Están lloviendo hombres 6 #2
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Era curioso que hasta el jefe lo llamaba Benji y su maldito tutor seguía con el Benjamín de las narices.

No es que le molestara su nombre, pero se lo había pedido cientos de veces y no le hacía caso.

Y eso le hacía rabiar, porque en el fondo significaba que Leo no quería tratarlo con esa familiaridad.

Benji apenas había empezado con un caso cuando la puerta se abrió. El que entró por la puerta no fue otro sino su tutor, que lo miró fijamente con sus ojos negros mientras se ponía la bata con rapidez.

—Leo, le habíamos dicho a Benji que nos hablara un poco de vuestros pacientes, ¿prefieres seguir tú? —preguntó Alfredo.

—Que siga Benjamín —contestó, remarcando claramente su nombre.

Benji, sin querer mirarlo a la cara, negó disimuladamente con la cabeza y entrecerró sus ojos en señal de hastío. Por el rabillo del ojo era consciente de que Leo lo miraba, pero no iba a darle la satisfacción de corresponderle.

No después de lo que había dicho el viernes.

—Bueno, como iba diciendo, este paciente todavía no tiene hecho el escáner…

—¿Cómo que no? —se extrañó Alfredo—. ¿No quedamos en que se lo hacía el viernes? Debería haber llegado ya el informe.

—Eh… —Benji dudó.

Mierda.

Alfredo tenía razón. En la sesión del viernes, quedaron en solicitarlo ese mismo día. Luego le dijo a Leo que él se encargaba, pero después de lo de Miguel estaba tan enfadado que se le pasó por completo.

—Pues aquí no aparece la solicitud… —dijo un compañero, echándole un vistazo al ordenador—. ¿Estás seguro de que la mandasteis?

Benji empezó a sudar.

—Iba a hacerlo, pero creo que se me pasó y…

—Benji, necesitamos esa prueba para saber cómo continuar con el tratamiento… —dijo Santoyo, mucho más serio—. ¡Te tienes que centrar!

Benji se quedó callado, sin saber cómo reaccionar. Su despiste le estaba haciendo pasar el mayor bochorno de su vida.

—Lo siento, Alfredo…

—¡Ni lo siento, ni leches, Benjamín! Lo que se decide en las reuniones se cumple, no se ignora. No puedes venirnos con «creo que se me pasó» ni…

—Alfredo —la grave voz de Leo resonó en la sala y algunos de los presentes levantaron su mirada hacia él—. No la tomes con Benjamín, ha sido cosa mía.

Benji abrió los ojos exageradamente y dirigió su mirada a Leo, que permanecía serio y con sus iris fijos en el canoso.

—¿Cómo que tú? —preguntó Alfredo desconfiado—.  No hace falta que lo defiendas por ser tu residente.

—No lo estoy defendiendo. Quien tuvo el despiste fui yo. Fue culpa mía, de verdad —contestó con decisión—. Se me olvidó. Benjamín no ha tenido nada que ver.

La severa mirada del jefe bailó durante unos segundos entre Leo, quien permanecía impasible ante la sorpresa de todos, y Benji, que no podía terminar de creer lo que estaba ocurriendo.

Sabía perfectamente que la historia que su tutor estaba contando era mentira.

«¿Te encargas tú?», había preguntado Leo el viernes.

«Por supuesto, déjamelo a mí», respondió Benji.

Y luego pasó toda la mierda homófoba.

—Tramítalo de forma urgente cuando terminemos —concluyó Alfredo—. Habla con los radiólogos, y te pones de rodillas o lo que tengas que hacer, pero que lo hagan hoy.

Leo asintió y terminó dando el parte de los demás pacientes. Benji estaba demasiado cortado para continuar.

Tras la exposición de Carmen, cada uno volvió a su trabajo.

Benji permanecía sentado, con la mirada perdida en la pared y la sangre hirviéndole, mientras los demás iban saliendo de la sala.

Solo Laura seguía allí, rebuscando algo en su bolso.

Ella levantó la vista, reparó en Leo y en él, y pareció captar la indirecta. Cerró el bolso y se levantó.

—Os dejo solos —dijo Laura con una tensa sonrisa.

