Están lloviendo hombres
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Esa noche, la copa le supo más fuerte de lo habitual.
En el local de siempre, refugiado entre una multitud que se movía sin orden ni concierto al son de la estridente música, un joven de ojos verdes y rizos castaños apoyaba los codos en la barra, vaso en mano. Era domingo, pero en aquel lugar la fiesta nunca descansaba.
Benji sabía que no debería estar allí. Y, sin embargo, ahí estaba.
Con un whisky-cola.
A menos de ocho horas de su primer día como médico residente.
Ni siquiera sabía muy bien por qué había decidido acudir esa noche sin compañía: quizás para calmar los nervios que llevaba acumulando meses.
—¿Te pongo otra, Benji? —preguntó Juanca, camarero y dueño del local.
—No, gracias. Me voy en cuanto termine esto —Benji removió la bebida que quedaba en el vaso, que apenas cubría la base.
—Es raro verte por aquí un domingo. No eres como esta gente, que parece que no tiene nada que hacer con su vida. Aunque a mí me viene bien… —bromeó. Benji, sin embargo, permanecía serio—. ¿Te ocurre algo? —preguntó mientras secaba unos vasos con un trapo.
—Nada, que mañana empiezo a trabajar.
—Chaval, eso es duro —Juanca rio—. ¿Estás acojonado? ¡Deberías estar ilusionado!
—Lo sé… —le sostuvo la mirada un segundo y se encogió de hombros—. Sé que debería sentirme realizado o algo así, pero no puedo evitarlo. Siento que no estoy preparado, que no voy a dar la talla.
Juanca, que les tenía mucho aprecio a él y a su amigo Nico desde hacía años, lo observó con sincera preocupación.
—Pero si te has matado a estudiar, te sacaste el MIR, has llegado hasta aquí… ¿De verdad crees que no vas a estar a la altura? —Juanca dejó a un lado los vasos y se apoyó en la barra, mirándolo fijamente.
—Si ni siquiera me has visto frente a un paciente…
—No, pero te conozco. No eres alguien precisamente inseguro. Te has esforzado mucho, tío. Y tengo trece años más que tú, así que te habla la voz de la experiencia…
Benji le dedicó una media sonrisa.
—No sé si tendrás razón, pero al menos me animas.
—¡Claro que sí! Anda, vete ya a dormir, que mañana tendrás que madrugar.
—Ya… —se bajó del taburete e hizo ademán de sacarse la cartera del bolsillo trasero del pantalón, pero una llamada de atención lo frenó.
—¡Ni se te ocurra! A esta invito yo.
—Juanca… Me has invitado muchas veces.
—Cuando tenga que ir a Urgencias, que espero que no pase nunca, me tendrás que colar. Así me lo pagarás —le guiñó un ojo y se echó a reír.
—Ya te vale… Bueno, muchas gracias. Supongo que te veré el viernes.
—¿Vendrá Nico?
—Claro, sabes que él no falla nunca.
Se despidió de Juanca y de Luis, uno de los camareros contratados, y salió de allí rápido, tras rechazar cordialmente a un chico que le cortó el paso para invitarlo a bailar.
Le esperaba un camino de una media hora, pero necesitaba respirar aire puro y dejarse envolver por la quietud de la noche. En pleno apogeo de la primavera, la noche malagueña era algo más cálida, y el paseo de vuelta a casa le sentó de maravilla.
Cuando llegó, toda su familia estaba ya durmiendo. Se aseó con rapidez y se dirigió a la cama para intentar dormir las escasas seis horas que restaban hasta su gran día.
El estrepitoso sonido del teléfono móvil, ese con el que no sabes si es hora de levantarse o de desalojar el edificio ante un inminente desastre, lo sobresaltó.
Alargó el brazo a ciegas hasta la mesita de noche para silenciarlo y siguió durmiendo.
Diez minutos después, la apocalíptica alarma volvió a taladrarle los oídos.
« Mierda… ¿No lo había apagado? », pensó fastidiado y dispuesto a remolonear en la cama un poco, hasta que, de pronto, su cerebro le recordó qué día era.
—¡Me cago en…! —dio un salto en la cama, pero se tranquilizó al ver la hora. Por suerte, había confundido el botón de apagar la alarma con el de repetirla. Hacía tanto que no madrugaba con despertador que se encontraba algo desentrenado.
Se vistió deprisa, se bebió un café rápido y bajó al garaje. Su coche nuevo le esperaba: un regalo de sus padres por convertirse al fin en médico. Era un coche modesto, de segunda mano y tamaño mediano, pero seguro; suficiente para plantarse en el hospital.
Lo que no esperaba era estar cerca de veinte minutos buscando aparcamiento. Tiempo durante el cual no pudo evitar divagar acerca de lo que le esperaba.
Había pisado el Hospital Regional Universitario de Málaga muchas veces como estudiante, pero ahora iba como médico interno residente.
¿Cómo serían sus compañeros adjuntos? ¿Y el resto de residentes?
¿Cómo sería la chica que entraba ese año junto a él?
Sabía que era una mujer porque lo había visto en las listas cuando escogió plaza, pero su nombre no le sonaba de la facultad y no había podido contactar con ella.
