5
Aquel viernes había amanecido más caluroso de lo normal. La temperatura en la capital de la Costa del Sol se había elevado de forma repentina, anticipando el verano que aún les quedaba por delante.
Benji aparcó su coche y se bajó con desgana. Estaba agotado después de toda la semana, pero por fin había llegado el viernes y lo único en lo que pensaba era en la cantidad de cervezas fresquitas que iba a tomarse con Nico esa misma tarde.
Estaba tan cansado que no le apetecía subir por las escaleras para hacer un poco de ejercicio matutino, así que se dirigió hasta el ascensor y pulsó el botón de la quinta planta.
Esa semana, Leo había empezado a tratarlo con cierta frialdad después de lo mucho que se había pasado en la guardia del sábado; pero, con el paso de los días, se había ablandado e incluso había estado bastante amable el día anterior.
Eso sí, no le había sacado el tema en ningún momento.
Tenía suerte de no haberse metido en ningún lío.
Solo a él se le podía ocurrir soltar algo así, pero no podía remediarlo: aunque tenía buen corazón, siempre había pecado de ser impulsivo y caprichoso.
El pitido del ascensor lo despertó de sus reflexiones y se dirigió con rapidez a la sala de sesiones clínicas. No quería llegar tarde y darle a Leo otro motivo más para que le cogiera manía.
Después de la sesión, fueron a la cafetería. Carmen, Tomás, Belén, Lucas y Benji desayunaban junto a Santi, Laura, Teresa y Leo, aunque cada grupo mantenía su propia conversación.
—¿Qué tal la guardia, Lucas? —preguntó Carmen.
—No he dormido mucho, la verdad. En cuanto desayune, me largo a casa.
—Venga, que ya mismo vas a poder dormir todo el día… —le animó Benji con un apretón cariñoso en la nuca.
—O puedes dormir hasta mediodía y unirte a una cerveza después. ¿Os apetece? —sugirió Carmen al grupo.
Benji hizo un gesto como si se lo estuviera pensando, con la mano aún apoyada en el cuello de Lucas, y desvió la mirada hacia Leo. Su tutor lo estaba mirando, pero giró la cabeza rápidamente hacia Teresa.
—Pues he quedado con Nico esta tarde. No sé si voy a sobrepasar mi límite de cervezas —bromeó mientras soltaba a su compañero.
—No seas flojo. Si vas tú, me apunto yo también —Lucas le dio un empujón amistoso con el brazo.
—Benjamín —dijo Leo de repente. Santi, que estaba hablando en ese momento, se interrumpió y guardó silencio—. Venga, termina y vámonos.
—Joder, Leo, espérate, que me falta medio café.
—Pues termina rápido.
Carmen alzó las cejas y le lanzó a Benji una mirada traviesa. Él se la devolvió resoplando, con una risa contenida.
—No lo cabrees mucho, Benjamín —susurró Tomás con sorna.
Benji rio y miró a Leo de reojo, quien lanzaba miradas breves al grupo de residentes mientras intentaba seguir la conversación de sus compañeros. Ni siquiera disimulaba. Benji estaba seguro de que sabía que hablaban de él.
Pocos minutos después, volvían a la quinta planta para comenzar el pase.
—¿Te has leído la historia del paciente de la 532? —preguntó Leo.
— Yes . ¿Vamos a ir a verlo esta mañana?
—Sí. Infecciosas está hasta arriba esta semana y los pacientes más controlados han quedado a nuestro cargo. Si ya te lo has leído todo, vamos directamente. Prefiero terminar antes con los extras y luego vemos a los nuestros, que ya los conoces.
—Me parece bien —sonrió Benji con chulería.
—Benjamín, no me sonrías de esa manera, por favor… —suplicó, poniendo los ojos en blanco mientras se echaba gel hidroalcohólico del dispensador fijado en la pared—. ¡María! ¡Vamos!
La chica, una enfermera recién contratada, acudió rauda y veloz, carpeta en mano.
—¿Qué le pasa hoy? ¿Está más estresado de la cuenta? —le susurró la joven a Benji, y tuvieron que contener la risa.
—Buenos días, Miguel —saludó Leo al paciente tras cerrar la puerta. Con un gesto, pidió la carpeta a María—. ¿Cómo se encuentra? ¿Mejor?
—Supongo que sí —suspiró el paciente desganado.
—Parece que no ha tenido fiebre esta noche —indicó Leo conforme leía el informe de enfermería. Luego lo dejó sobre una mesita—. Desabróchese un poco que voy a auscultarlo. Respire hondo —empezó a explorarlo mientras su residente y la enfermera lo observaban.
De repente, Benji notó cómo los ojos de aquel chico se posaban en él con curiosidad. Extrañado, volvió la vista hacia Leo, que seguía con su labor.
—Explóralo tú, a ver qué opinas —dijo Leo, cediéndole el turno con la mano.
Benji cogió su fonendoscopio y comenzó con la tarea, procurando centrarse en las respiraciones del paciente. El joven de veintiocho años tenía VIH y estaba ingresado por una neumonía.
Cuando terminó, volvió a colocarse al lado de su tutor. María estaba cambiando el suero.