La puerta se cerró y todo quedó en silencio, excepto por el tamborileo que los dedos de Benji repetían sin cesar sobre la mesita abatible de la silla.

—Benjamín, espero que te haya quedado claro lo que Alfredo te ha dicho. Tienes que estar más atento y no dejar cosas por hacer. No puedo cubrirte la espalda siempre.

Benji soltó una seca carcajada irónica. Estaba alucinando. Sin poder contenerse, descargó un puñetazo en la mesita que resonó en toda la sala.

—¿Y quién cojones te ha dicho que me defiendas?

—¿Cómo? ¿Te salvo el culo y me vienes con esas? —exclamó Leo perplejo.

—¡Nadie te ha pedido que des la cara por mí! ¿Quién cojones te crees que eres? ¿Mi padre?

—Serás desagradecido… —Leo rio con sarcasmo.

—¿Desagradecido yo? Venga, explícame por qué lo has hecho. ¿Te he dado pena? ¿Lo has hecho para que te perdone por la estupidez que me dijiste el viernes? —Benji se levantó y se encaró a él, mirándolo con desafío—. ¿Te arrepientes y crees que así lo vas a arreglar?

—Benjamín, cállate.

—Soy un puto promiscuo de mierda, ¿no? No merece la pena que cargues con mis cagadas.

—¡Ya vale! —gritó Leo.

Benji enmudeció, pero echaba chispas por los ojos. Su orgullo no soportaba que alguien fuera condescendiente con él y, mucho menos, que lo hiciera por remordimientos, como le parecía que era el caso.

Se fijó en Leo: no respiraba con esa calma que lo caracterizaba pero, en un segundo, su mirada se suavizó.

—Vamos a dejar todo esto, por favor —suplicó en un tono que Benji jamás había oído. Era grave, como siempre, pero muy delicado.

—No me gusta que la gente cargue con mis errores.

—Lo comprendo y siento si he herido tu orgullo.

Pero quiero que te quede claro que no lo he hecho como una disculpa por lo del viernes.

Creo que Santoyo se estaba pasando. No ha sido para tanto, no debería haberte gritado —hizo una pausa breve—, y de verdad pienso que también es culpa mía.

Podría haberlo revisado antes de irme a casa, pero ese día me quedé fatal, no sabes cuánto, y se me pasó —bajó la mirada y Benji se sorprendió al verlo tan frágil, tan expuesto—.

Estoy muy arrepentido de lo que dije y te aseguro que no pienso eso de verdad.

Así que, independientemente de todo esto, quería pedirte perdón.

Fue el calentón del momento por tus… por tus insolencias.

Benji se calmó en un instante y… se sintió mal. Leo se había pasado el viernes, sí, pero él llevaba tiempo pasándose también. Aquel juego comenzaba a írsele de las manos.

—He sentido que debía cubrirte —dijo Leo de repente—. ¿Te crees que yo no he metido la pata alguna vez?

—No sé… Pareces perfecto.

—No lo soy, Benjamín. No soy perfecto —la mirada de Leo era extraña, como si escondiera algo.

—Entonces, ¿no lo has hecho porque tengas cargo de conciencia? —inquirió Benji, acercándose y bajando sus pupilas hacia los labios de Leo.

El moreno dio un paso hacia atrás, lo que hizo que Benji despertara del hipnotismo momentáneo que había sufrido.

—No. Lo he hecho porque… no me ha gustado la cara que has puesto mientras el jefe te cantaba las cuarenta.

Eres mi residente y mi compañero de trabajo, estás empezando y yo estoy aquí para ayudarte —posó una mano en el hombro de Benji y lo apretó suavemente.

Le pareció, solo por un segundo, que a Leo se le entrecortaba la respiración—.

Trabajas muy bien, Benjamín. Sigue así, porque lo estás haciendo genial.

Y de nuevo surgió aquella sincera sonrisa, esa que a Benji tanto le gustaba.

Esa tan perfecta que le hacía olvidarse de todo lo demás.

La que lo obligaba a concentrarse en ella y a admirarla como si fuera lo más extraordinario que hubiera visto nunca.

Aquella que le contagiaba las ganas de sonreír, pero que por dentro comenzaba a matarlo lentamente.