Están lloviendo hombres 9
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Cuando llegó el viernes, Leo aceptó la propuesta de su colega del alma para cenar en su casa. Pedro y Paula le habían invitado para ver una de sus películas favoritas, aquella que tan famosa se volvió cuando estaban en la universidad y que, desde entonces, veían mínimo una vez al año.

Él jamás decía que no a una buena película.

Además, necesitaba esa pequeña reunión con amigos para que cualquier mínima tontería ocupara sus pensamientos y así pudiera dejar de darle vueltas a lo mismo de siempre.

Esa noche comería comida asiática hasta reventar, reiría a carcajadas, disfrutaría de su película favorita con unas palomitas y algún que otro cubata, y después volvería a casa para dormir la mona. Sin preocupaciones.

No contaba con que todo se iba a torcer llegado cierto punto de la noche. Pedro, que seguramente era consciente de lo decaído que parecía estar, aprovechó que su mujer preparaba las palomitas y no dejó pasar la oportunidad de preguntarle.

—¿Ha pasado algo?

La pregunta fue breve y directa, y a Leo le supo como una realidad amarga después de un sueño en el que, por un momento, había conseguido olvidar el motivo de sus desvelos.

—¿Por? —preguntó, haciéndose el tonto.

—Puedes engañar a cualquiera, pero a mí no.

Sé que no estás como siempre, pero si no quieres contármelo, lo entenderé.

Siempre te has callado las cosas —y, dicho esto, Pedro se recogió su media melena castaña en una coleta y se acomodó en el sofá, cogiendo el mando de la televisión para hacer un poco de zapping .

Leo lo miró con preocupación. Sabía que Pedro le iba a preguntar tarde o temprano, y él mismo quería contarle lo sucedido, pero no sabía si era el momento adecuado para sacar el tema. En realidad, nunca le parecía un buen momento.

Tragó saliva y fijó su mirada en el cenicero de cristal que descansaba sobre la mesa.

Después de unos minutos sopesando los pros y los contras de mantener una conversación seria en esos instantes, se decidió a proceder. La manipulación de Pedro siempre funcionaba.

—¿Me das un cigarro?

—¿Has vuelto a fumar? —se sorprendió su amigo.

—En realidad no, pero puede que necesite un piti para contarte esto.

Pedro se incorporó y bajó el volumen de la televisión, apoyando sus brazos sobre las rodillas y entrelazando las manos en pose de escucha.

Alzó ligeramente las cejas y carraspeó.

—No puedes fumar aquí, sabes que a Paula no le gusta.

—¿Podemos salir, entonces? —preguntó Leo, señalando la terraza con la cabeza.

Pedro frunció los labios, pero, al verlo tan serio, apenas dudó. Asintió con la cabeza, agarró su paquete de tabaco y dio un breve paseo por la cocina para avisar a Paula de que necesitaba hablar con Leo a solas.

Cuando Pedro salió a la terraza, tras cerrar la puerta corredera de cristal, abrió la cajetilla y le ofreció un cigarro a su amigo. Después, él cogió otro.

—Te lo doy porque te he visto una cara de amargado que no he podido negarme, pero ni se te ocurra pedirme otro —dijo con el cigarro en la boca.

Leo encendió el cigarro y sintió el humo entrar en su cuerpo, extendiéndose por sus pulmones y recordándole una sensación que hacía tiempo que no experimentaba.

Había empezado a fumar durante la carrera, pero lo dejó al divorciarse sin razón aparente.

Simplemente era uno de los tantos retos que se había propuesto en su vida y que, como no podía ser menos, había logrado superar.

Expulsó lentamente la humareda a medias entre su boca y su nariz, y soltó una pequeña risita.

—Hacía años que no me fumaba uno.

—No te enganches, Leo, que te juro que te corto los huevos después de cortármelos yo. Me sentiría muy culpable.

—No te preocupes, te prometo que es solo uno. ¿Y tú cuándo lo vas a dejar? Llevas meses diciendo que lo vas a hacer y nada. Tienes a Paula contenta…

—Yo no tengo la misma voluntad que tú, capullo —se quejó por el reproche—.

Lo voy a dejar, sí, pero no en verano. No puedo renunciar al cigarrito en la playa, en la terraza del bar, con una copita…

—recitó, como si fuera lo más obvio, y se apoyó en la barandilla de la terraza—.

Bueno, cuéntame ya eso que parece tan serio.

Leo lo miró con fijeza, dio otra larga calada al cigarro y no dejó pasar más el tiempo para confesarlo todo de una vez.

—Me está empezando a gustar alguien.

Pedro lo miró primero con duda, luego con escepticismo y, finalmente, con una sonrisa.

—¿Estás de coña? ¿Esto es eso tan tremendo que tenías que contarme? —rio, intentando quitarle el cigarro de los dedos, pero Leo apartó su mano y lo evitó.