—Oigo algunos crepitantes en la base derecha, pero parece que va mejorando según lo que escribieron ayer.
—Así es —Leo, satisfecho por lo acertado que estaba su residente, miró a Miguel—. Si sigue así, en un par de días se podrá ir a casa. Mientras tanto, seguiremos con los antibióticos. No se preocupe, está evolucionando bien.
Cuando Benji se dio la vuelta para salir de la habitación junto a los demás, una extraña petición lo frenó.
—Disculpe, doctor, ¿puedo hablar con usted un momento? —preguntó Miguel.
—Dígame —contestó enseguida Leo.
—No, me refiero a su compañero.
—¿Yo? —Benji lo miró sorprendido.
—Solo serán unos minutos. Si no es molestia, claro.
Miró de reojo a su tutor, como pidiéndole permiso en silencio. María observaba a ambos intrigada, pero finalmente salió para seguir con sus tareas.
Leo suspiró.
—Te espero fuera. No tardes —musitó, y se dirigió al paciente con tono amable—. Vendré a verle más tarde, Miguel.
—¡Gracias! —exclamó.
Leo salió de la habitación, pero no se alejó mucho. Dejó la puerta entornada y se mantuvo cerca de la abertura, intentando escuchar qué sucedía dentro mientras hacía como que revisaba la carpeta para que sus compañeros no lo miraran con extrañeza.
Imposible: no se oía una mierda.
Mientras tanto, en el interior de la habitación, Benji rompía el silencio.
—Usted dirá —dijo al fin, curioso por saber qué quería aquel chico.
—Háblame de tú, anda… Eres Benji, ¿verdad?
—Sí… —respondió sorprendido—. ¿Te conozco?
—Yo a ti sí, de vista. Te he visto varias veces por Torremolinos.
—Vaya —Benji aflojó la expresión y se tranquilizó—. Lo siento, no te recuerdo.
—Lo sé, nunca hemos cruzado palabra. Pero he hablado con tu amigo Nico alguna vez, por eso sé tu nombre —explicó Miguel.
Soltó un largo suspiro y miró hacia la ventana—.
Ha sido una sorpresa verte, no sabía que eras médico.
Y ya que se ha dado la casualidad, quería hablar contigo.
Siempre he querido hacerlo. Por cierto, te sienta bien la bata.
—Gracias —respondió Benji halagado—. Y… bueno, ¿cómo estás?
—Bien, dentro de lo que cabe…
—Ya… —miró al joven. No sabía qué decir. Había algo en su expresión que no sabía muy bien cómo interpretar—. Oye… perdona si me meto donde no me llaman —añadió con cautela, mientras recordaba lo que había leído en la historia clínica—, pero… ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Por qué…? ¿Por qué has dejado el tratamiento?
—Buena pregunta —Miguel rio con un doloroso sarcasmo y se recostó en la cama—. Me dan rachas. Te aseguro que cuando salga de aquí seguiré de nuevo el tratamiento a rajatabla. Pero esto es algo que me pasa desde que me diagnosticaron. Soy un estúpido.
—No digas eso…
—Un poco sí —le cortó—. Me desanimo a ratos. Me infecté muy joven, ni siquiera había cumplido los dieciocho años, y fue por no pensar con la cabeza antes que con la polla. Acababa de conocer al tío en cuestión en una discoteca y, a pesar de ello, no tomé precauciones…
—No te martirices, le puede pasar a cualquiera.
—Bueno, no sé si a cualquiera, pero a mí me pasó.
—Tuvo que ser duro.
—Pues sí. La verdad es que lo pasé fatal…
Empecé a encontrarme mal: fiebre, diarrea, los ganglios como pelotas…
y me asusté. Me temía que podía ser VIH, porque tonto no era, pero no quería afrontarlo.
Me aterraba lo que pudieran pensar mis padres.
Ellos se empeñaban en traerme al médico, pero yo me negaba diciéndoles que ya me sentía mejor —sus ojos se perdieron en algún punto indefinido de la habitación—.
Un día fui a hacerme unos análisis a escondidas.
Y ahí lo tenía. Positivo. Sentí tanto pánico que estuve un tiempo sin querer saber nada, y ese fue mi segundo error.
—¿Por eso no seguiste el tratamiento?
—Era muy joven, Benji. Me daba miedo lo que pensara mi familia, no quería enfrentarme a ello y hui. Empecé con el tratamiento tarde, y a veces me cuesta ser constante. Hay épocas en las que me canso de todo esto y lo dejo un poco…
Benji se acercó a él y se permitió sentarse en el borde de la cama. Agarró su mano y la acarició con delicadeza.
—¿Pero te encuentras bien ahora?
—En general, sí. Tengo mis controles y, si hago bien el tratamiento, el virus se mantiene a raya.
Solo que a veces cuesta, digo psicológicamente, ya sabes…
Eso se nota. He tenido algún susto en las analíticas, pero por suerte nunca ha ido a más.
Lo que tengo que hacer es no volver a dejar el tratamiento.
—Exacto. No lo dejes, por favor.
