¿Estamos ready? (Somos la séptima 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Dany les pide que esperen cinco minutos más, pero Valeria insiste en que su madre llegará en cualquier momento para llevarla a su clase de canto.

–¿También cantas? –le pregunta Fang–. Eres una caja de sorpresas.

–Mira quién habla –se ríe Valeria–, pero si tú estás apuntada a todo.

–Ya, pero no te creas que me gusta todo… Lo que pasa es que así mis padres pueden venir a recogerme. Si no es uno, es el otro… Como vivimos tan lejos…

–Y ¿cómo es que te has venido a este insti si te pilla tan mal? Total, son todos un asco –comenta Iago, con su habitual optimismo académico.

–En mi barrio no hay ningún otro que sea público.

–Pero tus padres tienen pasta, ¿no? –apunta Iago mirándole las deportivas–. Porque esas zapas cuestan más de cien pavos, fijo.

–Me dieron plaza en este. No sé…

Fang se aparta un poco, como si estuviera pendiente de la llegada de Martín, pero lo único que quiere es cerrar un tema que la hace sentir incómoda.

Hay algo en su familia, en esa casa bastante más grande que los pisos de sus compañeros, en ese jardín del que –de momento– ni siquiera les ha hablado o hasta en su ropa de marca –con la que sus padres se empeñan en llenar su armario– que la hace sentir cada vez un poco más incómoda.

Es como si, cuantos más años cumpliese, más consciente fuera de desniveles que no deberían existir y que la llevan a preguntarse qué pasaría si ella estuviera en el otro lado.

Sus padres, cuando le entra lo que ellos llaman «sus dudas filosóficas», tratan de convencerla para que no se inquiete por cosas que no deberían preocuparla, pero Fang no está tan segura de que sea así; si no es a ella, ¿a quién deberían preocupar?

–Bueno, ¿qué? –se impacienta Iago–.

¿Este viene o no viene?

Dany les enseña el emoji que Martín acaba de enviarles al grupo:

–¿Y si vamos empezando? –sugiere Valeria sin mucho éxito.

— ¿Y tú qué cantas?

Iago lanza su pregunta con la intención de conocerla un poco más, pero su tono suena tan brusco que parece que quisiera someterla a un interrogatorio.

–Pop, sobre todo. Canto y compongo… A veces.

–Mola.

Valeria se sorprende ante su comentario.

Ha estado a punto de mentir o, por lo menos, de omitir y saltarse lo de que compone sus propios temas.

Temía que la acusaran de la misma repelencia con que la han etiquetado más de una vez.

A Iago, sin embargo, parece que le ha gustado su respuesta.

Y ella, por primera vez desde que están en el grupo, le sonríe.

Quizá lo ha prejuzgado, quizá no sea un tío tan básico como ella había creído.

–¡Por fin! –saluda Dany a Martín, que llega sudoroso y casi sin respiración al parque en el que los ha citado Valeria.

–Bueno, pues, ahora que estamos todos –empieza a hablar Iago–, os lo cuento: me piro. Es lo único que he venido a deciros. Pero no me molaba hacerlo por el grupo de wasap, así que os lo cuento aquí.

Valeria rebobina y retira, una a una, todas las palabras favorables que le había dedicado.

¿Que no es un tío tan básico? Pues claro que sí.

Básico. Muy básico. Basiquísimo. No tiene muy claro por qué le da tanta rabia que Iago se vaya, pero sí que ha elegido el peor momento posible, justo cuando ella les va a proponer un plan de esos que cambian vidas.

–¿Estás bien? –le pregunta Dany a Martín, a quien nota muy agitado, como si su tardanza se debiera a algo más que a haber calculado mal el tiempo que se tarda en llegar desde su casa hasta el punto de encuentro.

Él se limita a asentir y ella no tiene tiempo de preguntarle nada más, pues Valeria toma enseguida la palabra, dispuesta a que se sumen a su acción. Incluso a que Iago, que sigue allí inmóvil a pesar de haber dicho que se va, se replantee su marcha.

–Ya que has venido –lo invita ella–, quédate. Total, no tienes por qué hacer nada… Pero lo mismo esta idea sí te mola.

–Mira, yo me apunté a esto para aprobar Lengua sin pegar ni palo. Punto. Pero a mí vuestras rayadas… Pues, tía, que paso.

–Valeria, ¿y tu idea cuál es? –se impacienta Dany, a quien empieza a darle bastante igual que Iago se quede o se vaya definitivamente.

–Mi idea es que no nos rindamos.

–Guay. Una idea superpráctica… –reacciona Fang sin disimular su ironía.

–Lo que quiero decir es que Marc nunca nos va a dejar sacar lo que tenemos. Pero estoy segura de que ni siquiera es cosa suya.

–Y entonces, ¿de quién es? –interviene Iago.

–¿Tú no te ibas?

Iago se encoge de hombros: no puede negar que la idea de Valeria le ha picado la curiosidad.

