Capítulo 27
Debería estar durmiendo.
¿Pero cómo se concilia el sueño después de una noche como esa?
Valeria da vueltas en la cama, aún subida a la nube de la música que acaban de escuchar.
A cada una de las canciones que han coreado a voz en grito en el estadio.
Y a esa sensación de ser parte de una marea de gente que siente lo mismo que tú y con la que te vuelves infinita durante el tiempo que dura el concierto.
Imagina que al resto le estará costando dormirse tanto como a ella, así que le envía un mensaje a Dany para probar suerte.
Oculta el móvil bajo la sábana, baja la luz de la pantalla al mínimo y confía en que a su madre no le dé por pasarse por su cuarto, porque no molaría nada acabar una noche tan mágica con una bronca por usar el teléfono cuando se supone que no debe.
Valeria
Eooo
Dany
Qué haces despierta, tía?
Valeria
Tú puedes dormir después de la pasada
de lo de hoy???
Dany
Pues claro
Si estaba ya casi sobando…
No es verdad. Dany sabe que no es verdad, pero quiere que esta conversación acabe cuanto antes.
El problema no es la hora, porque su madre pasa bastante de cuándo y de durante cuánto tiempo usa el móvil.
Ni hablar del concierto, que le ha parecido el mejor que ha visto nunca. Bueno, y el único, porque en casa no abundan ni las oportunidades para ir ni el dinero para poder hacerlo.
Todo eso está bien, sí.
Y le encantaría hablarlo con Fang.
O con Martín.
Pero no con Valeria.
Ni con Iago.
No después de esta noche en la que teme que, sin que nadie más que ella lo sepa, todo se ha complicado un poco.
Lo justo como para que prefiera decirle a Valeria que está ya medio dormida, aunque no sea cierto.
A su amiga, sin embargo, no le importa ese dato y sigue escribiendo.
Valeria
Tú lo has notado también, verdad?
Dany revisa entre sus stickers favoritos y busca alguno que muestre perplejidad. Da con un bebé que mira con los ojos desorbitados, con expresión de no entender nada, y se lo envía.
Valeria
En serio no lo has visto???
Que sí.
Que sí que lo ha visto.
Y sabe perfectamente a qué se refiere.
Pero Dany no cree que sea buena idea admitirlo.
Sobre todo cuando quien no lo ha visto todo es Valeria, que se ha perdido un momento clave de la noche: el de la barra.
Valeria
No sé qué hacer…
Dany
A mí es que los consejos se me dan de pena…
Valeria
Pero tú también lo notas, verdad?
Está clarísimo que le gusto, no?
Dany
No estaba muy pendiente de eso
Valeria
Cómo que no?
Si te he pillado mirándonos
Y como diciéndome, tía, ataca
Pero claro, con mi madre ahí… No es plan
Da mal rollo
Y no solo su madre, piensa Valeria. Todos los padres, en general, dan un poco de mal rollo cuando están donde no deben estar.
Mira que ella lo intentó y le dijo a su madre que por qué no se cogía un asiento en una grada y los dejaba a ellos cinco en la pista.
Podrían haber estado solos durante el concierto, sin la mirada adulta siempre presente, y ya se habrían encontrado después, a la salida, en el aparcamiento donde Esther había dejado el coche.
Su madre, sin embargo, empezó con la chapa de la responsabilidad, y de que eran menores, y de que llevaba a cuatro amigos suyos a su cargo… Hasta que convirtió un simple concierto en una especie de misión diplomática que exigía su presencia y hasta su vigilancia.
Si la hubiera escuchado, si su madre, por una vez, le hubiera hecho caso, quizá Valeria no le estaría preguntando su opinión a Dany sobre si es cierto que le gusta o no a Iago.
Estaría comentando lo bien que abraza. O lo bien que besa.
O cómo le gustó que le cogiese las manos mientras cantaban juntos alguno de los temazos de TYZ.
Pero nada de eso ha sucedido, claro. Porque esas cosas no suceden cuando tu madre está a solo medio metro de ti y del chico que te gusta, aunque Valeria no se explique del todo por qué.
Valeria
Con lo diferentes que somos, tía…
Pero no sé… Yo creo que hay algo
Dany
Ni idea
Valeria
En serio?
No me vas a apoyar?
Dany
Que sí, tía, que sí, que yo te apoyo
Pero es que no sé qué más decir
A ti te gusta?
Valeria
Yo creía que no
Porque es un básico de manual
Aunque luego va y…
No sé
Como que me sorprende
Y está buenísimo
Eso también
Dany
Ya… Y él lo sabe
Eso mola menos
Los tíos buenos que saben que están buenos
son un poco plastas
Valeria
Yo pensaba que era un fife…
Pero ya no lo tengo tan claro Tú?
Dany
Yo solo espero que no nos deje tiradas otra vez
Valeria
Y qué hago?
Dany necesita una respuesta que le permita acabar de una vez con esta conversación. Algo que sea sencillo, medio divertido y que suene a broma para que Valeria deje de preguntarle
y ella deje de sentirse tan mal como se siente ahora mismo.
Valeria
Venga, dime
Dany
Dormir, tía, dormir
La respuesta de Valeria (un sticker de un gato que se ríe seguido de otro con un corazoncito rosa) tranquiliza a Dany y le permite darle la vuelta al móvil de una vez.
Por ahora, ha esquivado el conflicto y, sobre todo, ha logrado que no salga el tema de la barra. Algo es algo.
LO DE LA BARRA
Quedaban aún quince minutos para que comenzara el concierto (que, en realidad, ha empezado otros quince minutos tarde) cuando Fang ha sido la primera en mencionar la palabra «sed», que, como todo el mundo sabe, es una de esas palabras contagiosas: basta con decirla en voz alta para que todos la sientan a la vez.
