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Leo ni siquiera había dirigido la mirada a nadie salvo al doctor Moliz, o Santi, como el susodicho le pidió a Benji que lo llamara cuando conversaron en la cafetería.
El de rizos se dio cuenta de que su tutor parecía aflojar un poco la expresión con Santi, por lo que llegó a la conclusión de que debían de ser muy amigos o, al menos, muy buenos compañeros de trabajo.
Con los demás no se comportaba de esa forma.
De repente, los ojos de Leo se desviaron y le pillaron de lleno. Benji, congelado por el magnetismo de su rostro, se limitó a levantar las cejas a modo de saludo con una media sonrisa que pretendía ser discreta… pero no lo fue. Leo giró la cabeza y siguió su conversación con Santi.
Benji bufó por lo bajo. ¿Se podía ser más soso? Aunque, eso sí, estaba muy bueno y se le podía perdonar… Y, por supuesto, seguía defendiendo su teoría. Apostaría millones de euros a que ese tío jugaba en su mismo equipo.
Y no tardaría en enterarse, como que él se llamaba Benjamín Rosal.
—¿Qué tal, Benji? —la vocecita de Carmen lo sacó de su ensimismamiento.
—Con sueño. ¿Y tú?
—Pues igual —dijo, con ese acento granadino que tanto le gustaba a Benji, y tomó asiento a su lado—. ¿Qué tal ayer con tu tutor? ¿Al final es buena gente o no?
—No sabría decirte —frunció los labios, ladeó la cabeza ligeramente con actitud altiva y lanzó una mirada fugaz a Leo—.
No es borde ni nada de eso. Digamos que es parco en palabras.
Pero parece que sabe un montón, creo que aprenderé bastante con él.
Y espero que en un futuro se abra más —terminó por decir con una clara doble intención.
Carmen no reaccionó de ninguna forma especial, pero a Benji sí le hizo mucha gracia su propia ocurrencia—. ¿Y tú? ¿Qué tal con Santi?
—Pues muy bien, Santi es muy majo. Siempre está de broma.
—Me habría gustado un tutor como él…
—No te preocupes, yo creo que Leo también te terminará gustando.
Benji no pudo evitar pensar que, gustarle, ya le estaba gustando. Y demasiado.
Tras unos segundos en silencio, Carmen volvió a la carga.
—No vayas a decir nada, ¿eh? Pero ayer, al ver que Santi era tan extrovertido y le gustaba tanto hablar, le pregunté por Leo.
—¿Sí? —Benji se irguió en su silla, mostrando sin querer un excesivo interés—. ¿Qué te dijo?
—Le pregunté si era muy serio, que lo habíamos estado hablando tú y yo… —Benji puso cara de horror y ella negó con gesto nervioso—. No me mires así, que él no va a contarle nada. Seguro.
—Está bien —suspiró, y repitió con insistencia—. ¿Y qué te dijo?
—Que no es eso, que solo es bastante reservado. También me dijo que, a pesar de su edad, es muy profesional e inteligente, más que algunos de los médicos que llevan aquí casi treinta años trabajando.
—Vaya…
—Sí, parece que es todo un cerebrito —rio ella—. Y que no nos preocupáramos, que con el tiempo se soltaría y daría algo más de conversación. Además, es la primera vez que ejerce de tutor de residentes y no está acostumbrado. Según Santi, hay que saber llevarlo y darle tiempo.
—Bueno, imaginaba que sería ese tipo de persona…
—se encogió de hombros, miró al protagonista de su charla y…
sorpresa: Leo lo estaba mirando. Directamente.
Pero apenas un segundo después de que sus ojos se encontraran, el mayor giró la cabeza lentamente y volvió a centrarse en Santi, como si nada hubiera pasado.
Benji soltó una risita mientras se recostaba en la silla con aire sobrado: le había pillado otra vez.
¿Estaría mal intentar seducir a su tutor?
Porque le estaban entrando unas ganas terribles de iniciar una batalla en la que tendría que recurrir a sus mejores tácticas con el fin de salir vencedor.
Podía imaginar perfectamente cómo sería el día en que el sobrio médico le confesara su deseo, le dijera que estaba loco por él y terminaran en la cama, comiéndose a besos y sudando juntos.
Parpadeó varias veces: tenía los ojos humedecidos por la excitación. Justo en ese momento dio comienzo la reunión, así que dejó de lado sus lujuriosas fantasías para atender como buen profesional que empezaba a ser.
La reunión ya iba por la mitad cuando su móvil vibró. Le extrañó que alguien le escribiera tan temprano, aunque tenía sus sospechas sobre la identidad del madrugador. ¿Quién más iba a mandarle un mensaje a las ocho y media de la mañana?
«Adivina quién se triscó anoche a Lorenzo, don Ojos Azules», decía Nico, seguido de un emoticono con la lengua fuera.
Benji se mordió el labio para evitar reír y, como los adjuntos simplemente se estaban organizando para cubrir un turno de guardia, decidió responder al momento. «¿Y qué tal fue?», preguntó.
