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Sabía qué tenía que hacer para despejarse de aquella maraña de pensamientos que le provocaban ese terrible dolor de cabeza.
Aquello a lo que alguna vez recurría cuando necesitaba un soplo de aire fresco en su vida, aunque en realidad dudaba de que eso fuera un alivio.
Realmente lo único que conseguía era recordarse lo escondido que vivía y lo oculta que mantenía esa parte de sí mismo.
Abrió el navegador y entró al chat de su ciudad. En concreto, a la sala titulada «Gay». Escribió su nick habitual, «discreto34», y entró con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera desestresarle esa noche. Alguien que le hiciera olvidar que las cosas se estaban poniendo muy jodidas.
Nada más entrar en la sala de chat, se encontró con el mismo panorama de siempre: hombres ansiosos por encontrar compañía esa noche, ya fuera para quedar en persona o para pasar un buen rato a través de la webcam .
Todos escribían en la sala general describiendo su físico o explicando lo que buscaban.
Leo tecleó el mensaje de siempre, una efímera frase que le abría las puertas de una noche de sexo sin compromiso y sin miedo a que alguien lo descubriera.
«¿Alguien discreto para esta noche? Tengo sitio. Menos de 40».
Tamborileó con sus dedos encima de la mesa a la espera de que le hablaran.
No le interesaba buscar presa, prefería que vinieran a él y entonces elegir.
La mayoría de las veces optaba por quedar con alguien casado con una mujer o con novia, porque sabía que ellos tenían más que perder que él.
Así se aseguraba de que todo quedara en secreto.
Enseguida se abrieron múltiples ventanas de chat de hombres que habían leído su mensaje y parecían tener interés. Casi todos le preguntaban por la zona en la que vivía, su físico, o si prefería ser activo o pasivo, así que se limitó a responder brevemente.
Por el nombre de usuario descartó a algunos que parecían mayores y terminó por quedarse con solo tres; sin embargo, uno de ellos no tenía coche y no le interesaba moverse de su casa ni hacer de chófer, así que dejó de contestarle sin dar explicación. Finalmente se había quedado con dos.
«¿Cómo eres?», escribió en ambas ventanas. El primero le contestó que era moreno, no muy alto y delgado, y que tenía veintinueve años. No pintaba mal.
La contestación del otro usuario llegó al minuto: «Alto, delgadito pero marcado, ojos verdes, pelo castaño, 18 cm».
Leo se irguió en el sillón de golpe. Las manos le empezaron a sudar y sintió una leve taquicardia en su corazón. No pudo evitar que la imagen de Benji le viniera a su mente. «¿Cómo tienes el pelo?», preguntó por si acaso.
Los pocos segundos que tardó en contestar se le hicieron eternos, y se olvidó del otro tipo que aún esperaba por su respuesta.
«Ondulado… Un poco rizadito, ¿por qué?», contestó el chico.
De nuevo la taquicardia. Agarró la lata de cerveza y bebió un par de sorbos un poco agobiado.
¿Y ahora qué? ¿Y si era Benji? Tenía que dejar de hablar con él cuanto antes.
Pero… ¿Y si no era él? Benji no parecía ser el tipo de hombre que recurría a ese medio para conocer a alguien.
Se lo imaginaba, más bien, entrando a cualquier bar y teniendo a alguien a sus pies en menos de diez minutos.
No podía ser él. Quizás solo era un chico con esas características. Y, de repente, la idea de follarse a un tío con facciones similares a las de su residente se le hizo provocadora.
Solo con imaginarlo, empezaba a excitarse.
«¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?», preguntó para asegurarse.
El chico contestó al momento: «36, soy Dani, encantado».
Leo dejó escapar un largo y profundo suspiro de alivio. Sin embargo, aquel suspiro arrastraba una pizca de… ¿desilusión?
Se le revolvió el estómago. ¿Es que tenía que pensar en él hasta cuando únicamente buscaba un polvo rápido?
Su mirada se perdió en algún punto de la pantalla y comenzó a pensar en sus emociones tan contrarias, mientras el hombre con el que hablaba parecía perder la paciencia al ver que su pregunta «¿Y tú?» no conseguía respuesta alguna.
¿Cómo podía ser que, de tantos tíos que le habían hablado, únicamente hubiese prestado atención a aquel que había descrito unos rasgos similares a los de Benji?
¿Cómo podía pensar en él con lujuria y, al segundo, desechar la idea con vergüenza y algo de tirria?
Aquello era una locura. Era la primera vez en su vida que alguien conseguía que sus sentimientos fluctuaran de esa manera.
Él, que siempre había tenido las cosas claras.
Salvando el pequeño incidente de su matrimonio/divorcio, claro.
«¿Estás ahí?».
«¿Quieres o no?».
«Te aseguro que la mamo de puta madre, y tengo coche…».
Leo aclaró su vista y leyó los tres mensajes. Se terminó la cerveza por completo y cerró los ojos con fuerza, culpándose por su debilidad. Finalmente cerró el navegador de internet sin responder a nadie.
Era mejor tumbarse en el sofá y ver la televisión hasta quedarse dormido. Ni siquiera podía acostarse con cualquiera, porque sabía que, al final, solo una persona ocuparía sus pensamientos.
Y esa persona era la que más quería evitar.