Capítulo 31
LOS AMOS
Bruno
Vienes o no, bro?
Iago
Luego
Bruno
No estarás otra vez con los del pódcast??
Iago
Por?
Bruno
Se te ve mazo integrado con esa peña...
Charlie
Sí que sois colegas de repente los frikis y tú
Iago
Cortaos un poco, eh?
Charlie
A ver si ahora te vas a olvidar
de quiénes son tus colegas de verdad
Bruno
Eso
Iago
Y porque nosotros seamos colegas,
no puedo conocer a más gente?
Charlie
Conocer gente
Jajajajajaja
Parece que vas a ir al First Dates, tío
Bruno
Sorry, bro
Pero las cosas no van así
No se puede ser guay y friki a la vez
Iago
No son frikis, ok?
Charlie
Pues lo disimulan de la leche
Bruno
Iago
A ver, que mi grupo somos nosotros
Y lo sabéis
Pero si quiero aprobar lengua
les tengo que seguir la corriente
Charlie
Ok, ok
Pero que no se te vaya la pinza, eh?
Bruno
Eso
Iago responde al chat, desde el taller, intentando prestar atención a todo lo que proponen los de la Séptima.
Se le hace raro estar hablando con Bruno y Charlie de la gente que tiene delante y con la que le resulta aún más extraño haber encontrado algunos puntos en común.
Por fin, consigue que sus amigos lo dejen tranquilo y aprovecha para concentrarse en lo que está diciendo Dany, que insiste en que el único modo de salvar su pódcast es ganar a Fulgen de una vez por todas.
–¿Y cómo vamos a ganarlo, tía? –pregunta Fang–. Es como ir a un casino y jugar contra la banca. Pues lo mismo. Aquí la banca es Fulgen. Y siempre gana.
–¿Pero a cuántos casinos has ido tú? –le pregunta Dany.
–Pues a ninguno. Pero en las pelis he visto mil.
–Las pelis son una cosa, y nuestro insti, otra. Y aquí Fulgen ni es la banca ni es nada. Es un mentiroso al que tenemos que exponer sí o sí.
— Y seguimos sin saber cómo.
El realismo de Valeria los desarma durante unos minutos.
Todos se quedan en silencio y tratan de pensar en cómo aclarar el asunto del coche.
Como parece que las ideas no llegan, comienzan a dar vueltas por el centro comercial donde han quedado, con la esperanza de tropezarse con la respuesta mágica en algún escaparate.
O en las escaleras mecánicas. O en la heladería donde se hacen con un buen cargamento de helados que tampoco los ayudan a diseñar su plan, pero que, por lo menos, sí endulzan su tarde.
Cansados de no saber por dónde tirar, se dejan caer en unos bancos y ven pasar a la gente, más concentrada en sus móviles que en cualquier otra cosa que suceda a su alrededor.
–¡Eso es! –salta Iago, que no sabe si su idea será buena, pero que tampoco quiere dejar de compartirla.
–¿Eso es qué? –le pregunta Dany, que hoy se ha esforzado por no estar a su lado en ningún momento de la tarde, dejando que sea Valeria la que ocupe ese lugar.
–Tenemos que usar esto. –Iago saca el móvil–. Si queremos que nos crean, tenemos que hacerlo confesar. Y grabarlo.
–Muy fácil, sí –ironiza Fang–. Nos sentamos con él y le decimos «Eh, Fulgen, ¿tú no sabrás quién ha grafiteado tu coche?». Y seguro que nos lo cuenta, claro. Así de fácil.
— ¿No lo veis?
–¿Qué es lo que se supone que no vemos? –le pregunta Valeria, que esta tarde encuentra a Iago aún más guapo de lo habitual, quizá porque le gusta que se esté implicando de verdad.
–Velázquez, enséñaselo.
Martín mira sorprendido a Iago. ¿A qué se refiere?
–Tu dibujo –le aclara–. El que hiciste ayer en clase de mates.
–Pero…
–Enséñaselo, anda.
No sabía que Iago lo hubiera visto. Ni que estuviera pendiente de lo que dibuja o deja de dibujar en su cuaderno…
Sí ha notado que últimamente, en las clases donde les dejan elegir sitio, busca alguno cerca de él.
Y que, cuando hay que hacer trabajos en grupos, también lo busca.
Martín, lejos de sentirse incómodo, se lo pasa bien.
Hasta se ríe. Porque trabajar, lo que se dice trabajar, Iago trabaja poco, pero como compañero es divertido.
Y hasta puede que, por lo que va descubriendo de él, también sea buen tío.
— ¿Qué dibujo? — se impacienta Dany.
Martín saca su cuaderno de la mochila y les muestra su teoría sobre quién fue el verdadero responsable del ataque al coche de Fulgen.
–Tiene sentido… –piensa Dany en voz alta.
–¡Claro que tiene sentido! ¿No lo veis? –insiste Iago, que está convencido de que la teoría de Martín es cierta–. Fue él mismo. Él es quien hizo eso para poder culparnos.
–¿Y por qué? ¿Tan obsesionado está con nosotras? –duda Fang.
–Está obsesionado con el pódcast. ¿No veis que se ha vuelto a hablar del episodio en el que lo exposeábamos ?
–Encaja, sí –afirma Valeria–. Pero si nos equivocamos…
–Pues vamos a tener que arriesgarnos –sugiere Fang, que siente el impulso de tomar por primera vez la iniciativa–. Lo que no sé es cómo haremos que confiese.
–Hay que cabrearlo –propone Dany–. Enfadarlo muchísimo para que hable.
–¿Y eso no es peligroso? –pregunta Martín, al que le da miedo que su dibujo se convierta en el origen de un problema aún mayor de los que ya tienen.
–Hacer lo correcto suele serlo –asegura Fang, que recuerda haber oído esa frase en boca de sus padres alguna vez.
–Tía, eres una filósofa –bromea Dany.
–Ya ves.
Se ríen y, aunque nada asegura que les vaya a ir bien, sienten que sí existe la posibilidad de que eso suceda.
No saben si es por ese optimismo repentino o por lo bien que les han sentado esos helados tamaño XL, o por las ganas de hacer cosas que los invaden cada vez que están juntos, pero salen del centro comercial convencidos de que van a lograrlo.
Y en las cabezas de Iago y de Valeria, por un momento, no hay ecos ni de los Amos ni de las Divinas Forever, como si ese ruido se hubiera esfumado y todo hubiera vuelto, aunque solo fuera por una tarde, a su lugar.
Y mañana… Bueno, mañana ya verán.