¿Estamos ready? (Somos la séptima 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

¿Les dijo a sus padres que le gustaba ver pelis de superhéroes con ellos?

Sí.

¿Les dijo que quería que su cumpleaños fuese una gigantesca fiesta temática de superhéroes?

Rotundamente no.

Fang sabía que plantearles a sus padres esa fiesta a la que había invitado a sus amigos entrañaba un riesgo difícil de controlar: su entusiasmo.

Hace tiempo que ha asumido que tiene a dos padres motivadísimos, incapaces de tomarse nada relativo a ella con un mínimo de normalidad.

Todo se celebra a lo grande, se llora a lo grande y se vive a lo grande, como si la intensidad emocional fuese una exigencia en esa casa en la que, a veces, Fang preferiría no sentirse el centro de atención.

Como trabajamos tanto…

Como te podemos ver tan poco…

Como hay tantos días que estamos fuera de casa…

Casi todas las propuestas de sus padres empiezan así, con una disculpa por llevar la vida que llevan (o, ahí Fang no lo tiene muy claro, la que los obligan a llevar).

A ella, que a ratos le gusta muchísimo estar sola, no le resulta fácil convencerlos de que no deberían preocuparse tanto.

Porque están mucho más de lo que se imaginan y porque a ella, además, le encanta mantener una parcela propia que, ahora que ya han llegado los doce años, confía en que sea cada vez un poco más grande.

En realidad, lo de las pelis de superhéroes solo se lo dijo una vez para hacer que se sintieran bien.

A ella, en el fondo, no le gustan tanto.

Pero sí le gusta sentarse entre ellos, con uno a cada lado, cada cual con su bol gigante de palomitas frente a una pantalla donde pasan mil cosas que siempre son iguales (los malos que quieren dominar el mundo y los buenos que se lo impiden) y que le provoca una felicidad extraña y doble.

La felicidad de saber que sus padres se sienten menos culpables cuando los tres comparten ratos como ese.

Y la felicidad de vivir en un mundo, durante el tiempo que dura la película, en el que los malos no ganan. Algo que, lamentablemente, no cree que suceda tan a menudo en el mundo real.

Así que puede que sí, que la culpa de que hoy todos los invitados aparezcan en su casa vestidos de Marvel y de DC es también suya.

Por no haber dicho que no es tan fan de los Vengadores ni de Batman ni de Harley Quinn, que es el disfraz que Julio –fanático de DC– ha elegido para ella a pesar de que David, su otro padre, insistiera en que la Bruja Escarlata era una opción mucho mejor.

Tampoco se explica cómo es posible que hayan metido a media urba en su fiesta.

Ni de qué modo han conseguido que su jardín parezca tan grande.

Pero el caso es que este es su primer cumpleaños multitudinario y ojalá, tal y como piensa Fang al ver a tanta gente reunida a su alrededor, también sea el último.

–Qué fiestón, tía –la felicita Dany, feliz de haber podido presentarse vestida de Viuda Negra sin que sea Halloween.

–¿A toda esta gente de qué la conoces? –le pregunta Valeria, sorprendida con la abrumadora (y hasta ahora secreta) popularidad de su amiga.

–Pues, a la mayoría, de nada. –Fang se encoge de hombros y provoca, sin pretenderlo, la risa cómplice de Dany y Valeria, que se la contagian y la hacen reír también–. A mis padres les hablas de una fiesta y… Bueno, te organizan esto.

–Mi madre habría hecho justo lo opuesto: recortar mi lista de invitados hasta dejarla en la décima parte, más o menos. Pero es que en mi casa no cabemos tantos ni de broma –comenta Dany.

–Pues lo celebras fuera –sugiere Valeria–. Un burger, una pizzería, un cine… No sé…, hay mil opciones.

–Ya, pero todas son caras. Y en mi casa no nos sobra, precisamente…

Valeria y Fang se callan, avergonzadas. No por la respuesta de Dany, que no ha sonado nada agresiva, sino por no haberse dado cuenta de que el tema del dinero podía ser delicado.

