4 #2
—¿Por qué no dejas de ser tan orgulloso y reconoces de una vez que te gusto?
—¿De qué estás hablando? —Leo se irguió en la silla, mostrando incomodidad.
—Nada, olvídalo… —Benji hizo un gesto de desprecio con la mano—. Dentro de un tiempo paso a hacer guardias en planta, ¿verdad? —Leo asintió—. Muchas veces coincidiremos y haremos guardias juntos —añadió en tono meloso.
Benji clavó sus pupilas en las de Leo y este suspiró levemente. Podía sentir cómo los verdes ojos del joven lo desnudaban sin reparo alguno.
—Todavía queda para eso, no sabemos qué puede pasar.
—¿Y qué va a pasar? ¿Te vas a otro hospital? Porque yo no me puedo mover de aquí y tú deberías quedarte conmigo. Eres mi tutor.
Por supuesto que no se iba de ese hospital, pensó Leo. El único problema ahora era su residente, pero ya se encargaría de pararle los pies si alguna vez era necesario.
Lo que Leo no sabía era que el momento en que tendría que frenar la extraña obsesión que empezaba a desarrollar el joven por él iba a llegar tan pronto: justo tras un efímero silencio en el que el rostro de Benji se transformó en una traviesa y diabólica mueca.
—Oye, ¿de verdad que no quieres… follar?
Leo se atragantó con el café, casi escupiéndolo en la ardiente taza que sostenía entre sus manos.
—¿¡Qué!? —exclamó con una mezcla de incredulidad y escándalo.
—Que si follamos —repitió Benji con normalidad, como si estuviera preguntando la hora, y se encogió de hombros.
Lo miró atónito. Benji le sostenía la mirada desafiante.
—¿En eso piensas en horas de trabajo? —trató de sonar severo, pero no pudo. Benji le había dejado desarmado. Sentía tanto bochorno que no tenía fuerzas ni para enfadarse.
—¿No me rechazas? ¿Quiere eso decir que, en otras circunstancias, aceptarías? —inquirió con suficiencia.
Leo empezó a desesperarse, como casi siempre le ocurría cuando se quedaban a solas.
—Siento decepcionarte, pero te recuerdo que me gustan las mujeres.
—¿En serio? Pues mi gaydar estaba a punto de reventar —Benji resopló y se recostó en la incómoda silla.
«¿Su qué?» , pensó Leo, pero no quiso preguntar a riesgo de seguirle el juego a aquel impertinente.
Como si le hubiera leído la mente, Benji añadió:
—¿Sabes lo que es? Es el radar de los gais.
Leo arqueó una ceja.
—El cero significa que eres completamente heterosexual y el diez que te gusta más un rabo que a un niño un caramelo —siguió explicando, sin que nadie se lo pidiera, moviendo su dedo de un lado a otro como si fuera una aguja—.
Por ejemplo, yo apunto al diez. Y, contigo, juraría que mi instinto también apuntaba al diez.
¿O quizás al nueve? —se preguntó a sí mismo, llevándose una mano a la barbilla y mirando hacia el techo como si estuviera reflexionando sobre algo sumamente importante.
Leo no podía dar crédito. Eso ya era el colmo de los colmos. Jamás imaginó que ese niñato se atrevería a decirle algo así. ¿Se podía ser más descarado? Cuando estaba a punto de mandarlo a la mierda, sonó el busca.
—Interna —contestó Leo al momento, tan nervioso que casi se le cae el móvil al suelo—. Enseguida estoy ahí —apretó el botón rojo para colgar y, sin dirigirle la mirada, se levantó rápidamente—. Me reclaman, y tú deberías volver donde tienes que estar.
—Claro…
La puerta se cerró de golpe. Benji bajó la mirada a la taza de Leo. Le divertía la situación, pero tenía que reconocer que en el fondo le temblaban hasta los calcetines.
Había sacado la artillería pesada y ahora dudaba de si había hecho bien. Quizás se había pasado tres pueblos con la provocativa broma: Leo podía presentar una queja formal contra él. Se imaginó por un segundo en Recursos Humanos recibiendo una charla sobre el acoso sexual en el trabajo.
Qué horror.
Pero ya era demasiado tarde. Ahora solo le quedaba rezar para que Leo fuera indulgente y se lo tomara a coña.
«Nico tiene razón. Estoy loco» , pensó.
Se levantó y salió al pasillo, pero su tutor ya no estaba a la vista, así que decidió volver a Urgencias: su breve descanso estaba a punto de concluir.
Miró el reloj. Eran cerca de las doce de la noche. ¿Qué estaría haciendo Nico? Era la primera vez que lo dejaba tirado un sábado.
«¿Qué haces, tío? ¿Has salido?», escribió.
La rapidez con la que Nico se conectó le dio a entender que no estaba muy ocupado: «Qué va, estoy en modo señora de mi casa con el moño, hinchándome a cerveza y helado, y viendo una serie en la tele malísima».
«¿Cerveza y helado? Al final vamos a terminar pasando la noche juntos, pero en Urgencias», y añadió un emoticono que enseñaba la lengua. «Deberías haber salido», continuó.
«¿Y con quién iba a salir? Ya sabes que solo salgo si vas tú también. ¿Cómo va la noche por ahí?», respondió Nico.
«Pues le acabo de tirar los trastos a Leo directamente, en toda su cara», escribió con rapidez mientras entraba en la zona de Urgencias.
Avistó al residente mayor que lo acompañaba esa noche: estaba hablando con el familiar de un paciente en el pasillo.
Cuando Benji llegó a su altura, su compañero le hizo un gesto con la mano para que se lo tomara con calma.
Le sonrió agradecido y miró de reojo su móvil. Nico le había contestado.
«¡Qué dices, maricón! ¿Le has metido la lengua hasta la garganta?».
Benji contuvo una carcajada: «No, pero he conseguido ponerle nervioso. Ya te contaré, que ahora tengo que seguir».
«Eres malvado, me sueltas la bomba y me dejas el cotilleo a medias…».
Después de tantos fines de semana juntos, sabía que Nico estaba aburrido en su casa. Siempre salían de fiesta o a tomar algo tranquilos para contarse sus últimos ligues. Esa noche era distinta para los dos.
«Prometo compensártelo, mañana te llamo y te lo cuento todo», y tras dejarle un par de emoticonos de besos, bloqueó el móvil y entró en la consulta donde tendría que esperar junto a su compañero al próximo paciente.
Esa noche solo pudo dormir tres horas y se pasó toda la agotadora guardia dándole vueltas a qué estaría haciendo Leo unas plantas más arriba.
Por la mañana, ya en casa, cuando se tumbó en la cama para dormir un poco más, siguió pensando en él: las pequeñas sonrisas que ya se le escapaban; su cara de concentración en el trabajo, con esa arruguita que se le marcaba en el entrecejo; su expresión desconcertada, tan graciosa, cuando Benji soltaba algo inapropiado.
Hacía muchísimo tiempo que ningún hombre ocupaba todos sus pensamientos.
Y Leo empezaba a hacerlo.