Están lloviendo hombres 1 #2
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Benji la miró sorprendido. ¿Cómo podía saber su nombre?

Enseguida cayó en la cuenta.

—Sí, pero llámame Benji. Y tú eres Carmen Serrano, si no me equivoco.

La chica rio con ganas y se dieron un par de besos.

—Veo que tú también cotilleaste a tu futura compañera de residencia —bromeó. Benji notó que su acento era diferente, parecía del este andaluz—. ¿Cómo estás? ¿Nervioso? Porque yo he tenido que tomarme una valeriana, estoy atacada.

—Yo igual, estoy un poco acojonado. Pero desayuné un café. Quizás hice mal.

—Creo que sí —rio ella, y miró a su alrededor—. Pues quién nos lo iba a decir, pero aquí estamos ya… Nos esperan cinco años de residencia por delante. ¿Tú eres de aquí, de Málaga?

—Sí, ¿y tú? Porque por tu acento diría que no.

—Qué va, soy de Granada.

—¿Y cómo es que has terminado aquí? ¿No te gustaban los hospitales granaínos ?

—No, qué va, si están muy bien. Es que mi novio trabaja aquí y, ya sabes, el amor manda.

—Ahora lo entiendo todo —respondió Benji animado. Parecía que Carmen era muy simpática y extrovertida, y eso le gustaba. Le recordaba un poco a él, así que su primera impresión fue que iban a llevarse muy bien.

Un hombre canoso tomó la palabra. Benji lo reconoció enseguida: era Alfredo Santoyo, el jefe de servicio.

—Bueno, empecemos ya. Antes de nada, me gustaría presentaros a nuestros dos nuevos residentes… —hizo un gesto con la mano para que se levantaran.

Carmen y Benji se pusieron en pie y se miraron nerviosos. Eran el centro de todas las miradas.

—Presentaos —los animó el jefe.

—Yo soy Carmen.

—Y yo Benjamín.

Hubo un leve aplauso de bienvenida y el jefe volvió a tomar la palabra.

—Chicos, sentíos como en casa. Todos vuestros compañeros os ayudarán en lo que necesitéis, tanto los adjuntos como vuestros residentes mayores.

Como ya sabéis, cada uno tendréis un tutor que será el que evaluará vuestro progreso a lo largo de estos cinco años —se acercó a una mesa y buscó entre unos papeles—.

Carmen, tu tutor será el doctor Moliz —el aludido alzó la mano y ella asintió sonriente—.

Benjamín, el tuyo es el doctor Escrivá… —hizo una breve pausa y miró por encima de las gafas—, que no ha llegado todavía.

—Para variar… —bromeó uno de los presentes, provocando una risa general.

—No te preocupes. A veces se retrasa —explicó Alfredo, justo cuando alguien entró en la sala.

Benji miró hacia la puerta y…

Joder.

Un hombre alto, de cabello negro cuidadosamente peinado hacia atrás y con un cuerpo que gritaba «gimnasio» a voces, irrumpió en la sala sin saludar y con cara de pocos amigos.

Colgó su cazadora de cuero en el perchero, cogió una de las batas que había allí, con algunos bolígrafos y libretas en los bolsillos, y se sentó rápidamente en una de las sillas.

Benji reparó en sus ojos: oscuros, profundos e intimidantes, bajo unas cejas negras marcadas que acentuaban su mirada.

Sus finos labios, en armonía con aquellas facciones tan masculinas, la incipiente barba y su marcada mandíbula le hicieron preguntarse si aquel sujeto no se habría escapado de algún pase de modelos.

Sin poder dejar de observarlo, notó cómo aquel apuesto médico le dedicaba una mirada extrañamente precisa.

Fue entonces consciente de que llevaba unos segundos con la boca abierta.

Se apresuró a cerrarla antes de que alguien se diera cuenta, aunque estaba seguro de que aquel dios griego le había cazado de lleno.

—Perdonad el retraso, el puto tráfico… —se excusó el semidiós mientras se sentaba junto al tutor de Carmen. Su voz era grave y suave.

—Como siempre, Leo —respondió con sorna Moliz, dándole un manotazo en el brazo.

—No pasa nada —intervino Santoyo—. Ya pensábamos que ibas a dejar huérfano a tu nuevo residente.

¿Cómo?

La cabeza de Benji se activó como un resorte. Tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar al jefe con los ojos desorbitados.

—Él es tu tutor, Leonardo Escrivá. Leo, tu nuevo y primer residente: Benjamín Rosal. Trátalo bien.

—Vale —contestó el morenazo sin más. Le clavó los ojos y, tras unos segundos que se alargaron más de lo normal, apartó la mirada y cogió un folio que había sobre una mesa para echarle un vistazo al listado de pacientes ingresados.

Benji no podía creerlo. ¿Aquello era una broma?

¿Aquel tío buenorro iba a ser su tutor durante los próximos cinco años?

Pero ¿cuántos años tenía ese hombre? Él se esperaba a un señor mayor o, al menos, a un cuarentón como el tutor de Carmen.

¡Pero era muy joven! Y estaba muy bueno…

Y sí, eso ya lo había pensado dos veces y no era momento de excitarse.

Aunque ¿quién no lo haría con semejante maromo?

—¿Benjamín? —se oyó la voz de Alfredo como si llegara desde el fondo de un pasillo.

—¿Perdón? —respondió, despertando de sus pensamientos.

—Que ya podéis sentaros.

Benji se dio cuenta de que Carmen ya no estaba a su lado y lo observaba con diversión desde su silla. Tomó asiento con rapidez y la miró con vergüenza.

—¡Joder! ¡Qué suerte tienes, nene! —susurró ella mientras los demás comenzaban a hablar sobre los pacientes—. ¡Tu tutor está buenísimo!

—¿Pero tú no tenías novio? —preguntó Benji divertido.

—Tengo novio, pero no estoy ciega. En fin… Espero que el mío sea buena gente, al menos.

—Seguro que sí, míralo —los dos dirigieron su mirada hacia el doctor Moliz—. Lleva con esa sonrisa desde que ha entrado y parece que los demás se ríen con él, tiene pinta de ser guay. En cambio, mi tutor parece muy serio, ¿no crees?

—Bueno… Eso sí —opinó ella. El tal Leonardo Escrivá no había hablado gran cosa hasta el momento y permanecía con una repelente expresión neutra—. Poco a poco iremos calando al resto.

—Sí…

Decidieron dejar la charla para más tarde y atender a sus nuevos compañeros. Al oírlos hablar sobre tantos pacientes y tantos diagnósticos, pruebas y tratamientos, se sintieron animados y con ganas de empezar aquella nueva etapa.

Pero, entre toda aquella ilusión por comenzar la residencia, Benji no pudo evitar sentir una pequeña excitación añadida.

Su tutor, Leonardo Escrivá, aquel joven médico de imperturbable semblante que para él rozaba la perfección, sin duda le daría color a los días que le esperaban.

Ahora, más que nunca, Benji tenía ganas de empezar.