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Leo siempre había sido una persona reservada que solo se abría con unos pocos. No era asocial, solo bastante tímido e introvertido. Desde pequeño nunca se le dio bien entablar amistades y, por eso, con apenas treinta y cuatro años, sus buenos amigos se podían contar con los dedos de una mano.
El primero era Pedro, su mejor amigo desde la universidad.
Cuando no quería estar solo, era con él con quien pasaba la mayor parte del tiempo.
Habían tenido la suerte de terminar trabajando en el mismo hospital, aunque Pedro era urólogo y no solían coincidir mucho.
A veces, cuando el horario lo permitía, desayunaban juntos o se hacían pequeñas visitas.
Junto a Pedro estaba Paula, su mujer, con la que mantenía la misma estrecha relación que con él.
Luego estaba Santi, su fiel compañero. Santi tenía diez años más que él, pero habían congeniado desde que Leo entró a trabajar como residente.
Siempre quedaban para ir a tomar unas cervezas, para jugar al fútbol o al pádel con otros compañeros, o para cualquier otro plan que se les ocurriera.
Fue un gran apoyo cuando se separó de su exmujer.
Santi era una persona muy bromista y, aunque a Leo le solían cansar las bromas durante la jornada laboral, con él hacía una excepción y no solo se las toleraba, sino que incluso se las reía.
Santi también estaba casado, pero Leo había coincidido poco con su mujer, Elena.
Esa era su realidad: la mayoría de las personas a su alrededor estaban casadas o, al menos, emparejadas.
Todos excepto él, que estaba divorciado de otra de sus mejores amigas: Yoli.
Era envidiable la relación que mantenían a pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos, tanto que en el hospital se decía que aún seguían viéndose para «descargar tensiones», e incluso corrían rumores de que quizás habían vuelto o tenían intención de hacerlo.
Era consciente del cotilleo, pero tanto Yoli como él sabían que aquello jamás ocurriría. Su historia estaba más que terminada.
Leo no sabía por qué aquella aburrida noche le había dado por reflexionar y pensar en sus más allegados. Quizás era el sueño que comenzaba a pesarle, el mareo que traía después de la tarde tan estresante que había tenido, o quizás era la presencia de Benji que había conseguido trastocarle.
Empezaba a sentir que estaba viviendo un momento de su vida que rozaba lo absurdo.
Su nuevo residente había resultado ser homosexual y eso no le hacía ninguna gracia, porque sabía, modestia aparte, que Benji llevaba un mes comiéndoselo con la mirada.
De repente, todas esas tonterías, comentarios y gestos que le dedicaba desde que se habían conocido cobraban sentido.
Justo el tipo de situaciones que quería evitar a toda costa.
Eran las once y media de la noche y acababa de terminar de cenar en el comedor del hospital.
Estaba de guardia. Sara, la residente que lo acompañaba ese día, estaba ocupada, así que se encerró en el estar de los médicos para descansar.
Bostezó con pesar, se acomodó en un pequeño sofá y cerró los ojos, intentando echar una cabezada antes de que el odioso busca volviera a sonar como loco.
Cerró los párpados pero no fue capaz de dejar su mente en blanco. A su cabeza vino la imagen de Benji en la cafetería, unas cuantas mesas más alejadas respecto a la suya, cenando con sus compañeros residentes. Riendo de esa forma tan bruta que tenía y lanzándole miradas de reojo.
Frunció el ceño. Casualmente habían coincidido en el día de guardia. Por suerte, las de Benji eran completamente distintas: los residentes de primer año debían cubrir la puerta de Urgencias, mientras que él las hacía en la planta de Interna.
¿Por qué tenía que pasarle esto a él? ¿Por qué no le habían encargado a la chiquilla de las gafas, esa tal Carmen?
No, tenía que ser Benjamín Rosal: el chulo, el que no dejaba de sonreírle, el que no dejaba de mirarlo.
O, mejor dicho, el que no paraba de matarlo con la mirada y de acosarlo.
¿Cómo podía ser tan descarado sin que le importara nada en absoluto?
A él jamás se le habría ocurrido comportarse así con nadie en el trabajo, y menos aún con un superior.
Un incomprensible escalofrío le recorrió el cuerpo.
No hacía nada de frío porque el mes de junio acababa de empezar, y el aire acondicionado no estaba demasiado fuerte en esa habitación, pero el vello se le erizó sin motivo.
Trataba de conciliar el sueño cuando el sonido de la puerta lo alteró.
Sin abrir los ojos, oyó a alguien entrar. ¿Sería Sara?
—Leo, ¿estás despierto? —escuchó una voz conocida, y en su interior se cagó en la madre de todas las guardias.
Ahora entendía el escalofrío. ¿Qué era aquello?
¿Una broma macabra del destino? Decidió guardar silencio para ver si Benji se cansaba y se iba, pero escuchó sus pasos acercarse y empezó a ponerse algo nervioso—.
Venga, vamos, si no estás dormido. Se te mueven los párpados demasiado.
Leo abrió únicamente el ojo derecho, lo fulminó con la mirada y volvió a cerrarlo.
—¿Qué cojones quieres? Estoy intentando dormir.
