Capítulo 29
Debería haber sido una gran semana para todos los miembros de la Séptima.
Pero Valeria no lo siente así ni ha podido vivir su éxito con la misma alegría que el resto.
Desde que subieron el pódcast, teme enfrentarse a una decisión de la que no se siente orgullosa.
Al principio, a pesar de sus miedos, no ocurre nada.
Ni Luna ni Salma le piden explicaciones.
Incluso le mandan un par de capturas del pódcast para que sepa que lo están escuchando.
Pero eso, precisamente eso, es lo que la asusta.
¿Y si se dan cuenta?
¿Y si descubren que ese día los de la Séptima ocuparon su lugar?
No tiene por qué pasar, se dice Valeria.
Hasta que recibe un wasap que lo cambia todo.
Justo cuando parece que los medios empiezan a perder el interés por el Maruja Mallo y en el centro se habla más de cuál será el tema del próximo pódcast que del que le han dedicado al concierto de TYZ.
Justo ahora, cuando Valeria creía que estaba a salvo, su decisión la coloca ante un espejo en el que preferiría no mirarse.
DIVINAS FOREVER
Salma
Puedes bajar?
Valeria
Ahora?
Estaba estudiando
Luna
Es solo un momento
Salma
En nuestro banco
Valeria
Luna
***
Valeria
Tengo un poco de lío…
Salma
Diez minutos
Valeria
Okey, diez minutos
El problema no es el tiempo. Ni los deberes. El problema es que sabe lo que le van a preguntar...
–Tía, el pódcast os ha quedado guay –empieza Luna, que trata, sin mucho éxito, de suavizar el impacto de lo que viene a continuación.
–Gracias…
–Pero una cosa…
–¿Sí?
–¿Fuisteis juntos?
Valeria revisa mentalmente todas las respuestas posibles:
a) La respuesta que finge no haberse enterado de nada: ¿Que si fuimos juntos adónde?
b) La respuesta que intenta esquivar la pregunta: ¿Por?
c) La respuesta que implica sumar una nueva mentira: No.
d) Y la respuesta sincera: Sí, fuimos juntos, sí.
–A ver, Vale –le dice Salma, que es una de las pocas personas en el mundo en la que ese «Vale» no le suena mal–, solo queremos saber si fuisteis todos juntos.
–Sí, bueno, es que tenían entradas.
¿Y esa respuesta?
La propia Valeria se sorprende al haber improvisado una quinta opción:
e) La respuesta que consiste en seguir inventando como si no hubiera un mañana.
Pero, nada más decirlo, la expresión de incredulidad de sus amigas revela que esta alternativa no era mucho mejor que las cuatro anteriores.
–¿Y cómo las consiguieron?
–Las compraron.
Otra mentira más. Y ya van…
–Pero si costaban doscientos pavos –se extraña Luna–. ¿Todo el mundo tenía ese dineral?
–En mi casa, en cuanto les dije que nos habíamos quedado sin invis, me dejaron clarito que también nos habíamos quedado sin concierto
–la apoya Salma.
–Sí, bueno, a ver…
Valeria se lía. Se confunde. Y nota cómo las palabras se le tropiezan dentro, como si se negaran a salir ordenadas.
Hasta hoy, cuando está con sus amigas, jamás había necesitado maquillarlas tanto. Ni disfrazarlas. Esta es la primera vez, y se promete que la última, en la que no está siendo sincera con ellas.
–Se las diste a ellos, ¿verdad? –le pregunta Salma a bocajarro, harta de dar rodeos en torno a una verdad tan incómoda como evidente.
–¿El qué?
Ahí está: la respuesta que finge no haberse enterado de nada.
–Nuestras invis –le aclara Luna, a punto de perder la paciencia–, que si se las diste a los de tu pódcast.
–A «los de la Séptima» –añade Salma con un soniquete que resulta tan innecesario como su aclaración.
Es inútil empeñarse en negarlo, así que Valeria asiente y busca deprisa un modo de justificarse.
–Si no hacíamos algo bueno, nos cerraban el pódcast… Y el concierto era el único modo de…
–Bueno –la corta Salma–, seguro que había más.
–¿Y quién se supone que os lo iba a cerrar?
–Pues la directora, por… –Valeria improvisa de nuevo– falta de audiencia.
–¿En serio? ¿Por falta de audiencia? ¿Una extraescolar?
–¿Nos tomas por tontas o qué?
Luna y Salma suenan realmente enfadadas y, aunque Valeria intenta matizar su respuesta, se da cuenta de que se está adentrando en un callejón sin salida.
–No es eso exactamente, sino…
–Llevábamos hablando de ir juntas al concierto desde el verano… –se queja Salma, en cuya voz se aprecian las grietas que abren las pequeñas traiciones.
–Y tú, que si no había problema, que si tu madre nos iba a conseguir las invis, que si iba a ser nuestra gran noche…
–prosigue Luna–. Porque yo tenía clarísimo que no iba, Vale, hasta que nos invitaste tú.
Y te podrías haber callado, ¿no? Porque no hacer algo que sabes que es imposible duele menos que no hacer algo que sí te han prometido.
–Tenéis razón, pero es que necesitaba aportar algo que…
–Algo que te convirtiera en protagonista, ¿a que sí?
–No, Salma, de verdad que no es eso.
–Querías impresionarlos a todos. Y si hay que dejar tiradas a dos amigas para eso, pues nada, se las deja colgadas y punto.
–Luna, tía, sabes que yo no soy así.
–No, Vale, no lo sé. Yo sé cómo era mi amiga la que no nos mentía. Pero esta que nos miente no. Esta no tengo ni idea de cómo es.
–Lo siento, de verdad. No pensaba que…
–¿Que nos íbamos a enterar?
–Que os ibais a poner así.
–Pues ya ves. En eso también te has equivocado.
Luna y Salma se alejan sin despedirse mientras Valeria se queda inmóvil unos segundos, viendo cómo se marchan y pensando en qué debería hacer ahora.
¿Darles tiempo?
¿Esperar?
¿Correr a dejarles un audio explicándose?
¿Escribirles un mensaje?
¿No hacer nada y fingir que todo está bien cuando las vea mañana en clase?
No sabe cómo reaccionar ni tampoco qué esperan de ella sus amigas.
Lo que sabe es que la Valeria que miente no le cae nada bien tampoco a ella, y que Salma y Luna, que podían haberse limitado a mandarle un par de wasaps, han tenido el coraje de hablar con ella cara a cara.
En su banco. En el parque donde empezaron a planear ese concierto al que al final no han ido juntas.
En el lugar donde llevan años cultivando una amistad que Valeria se pregunta si ha roto para siempre.
Y también sabe, aunque eso se lo diga una voz que le habla muy bajito y a la que finge no oír, que quizá Salma no estaba tan lejos de la verdad cuando la ha acusado de protagonismo.
Lo que no sabe es si solo quería ser protagonista en la Séptima, para que se la vea un poco más en un grupo con personalidades demasiado fuertes como para destacar sin esforzarse.
O ante su madre, con quien, gracias al concierto, al pódcast y a la primicia, todo ha empezado a fluir un poco mejor.
O con Iago, en quien se sorprende pensando más a menudo de lo que querría.
Qué difícil todo, ¿no?
Valeria le da una patada a una piedra y sube a casa enfadada por culpa de esa manía que tiene la vida de jugar al desequilibrio. Porque ya es mala suerte que, siempre que algo sale bien, haya otro algo que se estropea.