Están lloviendo hombres 8
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Las siguientes semanas fueron un suplicio para Leo. Intentaba mantenerse neutro e impasible en su horario de trabajo como siempre había hecho, pero había algo que le impedía sostener ese muro inquebrantable que se había construido.

Le era imposible, y todo era por su culpa.

Benji había atraído toda su atención. Siempre había sido un poco pegajoso, pero de repente lo era en otro sentido completamente distinto: hacía todo el trabajo, incluso más del que le correspondía; no paraba de preguntarle dudas, consultarle y pedirle consejo para los trabajos y exposiciones que tenía que realizar; y, por si fuera poco, había dado una increíble sesión sobre el caso que le habían asignado.

Fue tan espectacular que dejó a todos con la boca abierta, incluido él.

A Leo le resultaba demasiado interesante verlo enfrascado en el trabajo.

Benji era un chico muy inteligente y de eso ya se había dado cuenta desde el primer día, pero parecía haber decidido explotar todo su potencial de buenas a primeras.

Le recordaba tanto a cuando él mismo empezó la residencia, que no podía evitar quedarse ensimismado en aquellos inquietos ojos verdes.

Además, el síntoma más notorio dentro de ese cambio tan tajante era que había dejado de atosigarle en ese otro sentido.

No había vuelto a mencionar el tema, ni hacía comentarios indecorosos, ni le mandaba indirectas, y sus miradas ya no parecían estar cargadas de deseo.

Era como si se hubiera olvidado de todo.

¿Habría desistido después de la pasividad que Leo había fingido durante esos meses?

Sabía que eso era lo mejor para los dos, pero aun así era incapaz de eludir que aquella nueva conducta le provocaba una pequeña punzada de decepción.

Tenía que estar delirando para echar de menos algo que había estado tanto tiempo esforzándose en evitar.

Esa mañana, los dos estaban en uno de los despachos revisando algunas historias clínicas, después de que Leo se hubiese negado hasta tres veces a hacer el descanso para desayunar que Benji no paraba de pedirle.

Cuando se disponían a continuar con el pase de planta, un par de toques en la puerta los distrajo. Una bella mujer de pelo largo y negro, poco maquillada y con una enorme sonrisa asomó la cabeza.

—¿Se puede?

—¡Yoli! —Leo se levantó de su asiento demasiado sonriente, cosa inaudita para Benji, y se apresuró a saludarla con un par de besos—. ¿Qué haces aquí?

—Mi madre tiene que hacerse unas pruebas y, ya que estaba, he venido a visitarte —dijo ella, que dirigió sus ojos hacia el joven al notar cómo la miraba con atención.

Yoli. A Benji aquel nombre le sonó de algo.

—¿Es el residente nuevo? Preséntamelo, ¿no?

—Ah, sí. Es Benjamín, residente de primer año. Benjamín, ella es Yolanda, mi exmujer.

—Encantado. Y prefiero que me llamen Benji, pero Le-o-nar-do todavía no se entera, joder… —le reprochó a su tutor, alzando la voz al pronunciar su nombre.

Yolanda arqueó las cejas sin perder la sonrisa. Parecía divertida.

—Otra vez con eso… —musitó Leo con hastío, pero rápidamente se volvió hacia Yoli—. ¿Cómo está tu madre? ¿Le ha pasado algo?

—Nada, tranquilo. Pruebas de rutina. Pero no quería interrumpir vuestro trabajo, solo pasaba a saludar.

—No interrumpes nada, ¿quieres tomar un café?

La corta risa irónica de Benji resonó en la sala. ¿Así que ahora sí que quería dejar el trabajo a un lado para desayunar? ¿Y cuando él se lo pedía, no?

Yolanda sonrió con incomodidad. Obviamente Leo también lo había oído, pero mantenía su mirada fija en ella.

—No sé si es buena idea —dijo Yoli al fin.

—Claro que lo es. Te invito yo —resolvió tranquilo, y se dirigió a Benji casi sin prestarle atención—. Vete con Santi si quieres, no tardaré más de veinte minutos.

—Vale… —contestó con evidente molestia.

Perfecto, ahora tenía un nudo en el estómago.

—Venga, vamos —Leo posó su mano en la cintura de la mujer.

—Ha sido un placer, Benji —se despidió Yoli.

—Igualmente.

Antes de salir, Yoli le clavó la mirada con complicidad, como si hubiese percibido la anhelante mirada que el joven residente dirigía a su exmarido.

En lo poco que tardaron en aterrizar en la cafetería del hospital, ya se habían puesto al día de todo: la familia, el trabajo y la vida en general.

Se contaban anécdotas, reían a carcajadas.

A Leo le gustaba mucho pasar tiempo con ella pues, al fin y al cabo, era una de sus mejores amigas.

El divorcio, aunque fue difícil al principio, no había conseguido destruir la amistad que tenían.

Cuando ya casi estaban terminando el café, Yoli apoyó los codos en la mesa y sonrió de forma sospechosa. Leo la conocía demasiado bien y sabía que estaba a punto de sacar un tema delicado.

—Cuéntame, ¿qué tal tu experiencia como tutor de residentes? ¿Te está gustando?

—No está mal.

—Seguro que disfrutas mucho enseñando a otra persona. Siempre has querido hacerlo… —ella lo observó con curiosidad—. Por cierto, Benji es guapísimo, ¿eh?