Y así ha sido.
En cuanto Fang ha dicho que no estaría mal beber algo, todos se han sentido al borde de la deshidratación, como si, en vez de encontrarse en un estadio de fútbol, estuviesen en medio del mismísimo desierto.
—Voy a por algo —se ha ofrecido Iago—. ¿Quién me acompaña?
—Espera, toma. —Esther le ha tendido un billete de veinte euros que él ha rechazado.
—No hace falta, en serio. A esto invita mi padre, que para una vez que se estira un poco… —le ha respondido, riéndose—. Venga, ¿quién se viene conmigo a la barra?
Dany, que se había dado cuenta de que Valeria estaba a punto de ofrecerse, estaba decidida a permanecer en silencio y a dejar que fuese su amiga quien se ocupase de las bebidas. Pero Fang, completamente ajena al shippeo que nacía a su lado, ha sido la primera en meter la pata:
—Dany, ¿vas tú?
Lo único que pretendía Fang era librarse de la engorrosa tarea de tener que cruzar medio campo hasta llegar a la barra.
No por pereza, sino porque, aunque no hubiera dicho nada antes, le agobian las multitudes y bastante esfuerzo le suponía estar ya en medio de toda esa masa enfervorecida de fans como para, además, tener que atravesarla.
Dany ha asentido (qué remedio) y Valeria ha torcido el gesto, desilusionada ante el que prometía ser su único momento a solas con Iago en toda la noche.
Claro que la culpa, piensa Dany mientras da vueltas en su cama tratando de dormirse, también ha sido de la propia Valeria por no haber reaccionado antes.
Si tantas ganas tenía de ir, ¿por qué no ha levantado la mano antes?
Todo lo anterior podría haberse quedado simplemente en eso si, una vez que estaban en la barra, no hubiese sonado el móvil de Iago ni Dany lo hubiese oído hablar con su padre.
—… Porque hoy no podía… Papá, que ya te he dicho que…
Sí, claro, claro que sé lo importantes que son los entrenamientos, pero…
No, no es una tontería, es para un trabajo de clase…
Sí, el pódcast, sí… Que no, no estoy descuidando el equipo…
Papá, pero… No, no me iré a dormir tarde…
Vale, sí, mañana hablamos… Claro… Mañana.
La conversación, en la que Iago apenas ha conseguido colar más de tres palabras seguidas, ha sido muy tensa y, aunque Dany preferiría no haberla presenciado, no ha podido evitar preguntarle si estaba bien.
Sobre todo, después de que Iago haya resoplado tan fuerte como para que, por fin, los viese el camarero y se acercara a atenderlos.
—Sí, estoy bien, sí. Pero es que mi padre…
Iago ha resoplado de nuevo.
El tema no le resulta fácil.
Y Dany ha percibido que quería y, a la vez, no quería hablar de él.
Si se hubiera animado a hacerlo, se habría quitado un peso de encima, pero, nada más callarse, habría vuelto a cargar con otro peso igual: el que provoca el arrepentimiento por haberse sincerado demasiado.
—Es por el fútbol —se ha intentado explicar, confiando en que Dany, que es tan deportista como él, lo entendiese–.
A mi viejo solo le preocupa eso. Que no baje de categoría.
Y que siga dándolo todo en cada partido y en cada entrenamiento…
Dice que, si no triunfo en el campo, no voy a triunfar en nada.
Ay.
Dany ha dado las gracias por no haber oído nada parecido en boca de su madre.
—¿Tus padres no te meten caña también?
—Mi padre no. Pero, vamos, porque hace siglos que no está… Vivo sola con mi madre. Y a ella, lo del deporte, mientras no me quite tiempo de los estudios, no le parece ni bien ni mal.
—El mío debe de imaginarse millonario o algo gracias a mí. Solo piensa en que me salga un ofertón con algún equipo de primera… Pero eso…
—¿Sí?
—Pues que no sé si eso va a pasar alguna vez. Y duele, ¿sabes? Duele que crean que solo vales por algo que ni siquiera va a ocurrir.
Dany no conocía a este Iago.
Al que responde a su padre con monosílabos, como si lo hubiera poseído el espíritu de Martín.
Al que resopla de rabia y tristeza porque siente que no lo ven ni lo valoran como le gustaría.
Al que se ha atrevido a abrirse ante ella creando un espacio cómplice que, hasta que han llegado a esta barra, no había existido.
—Somos más que sus expectativas, ¿no? —se ha animado a responderle.
Iago la ha mirado algo confundido, sin saber demasiado bien si su réplica lo consolaba o lo dejaba tirado al fondo del pozo donde lo había hundido la llamada de su padre.
—Lo que quiero decir es…
Dany ha tenido que pensarlo despacio.
De repente, la rapidez con la que responde en clase y con la que es capaz de plantarles cara a tipos como Fulgen ha desaparecido.
Porque no quiere decir nada que haga que Iago se sienta aún peor.
Y porque es la primera vez que, al mirarlo a la cara, se da cuenta de que le gusta verse reflejada en sus ojos.
Y de que a él, por el modo en que la mira, también le pasa algo parecido con los suyos.
Así que reorganiza sus ideas y vuelve a la carga.
—Lo que quiero decir es que no somos responsables de los sueños de nuestros padres, ¿no? Solo somos responsables de los nuestros. Algo así era, creo.
Iago ha asentido y le ha sonreído.
Dany le ha sonreído también.
Y juraría que, mientras cogían los vasos y las botellas de agua para reunirse de nuevo con el resto, los dos se han rozado levemente las manos.
Por azar, claro.
Lo suficiente como para que surgiera algo que Dany no ha sentido hasta ahora y de lo que no piensa hablarle a Valeria (ni a nadie de la Séptima), pero que se parece mucho a la electricidad.