Hasta ahora, nunca había surgido entre ellas, pero ni Valeria se siente bien con su comentario (¿la habrá tomado por una niña pija?) ni a Fang le hace gracia la ostentación mayúscula de la fiesta en su jardín (¿hay algún motivo para que Dany no la haya tomado por una niña pija?).

Por suerte, el momento incómodo –del que Dany finge no ser consciente– se ve interrumpido con la llegada de Martín… y de Iago.

— ¿Ese qué hace aquí?

–¿Tú lo has invitado?

Fang niega con la cabeza, convencida de que ni estaba en su lista ni es probable que sean sus padres quienes lo hayan incluido.

–Pues ya se está yendo, ¿no? –opina Dany, que se niega a acoger a desertores en su bando.

–Hola –las saluda Martín al tiempo que busca el modo de explicar la presencia de Iago. Pero su búsqueda es mucho más lenta que la reacción impulsiva, cómo no, de Dany.

–¿A qué has venido, tío? ¿No pasabas de nosotras?

–Paso de vuestro pódcast. Que es diferente.

–Ah… Vale, pues nada. Si solo es eso… –responde Valeria con todo el sarcasmo del que es capaz.

Qué asco.

Qué rabia y qué asco.

Qué rabia y qué asco y qué mala suerte.

Todo eso es lo que piensa Valeria.

Porque es un asco que la gente no cumpla con su palabra.

Y le da mucha rabia que haya tipos con tan pocos principios como Iago.

Y ya es mala suerte que sea el único chico de su instituto que no necesita disfrazarse de superhéroe para parecerlo de verdad.

–Oye, que si molesto me voy. Además, yo pensaba que esto iba a ser una fiesta, no un carnaval.

–Ya, eso mismo pensaba yo –le sonríe Fang, a quien no le parece tan mal que haya acudido. Al menos a él sí lo conoce, no como al grupo de hijos de familias vecinas que, ahora mismo, se atiborran de sándwiches a unos metros.

–Lo he invitado yo –lo defiende Martín, que se siente algo raro al llevarle la contraria a Dany por primera vez desde que se conocen.

–¿Por? –lo interroga ella, incapaz de encontrar una sola razón válida para esa invitación.

–Porque…

–Porque no todos somos unos rencorosos, tía –lo interrumpe Iago–. Por eso.

Martín no entiende que Iago prefiera quedar como un idiota antes que permitirle contar lo que ha sucedido esta tarde. Y, aunque no lo entiende, lo respeta.

–Pues ya que has venido, quédate, ¿no? –lo invita oficialmente Fang, que sigue pensando que prefiere estar entre gente conocida al festival de anónimos que le han organizado sus padres.

–Si no me hacéis spam del pódcast, sí.

–¿Spam de qué? Si el pódcast no existe, imbécil.

–Eh, eh, Dany, no te vengas tan arriba, que yo no he dicho nada…

–Pero sabes que nos lo han cancelado. Y que duele, ¿no? Así que no sé por qué tienes que hablar de eso.

–Pues sí que venimos alegres –se lamenta Fang, que empieza a arrepentirse de su idea del cumpleaños.

–Fang tiene razón –la apoya Valeria–. Nada de malos rollos hoy, ¿OK? Podemos fingir por un rato que todo está bien y que aún somos la Séptima.

–La Séptima… –repite Iago con una mueca irónica–. Vaya nombrecito, ¿eh?

–Sí, la Séptima –replica Valeria, con orgullo.

Y a lo mejor es solo una impresión equivocada.

Sí, sí, seguramente se lo está inventando.

Pero lo cierto es que Valeria juraría que, debajo de ese gesto chulesco y prepotente de Iago, hay algo más.

Algo que tiene que ver con esa Séptima de la que tanto se burla y a la que, sin embargo, siempre regresa.

Pero no, no puede ser que… O sí, quizá a Iago le gusta más ser parte de la Séptima de lo que está dispuesto a reconocer. Al menos, en público.

