Están lloviendo hombres 8 #2
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No entendía cómo podía sentirse tan tentado por él. Quizás fuera la insistencia del joven o el saber que provocaba esas sensaciones en otra persona, que había hecho que él también se obsesionara.

Vale, no. No era nada de eso. ¿A quién pretendía engañar? La perseverancia de Benji no tenía nada que ver.

La incómoda verdad era que se fijó en él nada más verlo por primera vez, cuando le dijeron que sería su residente y pensó si sería capaz de tutorizar durante cinco años a un chaval tan peligrosamente atractivo.

Después, cuando comenzó a tratar con él, cuando vio cómo se comportaba con esa altanería y ese descaro, con esos aires de niñato pretencioso y ese puntito de chulo de barrio… terminó por caer del todo.

Y había tenido que hacer un esfuerzo horrible para fingir.

No sabía qué planes tenía su residente en la cabeza, y menos ahora que parecía haberse calmado con las indirectas —y no tan indirectas—, pero lo que tenía más que claro era que desde el primer día en que lo había visto, no había podido dejar de pensar en él.

Y ahora que se sentía descuidado, sus sentimientos habían empeorado.

Se estaba dando cuenta de que, a pesar del miedo que tenía a que descubriera su secreto, le encantaba que Benji fuera tras él.

En menudo lío se había metido.

—¿Qué tal el café? —preguntó el protagonista de sus pensamientos cuando se encontraron en el pasillo. Junto a él estaban Santi y Carmen.

—Bastante bien —contestó muy seco.

—Me ha dicho Benji que estabas con Yoli, ¿qué tal está? —se interesó Santi.

—Muy bien. Ha venido a acompañar a su madre a unas revisiones. Nos hemos puesto un poco al día y ya está.

—Me alegro. Te devuelvo a tu residente, que lo marginas y se va a terminar quedando huérfano… —bromeó.

El de ojos verdes soltó una risita baja, y Leo se dio cuenta de que miraba de reojo y con cierta complicidad a Carmen, como si estuvieran escondiendo algo.

«Pues hace quince minutos te ha mirado de una forma…

» , recordó las palabras de Yoli. Se vino arriba cuando pensó que, quizás, Benji todavía sentía lo mismo y solo había estado disimulando.

Desde luego, no sabía cómo podía alegrarle aquello ahora.

—Ya me lo llevo, ya… —suspiró, dedicándole a su residente su habitual gesto con la cabeza para que lo siguiera.

Benji, aún molesto por cómo le había dejado tirado en el desayuno, empezó a caminar tras él con desgana.

Comprendía perfectamente que Leo quisiera hablar con su exmujer, no quería ser un estúpido egoísta; pero había rechazado hasta tres veces su invitación a desayunar juntos, incluso prometiéndole que pagaría él.

Con ella un poco más y se le cae el culo para ir detrás.

Le molestaba confirmar que no tenía ningún valor para Leo.

—Te llevas muy bien con ella, ¿no? Es muy guapa.

—Sí.

—¿Sabes lo que dicen en el hospi? Por lo visto, se rumorea que volvéis a estar juntos —soltó sin poder evitarlo. Luego se mosqueó un poco consigo mismo al ver que empezaba a comportarse como un niñato celoso, algo que él siempre había criticado.

—Pues mira, sí, igual vuelvo con ella —respondió Leo sin más cuando llegaron a un rellano. Se cruzó de brazos y lo escrutó con la mirada—. ¿Acaso estás celoso?

Benji entreabrió su boca y soltó una risita, incrédulo, sin desviar su mirada de aquellos negros iris.

Esos que le hacían flaquear como nunca nadie había conseguido y que, en esos momentos, lo observaban con descaro.

¿De verdad el intocable doctor Escrivá, ese que no le permitía hablar de temas personales durante el trabajo, le había hecho aquella pregunta y le había sonreído altivo?

¿Pensaba que lo negaría todo como un cobarde avergonzado?

Pues no, él no era así.

A la mierda ese desinterés que tanto había fingido durante días.

—La verdad es que sí, lo estoy. Y mucho.

Leo parpadeó un par de veces. Benji fue consciente del cambio, de cómo apretó la mandíbula e hinchó el pecho de forma casi imperceptible. Como si le costara respirar. Ese intento de arrogancia al preguntarle si estaba celoso se estaba tambaleando.

—Tu sinceridad me pasma —dijo Leo al fin.