—Si me lo pides así, no lo dejaré —Miguel sonrió enternecido.
—Me habría gustado conocerte en otro sitio —dijo Benji, y el chico dejó escapar una risa—. Hablo en serio.
—Gracias —Miguel fijó sus ojos en aquella mano que sostenía, para después dirigirlos al rostro de Benji—. Siempre has sido muy guapo.
—Venga ya… —rio avergonzado.
—Tienes unos ojos muy bonitos —dijo Miguel, mientras parecía analizar cada detalle del verde que inundaba su mirada—. Bueno, no quiero quitarte más tiempo —apartó su mano con suavidad y le hizo un gesto para que se fuera—. Nos vamos a ver al menos dos días más.
—Claro que sí. Luego me paso a verte y, cuando ya estés fuera, podríamos tomar un café algún día. O una cerveza.
Miguel sonrió de oreja a oreja.
—Te tomo la palabra.
Mientras, al otro lado de la puerta, Leo aguardaba con la espalda apoyada en la pared. No había podido escucharlo todo con claridad, pero al final había logrado oír algunas frases o palabras sueltas. Además, se había asomado como un miserable cotilla por la ranura de la puerta.
A pesar de haberse enterado de la mitad, sabía que habían estado hablando de la situación de Miguel. Por una parte, sentía algo de tristeza por su historia, por ese miedo que había experimentado el paciente al inicio. Por otra, admiraba la forma en que Benji cambiaba de actitud con los pacientes.
Con la imagen de Benji sosteniendo la mano de Miguel aún en la cabeza, Leo oyó cómo la puerta se movía y Benji lo sorprendió allí mismo. Demasiado cerca.
—¿Qué haces? —preguntó desconfiado tras cerrar.
—Esperarte —Leo sonó un poco nervioso.
—Ya, más bien diría cotillear —masculló, y empezó a andar por el pasillo sin esperarle.
—¿Dónde crees que vas? —preguntó Leo, acercándose a paso rápido—. Y no estaba cotilleando, no me interesa lo que tengas que hablar con los pacientes. Solo te advierto de una cosa: nada de intimar con ellos. No te involucres nunca con un paciente, no es ético y puede salir mal.
—¿Hablas desde la experiencia? —se burló Benji. Leo lo miró con severidad—. No sé por qué me dices eso, solo he sido amable.
—Pues controla tu amabilidad.
—Entonces, ¿reconoces que me has estado espiando?
—Te repito que no espiaba a nadie —contestó muy serio, mirando al frente y avanzando por el pasillo hasta la sala de trabajo. No dijo nada más, pero sabía que se le notaba el enfado.
—Me da mucha pena todo lo que me ha contado…
—confesó Benji con amargura, pero, de pronto, una traviesa sonrisa cruzó su rostro—.
Parece que le gusto. Se había fijado en mí antes, ¿sabes?
A estos encantos pocos se resisten —se pasó una mano por el torso, orgulloso, y Leo paró en seco frente a la puerta.
—A eso me refiero —le reprochó—. No te involucres de esa manera con los pacientes.
—No te preocupes —respondió Benji. Leo apenas se había sentado frente al ordenador cuando lo sintió acercarse por detrás. Su aliento le rozó el oído antes de que hablara—. Prefiero involucrarme con los compañeros.
Leo no lo aguantó más y giró sobre la silla de forma violenta. Dudó un segundo. No quería decirlo, sabía que no debía. Pero su miedo y la tensión pudieron más que la razón, y las palabras le salieron solas.
—Pues conmigo no cuentes. Ya veo que eres de los que va de cama en cama, a saber si te proteges —dijo con una calma gélida.
Benji frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—Luego pasa lo que pasa —terminó por decir Leo, señalando con su mano hacia un lugar poco definido, pero claramente refiriéndose al caso de Miguel.
—Así que eso piensas. Bravo, Leo, muy bonito eso de estigmatizar.
Leo no contestó, solo lo miró con frialdad. Benji bajó los brazos y apretó los puños. Cerró los ojos e inspiró hondo, como si estuviera conteniéndose. Al verlo tan abatido, se arrepintió enseguida de sus palabras.
—Benjamín, lo siento. No quería decir eso.
—Pero lo has dicho —contestó al momento, sin mirarlo.
—Disculpa. No lo he pensado. Me has puesto nervioso y…
—Mira, déjalo —Benji le cortó con dureza y se giró hacia la puerta—. Voy a ver al de la 511.
—¡Benjamín…! —lo llamó en un intento por detenerlo, pero ya era demasiado tarde: había cerrado de un portazo—. Mierda, joder…
Leo se quedó solo en la sala, mirando la puerta. Suspiró pesadamente y sintió un terrible arrepentimiento. El corazón le latía demasiado rápido y las manos le temblaban.
Benji se había ido de allí sin más, dejándole con todo el trabajo por hacer, pero no podía reprocharle nada: la culpa era suya y solo suya por haber sido tan insensible e hiriente, fruto de algo que arrastraba y que no sabía controlar desde hacía años.
Mientras tecleaba torpemente en el ordenador, no podía dejar de pensar: «¿Cómo he podido decirle algo así?».