—No lo llames Benji…

—A él le gusta que lo llamen así, ¿no? —se encogió de hombros y, tras unos segundos de silencio, soltó la bomba—. Solo he estado un par de minutos y ya me he dado cuenta de cómo te mira.

—Es un coñazo.

—¿Es gay?

Leo levantó la mirada de su café para mirar aquellos traviesos ojos y suspiró con ligereza.

—Sí…

—¿Cómo lo sabes? Espera, espera… Esas miradas que te echa… ¿Te has liado con él? —preguntó emocionada.

—No, joder —se quejó, lanzándole una mirada reprobatoria y vigilando de reojo que nadie a su alrededor la hubiera escuchado—. Se me ha insinuado varias veces, pero nada más. No pienses cosas raras.

—Qué desvergonzado… —Yoli rio con burla—. Es muy gracioso, ya he visto que te habla con mucha confianza.

—Demasiada, diría yo. Es un chulo.

—¿Él sabe por qué nos divorciamos? —inquirió curiosa.

Leo sorbió de su taza y tardó unos segundos en responder.

—No. Ni pienso decírselo —se adelantó a decir antes de que su exmujer pudiera replicar—. Imagínate si se entera, sería aún más pesado. Además, sabes que solo Santi, Pedro y Paula están al tanto, así que chitón. Nadie más puede saberlo.

—Mira, Leo… —Yoli se inclinó sobre la mesa y suavizó su tono de voz—.

Te voy a ser sincera. Sabes que todo esto me hizo mucho daño en su momento.

Divorciarte porque a tu marido, de repente , le gustan los hombres…

—remarcó el «de repente» con intención. Leo la miró con culpa— …

pues, la verdad, no es algo que pase todos los días.

Pero ahora que está superado, soy tu amiga por encima de todo.

—¿Y con todo esto me quieres decir…?

—Que no quiero verte solo el resto de tu vida.

Leo resopló con ironía.

—Qué manía con eso, pareces mi madre. Soltero también se está bien, ¿eh? Además, no estoy siempre solo. A veces me llevo tíos a casa.

—No entres en detalles, por favor. Aunque me puede la curiosidad, ¿dónde los conoces?

—Por Internet. Ya sabes, gente discreta, como yo, que sabe guardar un secreto.

—Pero eso solo sacia tus instintos más primitivos. Un polvo rápido y ya está.

—Suficiente —sentenció con convicción.

—Vale, no digo que no esté bien que disfrutes, pero estás demasiado en el armario. Así nunca vas a conocer a alguien de verdad. Si lo hicieras, igual hasta te enamoras.

—Amor —de nuevo, soltó una sarcástica carcajada—. Eso no existe en esta acera.

—No hay quien te entienda. Mira ese chico, intentando ligar contigo de esa manera tan despreocupada… ¿No te da envidia? ¿No te gustaría ser así?

—No.

—Pues debería… Pobre de él, no sabe que está tratando con un hombre sin corazón.

Leo la fulminó con la mirada, aunque no podía enfadarse con ella. Sabía que solo intentaba picarle.

—Es pesadísimo. Aunque estos días está más tranquilo, creo que se le está pasando. Mejor así.

—Pues hace quince minutos te ha mirado de una forma… Ni te has dado cuenta. Le brillaban los ojitos. Yo creo que le gustas de verdad. ¿No te da penita? ¿No te interesa? —insistió con cierta ilusión.

—Yolanda, no seas pesada tú también. Es el residente de primer año que tengo a mi cargo, tiene prácticamente diez años menos que yo y no, no está hecho para mí. Ni siquiera me gusta —se quejó, aunque un pequeño titubeo en aquella última frase le delató.

Mierda. Seguro que Yoli se había dado cuenta, pero al menos no insistió. No era momento ni lugar.

—¿Y entonces quién está hecho para ti?

—Nadie.

Ella bajó la mirada y se centró en terminar su café. Leo no sabía qué decir. En el fondo, sabía que ella tenía motivos para preocuparse. Era consciente de su miedo irracional, pero también era demasiado orgulloso para reconocerlo.

—Bueno, tengo que irme ya —dijo Yoli, dándole un largo sorbo a su taza—. Ya habrán terminado con mi madre.

—Vale… —Leo suspiró, se puso en pie y la acompañó hasta el pasillo en el que sus caminos se separaban—. Espero verte pronto.

—Eso seguro —lo abrazó con fuerza y él la correspondió con cariño—. Cuídate, ¿vale?

Leo asintió. Con los ojos brillosos, Yoli se despidió moviendo su mano con brío. Se quedó quieto mientras ella se alejaba, entre el ir y venir de personas, con la triste mirada de Yoli grabada en sus retinas.

Cuando la perdió de vista, se dirigió al ascensor, rumiando la conversación que acababa de tener con ella.

Por supuesto que sabía que aquello no era vida.

Llevaba años quedando con desconocidos por Internet para tirárselos una noche y no volver a verlos más, y empezaba a sentirse un poco vacío.

Pero ¿de verdad estaba preparado para conocer a alguien?

¿Para salir con esa persona abiertamente?

¿Para decirle al mundo: «hola, gente, resulta que soy gay»?

No. No se veía capaz. Se estaba muy a gusto y calentito dentro del armario.

Sin embargo, ahora tenía un problema.

Benjamín.

Benjamín Rosal.

Ese apellido le venía como anillo al dedo. Para él, Benji era como una rosa: hermoso y atrayente hasta el punto en que solo pensaba en tocarlo; pero cuanto más se acercaba a él, más probabilidades tenía de terminar pinchándose y salir herido.