Por suerte, como siempre que están juntos, es él solito quien se encarga de romper cualquier clase de acercamiento. Y lo hace tan pronto como Fang le pregunta que de qué se ha disfrazado y él, remangándose la camiseta y flexionando el brazo para mostrar bíceps, responde que de Hércules.

Todo mal.

Por la macarrada de «mirad, aquí mi bola; mi bola, aquí unos amigos».

Y porque Hércules no era un superhéroe. Era un héroe mitológico.

Valeria, por supuesto, se calla ambos comentarios.

El primero, para que no piensen que es una cursi.

Y el segundo, para que no piensen que es una pedante.

Y aunque evita el conflicto callándose, algo en ella se rompe un poquito al comprender que se sigue callando casi todo lo que de verdad quiere decir por miedo a lo que puedan pensar de ella.

Incluso sus amigos…

Por eso al final no le ha dado a Fang el que iba a ser su verdadero regalo.

Uno que no tiene nada que ver con el libro que ha envuelto primorosamente antes de entregárselo y que, eso es verdad, es una de sus novelas favoritas.

Pero el regalo llevaba dentro un sobre en el que se leía «vale por un concierto» y se suponía (o eso era lo que Valeria había imaginado) que, tan pronto como Fang lo leyera, ella se subiría a una silla, o a una mesa, o a cualquier superficie medianamente elevada para cantarle a capela una canción que compuso hace un par de meses y que habla de perder el miedo a ser y a decir.

Una de esas canciones que escribe para contar la persona que querría ser y enfadarse un poco (o un poco mucho) con la persona que de verdad es.

Gracias a los padres de Fang, que han pensado en todo, no habría necesitado ni silla ni mesa, pues han instalado un pequeño escenario en el que, de vez en cuando, gente a la que Fang insiste en no conocer se sube a contar chistes. O a hacer el ganso.

«En ese escenario, tu voz habría sonado preciosa», le dice a Valeria esa otra Valeria confiada y segura de sí misma de la que ella habla en sus canciones.

Y se imagina cantando ese tema para su amiga Fang.

Y recibiendo el aplauso de toda la gente que llena el jardín.

Y hasta la mirada de admiración

(vaya, ¿pero por qué tiene que salir siempre él?) de Iago.

Pero, antes de darle el regalo a Fang, Valeria ha abierto con cuidado el paquete, ha sacado la cartulina con el «vale por un concierto» del interior del libro y la ha guardado en un bolsillo, a la espera de otra tarde en la que el miedo no le robe la voz.

–¿Se puede cambiar la música? –pregunta Iago, que no reconoce ni uno de los temas que suenan.

–Por favor, sí –lo anima Fang–. Es que mis padres me pidieron que hiciera una playlist y la verdad es que no sabía qué poner… Así que se la pedí a ChatGPT y ha salido esto.

Esto es una colección de temas verbeneros infumables, así que Iago no duda en seleccionar una de sus listas habituales y conectarla a los altavoces.

Fang se lo agradece con una sonrisa y Martín se ve reflejado en su desconcierto.

Porque, seguramente, si ella no ha escogido sus propias canciones para la fiesta no es porque no sepa qué música le gusta, sino porque está tan preocupada de agradar a todo el mundo, sus padres incluidos, que no se lo ha preguntado de verdad.

Quizá de eso iba lo de ser la Séptima, se lamenta Martín.

Iba de aprender a decir.

Y de atreverse a ser.

Qué rabia que esa oportunidad se les haya acabado nada más empezar.

–Venga, gente, vamos a bailar un poco, ¿no?

Iago se adueña enseguida del espacio y de la atención general.

Baila bien, piensa Valeria.

«Cómo le gusta ser siempre el prota», refunfuña Dany, aunque no puede negar que se mueve mucho mejor y con más ritmo que la media de los chicos a los que conoce.

Y Fang y Martín se limitan a situarse más o menos cerca de él y a tratar de seguir sus pasos con un mínimo de dignidad mientras Julio y David, los padres de la cumpleañera, lo graban todo para disfrutarlo en una próxima cena familiar en la que Fang se morirá de vergüenza cuando se vea bailando en el televisor.