¿Estamos ready? (Somos la séptima 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

–¡Qué máquina! –Charlie, el capitán del equipo de fútbol, felicita a voces a Iago nada más verlo salir del insti.

–¡La que has liado, bro! –se ríe Bruno, otro de sus colegas del equipo–. Al de Sociales lo echan fijo.

Martín, que está justo a su lado y que juraría que los dos hablaban de lo sucedido, se siente un poco idiota cuando ve cómo Iago se aleja de él para juntarse con ellos.

Intuye que la sonrisa con la que Iago les responde no es del todo sincera, a pesar de que lo haya dejado tirado en cuanto los ha visto. Como si Martín no existiera.

–Ahora sí que entendemos qué hacías con esos frikis  –le dice Bruno con un tono de voz lo suficientemente alto como para asegurarse de que Martín los oye.

Martín se regaña a sí mismo por haberse creído que Iago podría ser algo parecido a un amigo (¿desde cuándo los tíos populares se relacionan con chicos como él?) y corre a casa con dos únicos deseos.

El primero, no encontrarse con nadie por el camino…

Y el segundo, llegar lo antes posible para desahogarse en su cuaderno.

Quizá no haya sido así, duda Martín mientras revisa su dibujo.

Quizá se ha pasado girando la cabeza de Iago…

Pero hay algo en su compañero de la Séptima que lo distingue de Charlie y de Bruno.

Y de los ******** con los que, por suerte, hoy no se ha cruzado de camino a casa.

Algo que no sabe si ha dibujado porque es real o porque le gustaría que lo fuese .

–¿Todo bien, hijo? –lo interrumpe su padre gracias a su bonita costumbre de no llamar antes de entrar.

Martín cierra el cuaderno y fuerza la sonrisa que tantas veces ha ensayado y que Ginés le insiste en que no debería usar como máscara.

Pero Ginés no sabe lo intenso que puede ser su padre.

O lo mucho que se puede comer la cabeza su madre.

Ginés le dice que no sonría porque no es bueno meter los problemas debajo de la alfombra. Ni debajo de la cama. Ni debajo, como está haciendo ahora mismo, de su cuaderno.

Martín entiende por qué se lo dice, sí.

Pero hoy no le apetece sentarse con sus padres y contarles que, a partir de mañana, lo más seguro es que no haya taller.

Que le han quitado algo que apenas había empezado a hacer y donde, aunque todavía no sepa muy bien por qué, se sentía a gusto.

Que ha vuelto a encontrarse con los ******** en el parque y ahora, al volver a casa, prueba cada día un itinerario diferente.

O que ha confirmado que un tío que nunca fue de su liga de posibles amigos no es, menuda sorpresa, de su liga de amigos reales.

Contar todo eso le exige mucha paciencia. Muchas palabras. Y muchos «¿Pero tú estás bien?» más.

Y él, ahora mismo, no tiene ganas de hablar. Ni mucho tiempo (porque Fulgen, en venganza, les ha puesto el examen más difícil del siglo). Ni muchas palabras.

Así que ( sorry , Ginés) usa su sonrisa-máscara, guarda el cuaderno en la mochila y le enseña a su padre el libro de Sociales acompañándolo con un solemne «Tengo que estudiar» que confía en que valga para que lo dejen en paz hasta la hora de la cena.