—Es que me aburro…
—Si te aburres vete con la gente de tu edad, que para algo hacéis grupos en las guardias: para estar acompañados, que os ayudéis unos a otros…
—Blablablá… —le interrumpió Benji con burla.
Leo lo oyó sentarse en una silla cercana. Incapaz de concentrarse, terminó por abrir los ojos e incorporarse.
—Buenos días, bello durmiente —los perfectos y blancos dientes de Benji le deslumbraron, y Leo hizo un esfuerzo por mantener la compostura.
—En serio, Benjamín, ¿qué quieres? Deberías volver a Urgencias, sabes que te necesitan en todo momento.
—Me han dicho que podía perderme un ratito, veinte minutos de descanso. Además, estoy de mochila —dijo Benji, refiriéndose a las primeras guardias de los nuevos en las que siempre estaban acompañados por un residente mayor que les enseñaba.
—¿Y en tus veinte minutos libres vienes a verme? —preguntó Leo escéptico, pero cuando se dio cuenta de lo que había dicho, deseó haber mantenido la boca cerrada.
El de rizos lo miró con picardía.
—Creo que es la mejor forma de aprovechar veinte minutos, ¿no?
Leo, entre sorprendido y desconcertado por la soltura del joven, suspiró resignado, se levantó y se acercó a la máquina de café. En silencio, y esforzándose por parecer indiferente, cogió una taza de un pequeño armario y metió en la máquina una cápsula.
En el Servicio de Medicina Interna todos tenían su propia taza personalizada para los días grises de guardia, y cada una tenía un nombre y un dibujo que caracterizaba al dueño. Las había pintado Teresa, una adjunta.
—Bonita taza —dijo Benji al ver la taza en la que, junto al título «LEO», había un muñeco pintado con unas cejas marcadamente fruncidas, como si estuviera cabreado con el mundo.
Leo se giró un momento y lo vio con los labios apretados, aguantando la risa.
—¿Algún problema? —refunfuñó.
—Ninguno.
Leo cogió su café y se sentó en la silla más alejada de Benji, la que quedaba justo enfrente. El joven lo miraba con expresión divertida. Una gran mesa ovalada los separaba, pero Leo sentía que el de rizos se acercaba en secreto, como si la distancia cediera ante algo que no se atrevía a nombrar.
—¿Qué tal tu guardia? —preguntó Benji, con el codo apoyado en la mesa y la cara descansando sobre su mano.
Leo, mucho más cómodo si se trataba de hablar de trabajo, no tardó en contestar.
—Regular. ¿Te acuerdas del paciente con insuficiencia cardíaca y EPOC que ingresamos ayer?
Benji asintió con la cabeza. Su rostro se arrugó de forma cómica sobre la mano, pero Leo trató de no reír.
—Ha tenido una descompensación esta tarde… y ha sido de las fuertes —continuó—. La saturación se iba a hacer puñetas cada vez que le quitábamos el oxígeno.
—Vaya… —Benji frunció los labios y se incorporó—. ¿Pero está bien?
—Sí, ahora sí. Solo ha sido un susto.
—Menos mal… Ahora estará durmiendo, ¿no?
—Supongo.
—Entonces mañana me paso a verlo antes de irme a casa —sonrió, y Leo intentó corresponder al gesto como había hecho días atrás.
Entre toda esa insolencia y descaro que desprendía Benji, había algo que le llamaba mucho la atención, y era su entrega a los pacientes.
En los tiempos que corrían, mucha gente acababa en aquella profesión por el supuesto prestigio o por la inercia de haber sido buen estudiante, pero Leo podía percibir que Benji era de los que sentía verdadera pasión por ayudar a los demás.
—Pues mi guardia está siendo una auténtica mierda, pero bueno, tú ya has pasado por esto, qué te voy a contar que tú no sepas…
—Exacto, qué me vas a contar que no sepa ya…
El intento de Leo por disuadirlo no funcionó.
—Es horrible estar ahí abajo, ¡no hay tiempo para descansar! ¡Ni para mear! —exclamó, agitando un brazo con desesperación—. Me pregunto cómo lo soportan los médicos mayores, porque nosotros al menos tenemos más aguante…
—Están acostumbrados, y tú también tendrás que acostumbrarte porque eso es lo que te espera a partir de ahora.
—Lo sé… Y yo lo llevo más o menos bien, pero hay gente que está peor. ¿Sabes quién es Eloy, un residente de Nefro?
—No —respondió Leo con sequedad.
—Da igual. Pues ni ha ido a cenar, tío, ¡está loco!
—Benji empezó a reír y a gesticular—. Ya se ha metido cuatro cafés en el cuerpo, va folladísimo a todas partes.
Entre los nervios y el café parece que se ha metido coca, yo creo que hoy terminará explotando o algo.
Los pacientes tienen que estar flipando.
Y fue inevitable. Al ver a Benji contarle aquello, con esas palabras y con esa expresividad tan graciosa y tan suya, soltó una leve risa.
—No jodas que te estás riendo.
—¿Qué pasa? —Leo alzó las cejas, conservando aún un atisbo de sonrisa.
—Es que nunca te has reído conmigo.
—Tampoco te lo creas mucho, solo me has recordado a un compañero que tuve que también era así.
—¿Así cómo? ¿Tan guapo?
—Ya estamos…