—Sin coñas, Pedro.

—¿Por qué? ¿Quién es?

—Promete que no vas a enfadarte ni a darme el sermón.

—Joder, no, ¿qué pasa? ¿Que soy yo? Porque Paula no va a ser, a no ser que te hayas vuelto a cambiar de acera…

—Siempre he estado en la misma acera —sentenció con fastidio—. Y no, no sois vosotros. Pero es complicado.

—¿Entonces quién es para ser tan complicado? —preguntó Pedro con intriga, dejando las bromas a un lado.

Leo suspiró levemente.

Una pequeña brisa acarició su rostro y se frotó la frente con vehemencia, intentando encontrar las palabras adecuadas. Tenía que decírselo a Pedro. Era la única persona a la que podía contarle aquello con honestidad, sabiendo que recibiría un buen consejo por su parte.

Que luego él lo siguiera, era ya otra historia.

—Mira, tío, sea quien sea es complicado. Sabes que paso de relaciones. Nadie sabe que soy gay ni quiero que se sepa.

—¿Me vas a decir de una puta vez quién cojones es o no?

—Es mi residente.

Y así, después de aquella confesión tan precipitada y que escupió como si le quemara la boca, el silencio inundó el pequeño espacio de la terraza.

Leo sintió un escalofrío. Era como si decirlo en voz alta lo hubiera hecho, de repente, más real.

Comenzó a aspirar del cigarro con insistencia, como si el humo le brindara fuerzas.

Como si aquello que había confesado fuera una bomba que estaba a punto de estallar, y necesitaba estar preparado para cuando su amigo recibiera el golpe.

Pedro parecía procesar las palabras con lentitud, pero no se mostraba escandalizado. Al contrario, se llevó la mano a la boca y Leo supo que estaba luchando por contener una carcajada.

Lo miró, negó sutilmente con la cabeza y la comisura izquierda se le curvó mínimamente, porque sabía las tremendas ganas de reír que tenía su amigo.

—Estás de coña, ¿no?

—No, joder. Ojalá lo estuviera.

—Pero ¿qué ha pasado para que, de repente, me vengas con esto?

—¡Yo qué sé! —se llevó el cigarro de nuevo a la boca, pero poco quedaba ya por fumar.

—Te vas a fumar el puto filtro… —se burló Pedro, ofreciéndole el cenicero.

—¿Me das otro?

—Leonardo, me cago en tu vida. Me has dicho uno.

—Vale, vale… Es que últimamente estoy de los nervios, no lo puedo evitar.

—¿Va en serio lo de que te gusta? ¿Seguro que no es que te pone y ya? Como un caprichito momentáneo.

—No lo sé, pero… Creo que nunca me he sentido así.

Pedro apagó su cigarro también, soltó el cenicero en la mesita y se acercó.

—Esas empiezan a ser palabras mayores… Pero, Leo, es un residente.

—Ya lo sé, ¿te crees que no le he dado vueltas a toda esta mierda?

No es un residente, es mi residente. Se supone que mi único deber es enseñarle y evaluarlo.

Además, le saco nueve años y, joder, ¡que no quiero sentir esto ni por él ni por nadie!

—exclamó, enumerando una vez más aquella lista de contras que mentalmente se repetía una y otra vez.

—Vale, en eso último te equivocas. Leo, deja esa actitud porque vas a terminar amargado toda tu vida. Si es que no lo estás ya… —farfulló eso último, pero Leo lo escuchó con claridad.

—No me estás ayudando.

—¿Y qué quieres que te diga? ¡Si luego vas a hacer lo que te salga de los cojones!

—Al menos necesitaba contártelo, iba a explotar si no se lo decía a alguien.

Leo se dirigió a uno de los sillones de mimbre de la terraza y se dejó caer. Notaba la mirada de Pedro sobre él. Se frotó las manos con nerviosismo y evitó mirarlo a la cara, con los ojos fijos en el suelo.

—Tú ya sabes cuál es mi opinión. No veo nada de malo en que empieces a sentirte atraído por alguien. De hecho, me alegra mucho. Aunque el mayor problema es que eres su tutor…

—No, el mayor problema es que él es gay y no para de coquetear conmigo.

—¿Qué? Espera, espera —Pedro acudió raudo y veloz, arrastró otra silla de mimbre y se sentó frente a él—. ¡No me jodas!

—Sí te jodo. Y el hijo de puta sabe cómo provocarme. Me ha llegado a insinuar varias veces que está convencido de que a mí también me van los tíos.

—De lo que deduzco que no lo sabe.

—Ni de coña, lo niego siempre. Pero no para, tío, ¡no para! Siempre está ahí, a pico y pala. Y encima está buenísimo, joder. Es demasiado… sexy.