–De la dire, fijo –apunta Fang–. No creo que a Regina le mole que uno de sus profes le declare la guerra a otro.

–Obvio. Por eso la guerra se la tenemos que declarar nosotros…

–Que sí, que todo eso suena muy bien –los interrumpe Martín–, ¿pero cómo?

Su reacción los sorprende. Porque han sido muchas más palabras seguidas que las que él suele emplear (diez, en todo un derroche verbal) y, sobre todo, porque no las ha expresado con su tono de siempre, sino con verdadera urgencia.

Habrían esperado una pregunta así de Iago, que sigue sin ejecutar ese «me largo» con el que se ha presentado esta tarde.

O incluso de Dany, que odia perder el tiempo dándole vueltas a imposibles.

Pero les ha chocado que sea Martín quien les exija un plan de acción, como si quisiera zanjar el tema cuanto antes para volver a casa.

–Mañana en el taller –les explica Valeria– grabamos el pódcast con el guion que nos ha propuesto Marc…

— ¿El rollo arcoíris?

–¿Te parece un rollo, Iago? –se molesta Fang.

–Me parece que no va conmigo.

–Pues yo creo que va con todo el mundo.

Nadie dice nada, pero todos piensan lo mismo.

Ahora sí creen saber por qué se larga justo ahora.

O, por lo menos, se lo imaginan. Sobre todo, Martín, que intuye cómo reaccionarían los colegas de Iago, esos mismos a los que vio burlarse de él por ser parte del pódcast, si graba ese episodio.

–Bueno, pues hacemos lo que nos ha pedido Marc –continúa Valeria– y, en algún momento en el que podamos quedarnos a solas, grabamos también nuestra denuncia y la colamos en el programa. Con dos minutos sería suficiente.

–Nos la jugamos fijo… No vamos a aprobar Sociales en la vida, tía.

–Depende, Fang.

–¿Depende de qué? En cuanto Fulgen lo oiga, estamos todas suspensas hasta que nos muramos.

–Si no decimos su nombre, no.

–¿Y de qué sirve entonces?

–¿No lo ves, Dany? Todo el mundo va a saber que nos referimos a él… Pero, si no pronunciamos la palabra «Fulgen», no puede demostrarlo.

–Nos va a odiar igual…

–¿Y qué? –pregunta Iago–. ¿Lo que ese tío piense de nosotros nos importa?

–A mí es que me gustaría sacarme la ESO alguna vez… –comenta Fang, lo que provoca la risa de Dany.

–A todos, sí –insiste Valeria–. Pero si no decimos su nombre es como hacerlo…, pero sin hacerlo. Y, sin embargo, lo estaríamos haciendo.

–Con el trabalenguas ese me he perdido…

–Lo que quiero decir, Dany, es que no es tan arriesgado.

–Ya, ¿y cómo sacamos a Marc del estudio para grabar nuestra parte?

–Podemos inventarnos algo.

–No va a colar –opina Iago–. Marc no es tonto. Raro sí, pero tonto, no.

–A mí se me da muy bien hacerme la enferma –sugiere Fang–. En el otro cole, cuando quería librarme de ir a clase, lo practicaba mucho. Estoy entrenadísima, en serio, y si entonces colaba con mis padres, ahora colará también con Marc, estoy segura.

–Puede servir… Pero tenemos que conseguir que salga contigo para que te acompañe a Jefatura. Está en la otra punta del edificio, así que eso nos daría al resto casi diez minutos.

–Bien, ¿no? –vuelve a intervenir Iago, a quien la idea de la revolución radiofónica le seduce bastante.

–¿Pero tú te vas o no te vas? –lo provoca Valeria, aunque en el fondo le divierta haber llamado su atención.

–Si grabamos más de dos minutos, se va a dar cuenta antes de emitirlo –señala Dany–. Mejor algo cortito y que no se note demasiado si le da por repasar la grabación. Lo dejamos ahí, medio escondido entre todo lo demás, y, así, cuando alguien oiga el pódcast…

–Si lo oyen… –comenta Martín sin ocultar su pesimismo.

–Este sí que lo van a oír –les informa Fang–, ¿o no recordáis que Marc nos contó que quieren ponerlo en tutoría en todos los cursos?

–Vamos, que se va a enterar todo el mundo… –resume Iago, a quien eso le provoca una inseguridad que cada vez disimula peor.

–Si lo hacemos bien, sí –asegura Valeria–. Porque vamos a hacerlo, ¿verdad?

–Pues claro –responde Dany sin dudarlo, y busca a los demás con la mirada para que le den la razón–. Para algo tiene que servir esto de ser la Séptima, ¿no?

Se ríen, chocan las manos y se despiden llenos de algo que, si tuvieran que definirlo, se parece mucho a la ilusión.

A pesar del interrogante sobre Iago, que ni les ha chocado la mano ni les ha aclarado si va a participar o si se va a replantear su salida del grupo.

O de lo raro que han notado hoy a Martín, que camina a casa sin despegar la mirada del suelo, como si quisiera evitar cruzarla con nadie.