Capítulo 33
Regina insiste en que la grabación es una prueba discutible.
Yassir, sin embargo, insiste justamente en lo contrario.
Y Marc permanece al margen, dejando que ellos saquen sus conclusiones mientras sonríe satisfecho.
–Eso no demuestra que haya sido Fulgen –duda la directora.
–¿Cómo que no? –reacciona Yassir, indignado–. Lo deja clarísimo.
–Se intuye... Pero de ahí a que podamos acusarlo de…
–Lo que está claro –la interrumpe Yassir– es que a quienes no podemos acusar es a los de su grupo.
Señala a Marc, que sigue sonriendo, disfrutando de su victoria, a la espera de que Regina tome una decisión valiente.
Pueden echar tierra sobre el asunto, sí.
Fingir que allí no ha pasado nada.
Que nadie ha culpado a unos alumnos inocentes de algo que no han hecho.
Pueden agachar la cabeza y esquivar el problema.
Porque, eso lo saben, avisar a la inspectora y abrirle expediente a Fulgencio va a ser un problema.
Pueden ponérselo fácil y pactar algo para que todo el mundo se quede contento.
Eso sería lo fácil.
Pero Yassir no se ofreció a ser jefe de estudios para esconderse. Ni para elegir el camino más sencillo.
Yassir se ofreció a ser jefe de estudios porque creía que desde ese puesto sí que podría hacer algo.
Algo que de verdad importase. Y frenar a los matones le importa.
Estén donde estén y se sienten donde se sienten.
Ya sea en uno de los veinticinco pupitres de cada clase o en la mesa del profesor.
Porque, aunque les gustaría que no fuera así, a veces hay bullies en los dos lados del aula.
–Está bien –cede Regina–, avisa a la inspectora.
–Gracias –es todo lo que les dice Marc, que sale del despacho con la misma sonrisa con la que entró gracias a la grabación de la Séptima.
Martín, que se ha ofrecido voluntariamente como embajador, le ha entregado el pen drive con el archivo, dentro de un sobre decorado con uno de sus dibujos. Y Marc, al verlo, no ha podido evitar emocionarse un poco.