«Demasiado bien, vaya máquina… Dijo que me llamaría otro día, pero ya sabes cómo va esto», contestó simplemente, y Benji entendió que no esperaba ninguna llamada. El rubio estaba bastante acostumbrado a ese tipo de promesas que luego no llegaban a cumplirse.
«A lo mejor este es diferente y sí te llama…», intentó animarlo, pero Nico no parecía querer hacerse ilusiones.
«Nah… Bueno, ¿estás ya en el curro? Que no sé si te estoy molestando… Yo voy de camino a la pelu. ¿Qué tal tu tutor macizorro?».
Benji sonrió: «Me ha vuelto a mirar y creo que voy a atacar.
Al menos quiero saber si es gay. Bueno, que seguro que lo es», contestó, y le lanzó un par de miradas sospechosas a Leo, que también ojeaba su móvil con gesto aburrido.
Cuando desvió los ojos a un lado, vio cómo Carmen lo observaba con las cejas alzadas.
«Vaya, al doctor “Noestoybueno” se le empieza a ver el plumero. ¡Cuidado, chicos! ¡Aquí llega Benji: el conquistador!», se cachondeó Nico, enviando ráfagas de emoticonos de corazones y flores.
«Déjate de corazones y de chorradas», respondió Benji, y aclaró: «Aquí no hablamos de corazones, Nico, hablamos de pollas».
Él no estaba interesado en Leo de esa manera. Sería de locos: no lo conocía. Además, le daba la impresión de que, aunque llegara a conocerlo a fondo, no le gustaría: solo sentía una intensa e inevitable atracción sexual por él.
«Qué fino eres, cariño. Pues ataca, nunca se te ha resistido nadie. Pero recuerda que le vas a ver la cara durante, mínimo, cinco años más…».
Ese último mensaje de Nico hizo que Benji se lo pensara por un momento. Su amigo tenía razón: no era demasiado inteligente intentar llevarse a la cama a un superior. Volvió a mirar a Leo justo en el momento en que el moreno se humedecía los labios con la lengua y dejaba un brillo en su boca.
A la mierda la razón.
«El problema es que no sé qué hacer, nunca me ha atraído un tío así, es más de tu tipo… ¿Algún consejo?».
Pasaron cerca de dos eternos minutos hasta que Nico contestó: «Y yo qué sé, mi vida, lo mío es algo natural, me sale solo…
», y adornó la frase con un emoticono de una princesa.
Benji, cada vez con más dificultad para disimular su entretenida expresión, vio que Nico seguía escribiendo: «Mira, ya en serio, trata de seducirle igual que haces con todos…
Por muy diferente que sea, si es tan mariquita como nosotros, caerá.
Benji, por favor, que estás muy bueno…».
Benji soltó una carcajada y varios compañeros, Leo incluido, lo miraron raro.
Se disculpó en voz baja y escondió el móvil.
La promesa de no hacer el imbécil delante de Leo se había ido a la mierda en menos de media hora, así que decidió zanjar la conversación: «Gracias, Nico, tú siempre tan directo.
Te dejo ya, que me he descojonado delante de todos por tu culpa… ».
De pronto, todos se pusieron en pie y Leo se giró hacia él, haciéndole un gesto con la cabeza para que lo siguiera.
—Vamos un momento a Neumología —dijo el mayor mientras echaba a andar hacia el ascensor.
Benji fue tras él. Eran prácticamente igual de altos pero, aun así, Leo tenía una figura muchísimo más imponente que la suya.
Se fijó en cómo la tela de la bata se tensaba alrededor de esos bíceps imposibles.
Seguro que, si hacía algo de fuerza, el tejido se desgarraría como cuando Hulk se transformaba.
Llegaron al rellano en silencio. Un celador aguardaba con una cama. Cuando el ascensor llegó, el celador la empujó y les hizo un gesto amable para que pasaran.
—Entrad, aquí cabemos todos.
Leo vaciló un segundo, pero entró y se pegó al estrecho lateral que quedaba libre. Benji se colocó a su lado. Antes de que las puertas se cerraran, otro compañero se coló con prisas, obligando al joven a apretarse todavía más contra Leo.
El roce con el brazo de su tutor fue inevitable.
Leo lo apartó con un gesto incómodo y lento, y miró su reloj de pulsera. De reojo, Benji alcanzó a ver cómo se le contraía la mandíbula.
Reprimió una sonrisa y sacó su móvil. Nico le había enviado un último mensaje minutos atrás: «¡¡Perdón!
! Anda, sí, te dejo ya, que ya mismo llega la cascarrabias de la permanente…
Que te sea leve el día y que disfrutes mucho de tu doctor “Noestoybueno”, cariño, ya sabes que las miradas lo dicen todo».
Si de verdad las miradas lo decían todo, tal y como Nico aseguraba, entonces Benji no dudaba de la fiabilidad de su gaydar —su preciado radar para detectar gais—, porque las miradas de Leo, aunque pudieran parecer severas, estaban cargadas de algo que Benji interpretaba como fascinación.
Y se moría de ganas por saber si estaba en lo cierto.