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Esa misma tarde, Benji se encontraba en el bar irlandés situado en una esquina cercana a la «La Manquita», como era popularmente conocida la Catedral de Málaga.
Se había reunido allí con su mejor amigo, confidente y fiel consejero: Nico.
Si alguien merecía el título de reina de la pista, era él: le bastaban unas cervezas y un par de canciones para montar su propio musical.
El motivo de la quedada no podía ser otro: quería contarle cómo le había ido el primer día, pero, sobre todo, tenía que darle detalles acerca de su último fichaje.
—Así que morenazo, ojos negros, metro ochenta y cachas —con esa concisa frase, Nico resumió todo lo que Benji le había contado hasta el momento. Le dedicó una traviesa sonrisa—. ¿Seguro que no lo has soñado, cariño? —preguntó burlón, y bebió un buen trago de su cerveza.
—Que no… Pero no es cachas en plan exagerado, solo está fuerte.
—¿No será de los que se saltan el día de piernas? Como un pollito.
—No, no —Benji se echó a reír—. Qué va. Es perfecto, y se le ve tan macho…
—« Macho, macho man… » —canturreó Nico, moviendo sus hombros a modo de baile improvisado—. Pero bueno, mi rey, ¿desde cuándo te gustan los tíos así? ¿Qué ha sido de los twinks , los twunks , los…?
—Calla… Es que, encima, es gay. Y le gusto.
—¿Gay? —el rubio abrió los ojos de par en par ante la noticia. Benji asintió con chulería—. ¿Cómo coño lo sabes ya? ¿Y por qué dices que le gustas?
—Se le nota.
Nico alzó una ceja.
—Ten cuidado, cariño. No vayas a liarla en el trabajo.
—Nunca me he equivocado y lo sabes —aseguró el de ojos verdes, haciendo énfasis en cada palabra—. Me ha mirado un par de veces.
—Que te mire no significa nada. ¿Qué tipo de mirada era? ¿Mirada tipo «como te pille solo en el cuarto de enfermeras te reviento a pollazos»?
Benji se atragantó con la carcajada y notó cómo la cerveza se le subía por la nariz.
—No, no sé. Mirada tipo sospechosa.
—Reitero: ten cuidado, Benji —le advirtió Nico, aunque parecía encantado—. ¿Cuándo ha sido eso?
—Después de la sesión clínica fuimos a desayunar todos los del Servicio de Interna —explicó, balanceando el botellín de cerveza entre sus dedos—.
Total, que yo estaba hablando con Carmen, mi compañera, y otros residentes.
Y, claro, a mí se me iban los ojos hacia tremendo tiarrón.
¡Dos veces lo pillé mirándome! —exclamó, situando dos de sus dedos frente al rostro de su amigo—.
Y no es solo que me mirara, es que… No sé, que noté algo.
—¿Y luego qué pasó? Es tu tutor, ¿no? ¿No has hablado con él? —Nico parecía intrigadísimo con la historia.
—Me dio algunas indicaciones acerca del trabajo, de la evaluación, de una mierda de «libro del residente» que tenemos que rellenar y que sospecho que será una pesadilla…
y poco más. Luego me fui a la reunión de bienvenida de nuevos residentes, así que tuve que despedirme —se encogió de hombros y agarró el botellín por el cuello para beber—. Parece un tío serio.
—Me ponen los serios… —aseguró Nico en tono cantarín. Después, desvió la mirada a un lado—. Y también me ponen los ojos azules —murmuró, dedicándole un guiño a alguien.
Benji se giró y vio al sujeto en cuestión. Un chico con barba y ojos azules sonreía a su amigo.
—¿Te lo quieres follar?
—No me lo quiero follar, rey: me lo voy a follar —dijo con convicción—. Es del barrio. Llevamos varios días lanzándonos miraditas en la distancia. ¡Me lo encuentro en todas partes! Creo que es momento de actuar.
—Joder… —Benji negó sonriente—. ¿No trabajas mañana?
—Claro que trabajo, no puedo dejar a la pobre Susi sola en la peluquería. Pero no me importa dormir poco si es por una buena causa —respondió, alzando las cejas repetidas veces.
—Estoy de acuerdo —Benji terminó su bebida y se levantó, dejando sobre la mesa el dinero justo para pagar—. Yo sí que me voy, mañana hablamos.
—Por supuesto, cariño —Nico también terminó su cerveza de un trago y se peinó con los dedos el cabello, recogido en un pequeño y perfecto coco. Sus uñas, esmaltadas en un tono violeta, brillaban en contraste con aquel rubio casi platino—. ¿Cómo estoy?
—Divino, como siempre —le dio un dulce beso en la mejilla—. Te llamo mañana.
—Ten cuidado con el doctor «Noestoybueno». Y a ver si te pasas un día y te recorto un poquito esos rizos… —y, dicho esto, Nico fue directo hacia su nueva presa.
El aire fresco de la noche acarició el rostro de Benji cuando salió del bar. Miró el reloj y vio que eran las nueve.
La característica calle Marqués de Larios estaba algo más vacía que una hora atrás, cuando la había recorrido en sentido contrario para encontrarse con su amigo.