Por fin pudo aparcar y bajó del coche con los nervios a flor de piel, casi sudando, preguntándose si iría bien vestido y bien peinado.
Sus alborotados rizos castaños, que contrastaban con un marcado undercut , a veces eran imposibles de domar, pero aquel día parecía que habían decidido portarse bien.
Se colocó bien los pequeños aritos plateados que pendían de cada una de sus orejas y se estiró la camiseta.
No sabía si haría algo más el primer día aparte del típico papeleo, pero esperaba de todo corazón no verse solo frente a un paciente.
¡Si prácticamente se le había olvidado todo lo que había estudiado!
Después de seis años de carrera y siete meses de estudio intensivo para prepararse el tan odiado examen de acceso a la especialización, los conocimientos que había adquirido parecían haberse disipado.
De hecho, juraría que solo pasaron dos minutos tras salir de aquel examen tan importante cuando su cabeza decidió pulsar el botón de reinicio sin pedir permiso.
Por no hablar de la destrucción masiva de neuronas que el alcohol ejecutó aquella misma noche del examen, cuando celebró que por fin había terminado.
¿Cómo iba a enfrentarse a lo que se le venía encima? Si le parecía que lo único que recordaba con claridad era la contraseña del campus virtual. Y ni eso.
Se detuvo unos segundos frente a la puerta principal de uno de los dos pabellones, con su mochila echada al hombro, e inspiró hondo.
Cuando aún no había elegido la plaza, Benji había visitado el Servicio de Medicina Interna para informarse y, ahora, mes y medio después, empezaba a formar parte de él. Aquel día solo habló con el jefe y un par de residentes mayores, así que ese lunes conocería al resto del equipo.
Definitivamente, estaba muy nervioso.
Cuando llegó a la planta correspondiente, se miró repetidas veces en la cámara frontal de su móvil con sus inquietos ojos verdes.
Luego se dirigió a la sala de sesiones clínicas, donde le habían indicado que acudiera el primer día.
La puerta estaba cerrada con llave, así que llamó con los nudillos un par de veces.
Le abrió una médica que tendría unos cuarenta años.
—¡Hola! ¿Eres el nuevo? —lo saludó con una enorme sonrisa y fue a sentarse frente a un ordenador.
—Sí, soy el nuevo residente de primer año.
—Ya tenía ganas de conocer a los nuevos…
Puedes dejar tus cosas por ahí —hizo un gesto con la mano sin despegar la vista de la pantalla—.
Enseguida llegará el resto. Todas las mañanas nos reunimos aquí para hablar de los pacientes que tenemos ingresados y, a veces, hacemos algo de formación.
Sesiones clínicas y eso, ya sabes. Empezamos sobre las ocho y cuarto —aquella mujer no paraba de hablar y Benji se sentía incapaz de procesar toda esa información de golpe—.
Perdona que no te atienda como es debido, pero necesito terminar este informe de alta antes de irme.
Estoy saliente de guardia, ya mismo conocerás esta sensación de mierda —la mujer miró hacia atrás de forma fugaz y fingió pena.
Benji soltó una risita.
—No se preocupe, siga a lo suyo. No quiero molestar —contestó. Seguía de pie sin saber qué hacer, mirando la habitación como si estuviera descubriendo un mundo nuevo.
—Ay, no me hables de usted, que ahora somos compañeros —replicó entre risas mientras se dirigía a la impresora para recoger unos papeles. Después, se acercó a él y volvió a sonreír—. Perdona, soy un desastre y no me he presentado… Soy Laura Molina, ¿y tú?
—Benjamín Rosal.
—Qué nombre tan poético —dijo divertida mientras volvía a su ordenador.
—Supongo… —Benji titubeó y se sintió realmente estúpido.
No era una persona tímida, precisamente.
Todo lo contrario. En demasiadas ocasiones, se pasaba de chulo.
Sin embargo, no podía evitar sentirse cohibido en aquel lugar que pronto estaría lleno de médicos con largos años de profesión a sus espaldas.
—Puedes sentarte a esperar mientras viene el resto… —dijo Laura, justo cuando se escucharon unas llaves al otro lado—. Mira, ahí llegan.
Benji se sentó en la silla más apartada que encontró y vio entrar a un par de médicos mayores seguidos de una médica más joven, quizás dos o tres años mayor que él.
Lo saludaron desde lejos, pero no se entretuvieron en hablarle.
Estaban discutiendo con vigor acerca de no sé qué pruebas tenían que hacerle al paciente de la habitación no sé qué número.
La joven, que parecía ser una residente veterana, lo miró y sonrió un momento antes de volver a atender a uno de los otros dos.
Se notaba que quería acercarse a saludar, pero el mayor no paraba de darle conversación.
Benji supuso que era su tutor, ya que todos los residentes tenían uno. ¿Quién sería el suyo?
La sala terminó por llenarse en apenas cinco minutos. Benji escuchaba a su alrededor decenas de conversaciones desarrollándose de forma simultánea; la mayoría acerca de asuntos médicos, pero también otras más distendidas.
De pronto, una vocecita llamó su atención.
—¡Hola!
Al girarse, se encontró con una chica de su edad, con el cabello liso, corto y muy negro, y unos grandes ojos marrones escondidos tras unas gafas
—Tú debes de ser Benjamín Rosal.