—Me alegro —respondió con picardía—. Me encanta dejarte pasmado.

—¿Te cansarás algún día de tirarme la caña?

A Benji le dio la risa y casi se quedó sin aire cuando vio que Leo también sonreía. No estaba enfadado. Al contrario, parecía divertirse con la broma por primera vez desde que se habían conocido. La curva de sus labios era sincera y juguetona.

El corazón le tembló.

—Puede ser, pero por ahora no estoy ni un poquito cansado. Te vas a tener que aguantar.

—Eres muy obstinado. Eso es algo bueno en muchos campos —reconoció Leo, dando un paso hacia él—, pero no juegues con fuego, porque te puedes quemar —terminó por decirle casi en un susurro, con una voz tan grave y sensual que todos los vellos del cuerpo de Benji se erizaron al instante.

Una nerviosa risita se le escapó. ¿Qué había pasado? ¿Por qué de repente su tutor se comportaba así? La razón no la sabía, pero era la primera vez que Leo lo dejaba completamente indefenso y sin fuerzas para replicar. Se la había devuelto usando las mismas tretas que él acostumbraba.

Cuando despertó del trance, su tutor ya se había alejado un par de metros. Benji caminó a paso rápido hasta alcanzarlo, con la excitación a flor de piel.

Aquel Leo había conseguido engancharle aún más.

Esa tarde, Leo llegó a su piso más cansado que de costumbre.

Soltó las llaves en la pequeña mesa que tenía en la entradilla, dejó en el sofá su mochila de trabajo y siguió su camino hasta su amplia habitación, donde una cama de dos metros le esperaba: un capricho que se les antojó a Yoli y a él cuando decidieron irse a vivir juntos.

Se quitó la camisa con lentitud y se desabrochó el cinturón del pantalón para después tirarse sobre la cama.

Cerró los ojos y respiró, aunque no con toda la tranquilidad que habría querido.

Aquel día no había sido especialmente duro en el trabajo, pero psicológicamente se sentía agotado. Demasiadas emociones fuertes para él en tan poco tiempo.

La conversación que había tenido con su exmujer acerca de su vida actual le había dejado derrotado. Hacía seis meses que Yoli no le sacaba el tema, pero hoy había vuelto a abrir esa caja que quería bien cerrada en su vida.

Y eso, de nuevo, como todo lo que últimamente ocurría, había sido por culpa de Benji. Se llevó una mano a la frente y se frotó las sienes con insistencia.

Todavía temblaba al pensar en ese momento a solas con él, cuando se le ocurrió devolverle el jueguecito porque estaba harto de dejarse amedrentar por un crío de veinticuatro años.

Pensó que preguntarle si estaba celoso lo avergonzaría y por fin celebraría una pequeña victoria; pero al final, como siempre, Benji le había superado en chulería. Siempre le dejaba desarmado. Siempre.

Ahora se arrepentía de cómo había cerrado la conversación, porque se había pasado tres pueblos. Esa frase sobre no jugar con fuego se le había escapado, incapaz de ocultar lo mucho que le había gustado descubrir que Benji seguía interesado en él.

Qué mal. Benji no era tonto, y seguro que ahora estaba en su casa sumando a más b y llegando a la acertada conclusión de que él, su querido tutor, empezaba a perder la cabeza por… por muchas cosas.

Por su piel bronceada por el sol del verano, que parecía tan suave; por sus bucles castaños, cortos y rebeldes, que desaparecían en el punto en el que su nuca se hacía más desnuda; por sus iris del color de la esmeralda, que parecían arrojar chispas de fuego cada vez que lo miraba; por su preciosa sonrisa altiva, que multiplicaba su atractivo por mil.

—Maldito niñato… —murmuró cansado.

¿Debería dejar la tutorización? ¿Quizás poner alguna excusa y decir que lo sentía mucho, pero que no se veía capacitado? Seguirían siendo compañeros de trabajo, pero con suerte no tendrían tanto contacto.

El problema era que siempre había soñado con ser tutor y, justo ese año, le habían dado la oportunidad. Esa era la única razón que le hacía dudar.

O, al menos, quería convencerse de que era la única.

Se levantó de golpe y fue hasta su ordenador. Pulsó el botón de encendido, se dirigió a la nevera a por una cerveza y volvió mientras bebía con avidez. Se sentó de mala gana en la silla y le echó un vistazo al reloj. Eran las nueve de la noche.