. Definitivamente. Le encantaba el misterioso doctor Escrivá, el que actuaba con reserva y firmeza; pero aquel amigable Leo que empezaba a ablandar su relación con él estaba consiguiendo enamorarlo.

—¿En serio? ¿No vas a sentarte a mi lado?

—No tienes remedio. Anda, vamos a Neumo, que nos han puesto una interconsulta.

Y así, una vez más, Leo zanjó el asunto antes de que Benji empezara a ponerse demasiado insistente. Lo siguió contento, pero enseguida se acordó de un desagradable detalle que había olvidado por completo: era su último día junto a Leo antes de que este se fuera de vacaciones.

Dos semanas sin él prometían hacerse eternas.

Cuando Benji llegó al chiringuito, encontró a varios compañeros charlando con una copa de vino en la mano y picando de los aperitivos que habían servido.

Las mesas reservadas seguían vacías y todos esperaban de pie a que comenzara la comida.

Saludó entre bromas a sus compañeros, como si llevara días sin verlos, y a los visitadores médicos encargados de la invitación.

Luego se acercó a la terraza para disfrutar de la brisa marina.

La playa estaba abarrotada de personas y se veían hileras de sombrillas a ambos lados.

La pequeña cala situada frente al chiringuito se encontraba algo menos ocupada, aunque algunas personas habían extendido allí sus toallas y se tostaban bajo el ardiente sol.

A Benji le encantaba el mar, seguramente porque se había criado en una ciudad donde había tenido la suerte de disfrutarlo desde pequeño.

Para él, sumergirse en el agua y tumbarse sobre la arena cálida era uno de sus mayores placeres; por eso iba a la playa siempre que podía, aprovechando que le quedaba cerca de casa.

De ahí el bonito bronceado que lucía desde hacía meses y que realzaba aún más su atractivo.

—Benji, Benji, Benji… —Santi le canturreó al oído y le pasó un brazo por los hombros—. A partir de mañana seré tu tutor adoptivo, espero que me aguantes…

—Claro que sí, Santi. Me va a venir bien perder de vista el humor de perros de Leo por unos días... —trató de bromear, sabiendo la gran mentira que suponían aquellas palabras. No podía reconocerlo en voz alta, pero lo iba a echar de menos a horrores.

—Anda ya, ¡si yo sé que en el fondo os entendéis a la perfección! —exclamó Santi.

Benji frunció el ceño levemente y apretó los labios.

—¿Ya me estás sustituyendo, Santi? Vaya días de marginada me esperan… —se quejó Carmen, que se había acercado a los dos con sigilo.

—Carmencita, tú eres única para mí.

—Bueno… Me parece que sobro —murmuró Benji.

—¡Eh! ¡Que la quiero como a una hija! —se escandalizó Santi. Le dio con el puño a Benji en el brazo y se echó a reír junto a ellos.

Justo entonces Leo llegó al local, y aquella fue la primera imagen que vio: la risa de Benji, su rostro iluminado por los rayos de sol que se colaban por la terraza y sus brillantes ojos que, como si tuvieran un localizador que le avisaba de cuándo estaba cerca, se dirigieron hacia él y se clavaron en los suyos.

Se le entrecortó la respiración.

Leo vio cómo la expresión de Benji se suavizaba conforme se acercaba: su sonrisa se volvió más tímida y, cuando estuvo cerca, le pareció ver sus pupilas dilatadas.

Como si estuviera observando algo que le gustara mucho.

También notó que Santi miraba a Benji con extrañeza y se giraba para averiguar qué o quién era el culpable de aquel cambio.

—¡Leo! ¡Ya estás aquí! —Santi fue a por una copa para ofrecérsela—. Te he guardado un sitio a mi lado.

—Ni que fuéramos unos críos, Santi —se quejó.

—Le estaba diciendo a Benji que prometo cuidarle bien estos días que vas a estar ausente.

—Él puede cuidarse solito…

—Por supuesto que puedo —contestó Benji con retintín, provocando que Leo lo mirara. El joven curvó su ceja derecha con soberbia y probó el vino sin apartar la mirada—. No te lo tengas tan creído, que no te necesito tanto como crees.

—Claro que no, no me necesitas.

—Para nada.