Pedro solo pudo aguantar unos segundos antes de estallar en carcajadas.

—Madre mía, Leo. ¿Te estás escuchando? Estás babeando por un crío, ¡esto es increíble!

—Tú lo has visto alguna vez por el hospital…

—Sí, pero evidentemente no me pongo como tú. Aunque reconozco que lo veo un tío guapo.

—¿Solo guapo? El cabrón tiene la puta cara perfecta —y, por fin, Leo sintió una liberación al poder decir todas aquellas cosas que pensaba desde hacía tanto y que no había podido exteriorizar antes—.

Desde el primer día en que lo vi, lo supe.

Supe que me iba a traer problemas. Estaba demasiado bueno, aunque pensé que se me pasaría la tontería si no intimaba demasiado con él.

Pero es que es imposible, soy su tutor… Debo tener una buena relación con él por cojones.

Y me gusta demasiado el tonteo que se trae. Demasiado. Nunca me había pasado.

—¿Has pensado en renunciar? Sería lo más fácil. Te inventas cualquier chorrada y dices que no puedes seguir siendo su tutor. Al menos puedes cortar un poco la cosa por ahí.

—Lo he pensado, pero después de lo que le insistí a Alfredo para que me dejara probar este año… —respondió, aunque con un poco de duda.

—¿Seguro que es por eso? —inquirió Pedro, pero no obtuvo respuesta salvo una mirada de reojo por parte de aquellos negros iris que parecían estar muy perdidos en ese momento—.

Pues te digo una cosa, esto te lo has buscado tú solo.

Tu problema es que no estás disfrutando de los tíos todo lo que necesitas.

Y no me vengas con lo de follar con desconocidos, que eso ya me lo sé; me refiero a conocer a alguien de verdad, cojones.

En un bar, en una tienda, en el trabajo, ¡donde sea!

Conocer a una persona sin jugar al escondite, aunque solo te dure un par de semanas.

—No es eso lo que quiero en mi vida…

—Lo sé, siempre me dices lo mismo. Pero, precisamente por eso, ahora que has conocido a alguien que empieza a gustarte más de la cuenta, estás tan asustado.

—No estoy asustado.

—Guárdate la hombría, machito. Con los demás puedes fingir, pero conmigo no.

—Está bien… —suspiró resignado—. Es verdad. Me atrae muchísimo físicamente y, encima, me encanta su personalidad. Es inteligente, ingenioso, empático. Diría que es hasta gracioso.

—Ay, la babita… —le interrumpió Pedro, pasándole una mano por la barbilla.

—Calla, joder… —bufó Leo, apartándose—. También se comporta como un chulito y lo peor es que incluso eso me pone. Y me da miedo que todo esto vaya a más… porque, si de algo estoy seguro, es de que no quiero cambiar nada de mi vida —agachó la cabeza y se frotó el pelo con suavidad.

—¿Tú crees que a él le gustas o que solo quiere echar un polvo?

—Me da la impresión de que es lo segundo. No creo que le guste en serio, me he portado con él bastante mal a veces. He llegado a ser muy duro y se ha enfadado alguna vez conmigo… —reconoció, acordándose de la actitud tan estúpida que le salía cuando quería ocultar su orientación sexual.

—No sé qué decirte, Leo. Si te empieza a gustar de verdad solo tienes dos vías posibles: echar para adelante con todo o cortar de raíz. Solo tú puedes saber qué quieres realmente… Pero tienes que pensarlo bien y ser sincero contigo mismo.

Leo parpadeó con pesadez y dejó de nuevo la mirada perdida en el suelo.

—Deberíamos ir a ver la película ya —de repente, se levantó con el gesto contrariado—. Paula tiene que estar aburrida.

—¿Seguro que no quieres hablar más?

—No… Puedes contárselo luego a ella, si quieres. Pero, de verdad, solo necesitaba desahogarme. No quiero seguir hablando de esto.

—Como quieras… —Pedro se incorporó, le pasó un brazo por los hombros y se adentraron en el salón, donde Paula ya los esperaba con dos grandes cuencos de palomitas y unos gin-tonic sobre la mesa.

—Ya me iba a quedar dormida… —se quejó medio en broma, enfurruñada, a lo que su marido le contestó con un beso en la mejilla y un arrumaco cariñoso.

Leo sonrió al verlos y se dejó caer en un sillón único a sus anchas, con el único pensamiento de sumergirse en aquella fascinante película, beberse la copa y no tener tiempo para pensar en nada más.

Sin embargo, desde el sofá, Pedro vio cómo su amigo, a media hora escasa de terminar la película y sin saber que era observado, se había quedado mirando con detenimiento, casi embobado, la foto de perfil que el joven residente tenía en la aplicación de chat.

Una foto coronada por el nombre que Leo le había asignado a ese contacto.

«Benji».