Aun así, todavía deambulaban varias personas y los comercios permanecían abiertos al público.
Un vehículo de limpieza callejera avanzaba con lentitud, sorteando transeúntes y repasando una y otra vez la peatonal calle hasta dejarla impoluta.
Algunos ancianos aprovechaban las horas más frescas para charlar de forma distendida, sentados en los bancos de piedra que se sucedían en fila.
Las flores de las macetas que decoraban las farolas se encontraban en su mejor momento y le daban un toque de color a la estampa.
Benji decidió caminar a paso rápido para no demorarse mucho en llegar, pues sabía que estarían esperándolo para cenar.
A veces fantaseaba con la posibilidad de independizarse, pero su familia lo era todo para él y no quería irse tan pronto.
Ya podía imaginarse a su hermana menor llorando con dramatismo porque la iba a «abandonar», como siempre decía.
Cuando cruzó la Alameda Principal y se adentró en su querido barrio de El Perchel, avistó a lo lejos la peluquería que su mejor amigo regentaba desde hacía casi un año.
Después de haber pasado por un par de escuelas de peluquería como aprendiz, Nico había decidido invertir los ahorros que le dejó su abuela en abrir un negocio por su cuenta, y había sido todo un acierto.
En el escaso tiempo que llevaba su negocio en funcionamiento, empezaba a tener renombre.
Benji sonrió al pensar en él.
Lo conocía desde el colegio y, con el paso de los años, su amigo se había convertido en un hombre muy atractivo.
Su cuerpo delgado y dulce rostro le hacían ser deseado por muchos.
Además, siempre llevaba una melena muy cuidada que resplandecía incluso a la luz del día.
Tenía los ojos de un color castaño muy claro, rodeados por unas envidiables gruesas pestañas, y su pequeña boca y su recta nariz le daban un aire jovial y de chico tierno.
Sin embargo, lo que de verdad volvía locos a los hombres eran sus felinas miradas y sus andares seductores, además de una labia que le permitía conseguir a cualquiera que se le antojara.
En eso se parecían: ambos tenían un don para atraer a quien quisieran, aunque cada uno a su manera.
Mientras Nico se autoproclamaba una «reina cazahombres», Benji era ese guaperas por el que muchos suspiraban en silencio. Eran polos opuestos, pero igual de peligrosos cuando se lo proponían.
El rubio siempre había soñado con encontrar a su príncipe azul y, desde el instituto, le tostaba la cabeza a Benji con los detalles de su cuento de hadas —cómo se conocerían, cómo sería su casa, cuántos perros tendrían—; pero lo cierto era que, mientras dicho príncipe se decidía a aparecer, Nico se dedicaba a flirtear con cientos de sapos.
Unos sapos muy atractivos, decía siempre.
Benji se preguntaba si, algún día, él también encontraría a alguien especial: un chico a quien amar, que le correspondiera con la misma intensidad y del que nunca llegara a cansarse.
No se cerraba a que algo así sucediera, pero lo veía difícil porque el ambiente en el que se movía no propiciaba ese tipo de relaciones duraderas.
Hasta ahora, no había durado más de tres semanas con el mismo hombre.
Semanas que, básicamente, se habían reducido al sexo.
Y eso no estaba nada mal, de hecho, le encantaba…
pero a veces no podía evitar preguntarse si encontraría a alguien diferente algún día. Alguien que captara toda su atención.
A la mañana siguiente, Benji llegó al hospital más temprano de lo necesario.
Primero, porque se había dado cuenta de que ir en coche era un infierno; deseó con todas sus fuerzas que el metro se inaugurara por fin ese verano.
Segundo, porque se había prometido a sí mismo dar la imagen de chico responsable y puntual desde el primer día.
A todo el servicio en general, y a su tutor en particular.
Ya dentro de la sala, mientras repasaba mentalmente sus nuevas normas —llegar pronto, dar buena imagen, no hacer el imbécil delante de Leo… aunque eso último iba a ser difícil—, vio cómo iban llegando sus compañeros uno a uno. Lo saludaban con familiaridad y eso le animó bastante.
Entre los recién llegados estaba Carmen, con la que había hablado bastante el día anterior.
También había conocido al resto de residentes de Interna.
Aunque algunos estaban rotando por otros servicios, todos se habían acercado al desayuno: Fran y Amanda, a quienes conoció antes de entrar, de quinto año; Sara y Estefanía, de cuarto; Belén y Carlos, de tercero; y Lucas y Tomás, de segundo.
Con Lucas había coincidido en la universidad, pero nunca habían hablado.
Estaba bastante bueno, aunque desprendía un aire a heterosexual que echaba para atrás.
Al contrario que él .
Su tutor.
Esta vez llegó a tiempo. Entró serio, como la mañana anterior.
Colgó su chaqueta de cuero en el perchero, recogió su bata y se sentó exactamente en la misma silla.
Benji se preguntó si realizaría aquel ritual cada mañana, pues creía recordar que incluso sus pertenencias las había dejado en el mismo saliente del perchero.
¿Era uno de esos tipos cuadriculados que lo sistematizaban todo?