¿Estamos ready? (Somos la séptima 1) Capítulo 12
33%

Capítulo 12

–¿Puedes quedarte a tomar algo hoy después de las clases?

–No. –Marc se apresura a corregirse al darse cuenta de que ha dicho justo lo contrario de lo que quería decir–. Sí.

–¿No o sí? –se ríe Yassir, que no tiene claro cuál es la respuesta correcta.

–Que sí, que sí –se ríe también Marc–, que sí puedo.

Eligen una cafetería algo alejada del instituto, lo justo como para evitar encontrarse con otros profesores, padres, alumnos o cualquiera que tenga la más mínima relación con el Maruja Mallo.

Marc ha intentado no darle muchas vueltas al motivo de la invitación de Yassir.

Pero la verdad es que, desde que se lo ha propuesto en el recreo, no ha dejado de pensar en ello, hasta el punto de que no está muy seguro de si ha mezclado sujetos y predicados en la clase de sintaxis con 4.o o si ha confundido a Garcilaso con Quevedo en la clase de literatura con 3.o.

«Total, tampoco creo que les importe demasiado», se consuela, y trata de controlar sus expectativas sobre el rumbo que pueda tomar una conversación que (y aquí le vendría muy bien cualquier verso enamoradizo de Garcilaso) le apetece mucho.

–Quería proponerte algo –empieza Yassir, casi sin dar tiempo a que Marc se siente en la barra y pida algo–. Para tu pódcast.

¿Para su pódcast?

Teniendo en cuenta el éxito cosechado hasta ahora y que se resume en 1) cero repercusión, 2) cero seguidores, 3) cero escuchas y 4) cero interés de su grupo de la Séptima en los temas que Marc les sugiere, no ve grandes opciones de salir airoso de lo que sea que Yassir quiere pedirle.

Pero, como tampoco está dispuesto a defraudarlo antes de tiempo, lo escucha con atención.

–Ya viste la que nos lio Fulgen en el último claustro…

–¿Por lo de la bandera?

–Sí.

–Pues claro que lo vi. Pero imagino que no le vais a hacer caso, ¿verdad?

–Lleva días movilizando al sector rancio del claustro…

–Que son cuatro gatos, Yassir.

–Sí, pero cuatro gatos pesadísimos… Además, no solo está comiéndoles la cabeza a ellos.

–Ah, ¿no?

–No… También ha hablado con la gente de la AFA. Y ahí sí que ha encontrado a algún cavernícola más…

–Los padres de Fang están en la AFA, ¿no? Y dudo que a Julio y a David les haya encantado la ida de olla de Fulgen.

–No, pero hay otros padres a los que sí… Un insti es como un pequeño país, Marc, y tú lo sabes mejor que nadie. Así que aquí hay de todo. Incluso gente que ve en nuestro arcoíris una amenaza.

Marc resopla.

Sabe que Yassir tiene razón. Y eso, precisamente eso, es lo que le molesta.

Le enfada que haya quien crea que esa bandera multicolor con la que solo quieren decir a sus estudiantes algo tan sencillo como «te vemos, seas como seas, te vemos y sabemos que estás aquí» pueda molestarle a alguien.

–¿Y qué quieres que hagamos desde el pódcast?

–Que habléis de por qué es importante que esa bandera siga en el hall. No sé, averigua qué opinan tus chicas. Y tus chicos. Pueden preguntar a sus compañeros, a sus familias…

–O a nosotros –apunta Marc–. ¿Tú te imaginas cómo habría sido nuestra adolescencia si hubiésemos tenido algo así en nuestros instis? Porque yo sí que lo he pensado más de una vez… Y me gustan más esos doce y esos trece años que no tuve que los que me tocaron vivir…

–¿Ves? De eso se trata. De callar a los Fulgencios con argumentos. Y, cuanto más numerosos y más personales sean, mejor.

–Los Fulgencios… –repite Marc y los dos, sin poder contenerse, se ríen–. Podrían montar un grupo de música o algo.

Se vuelven a reír y descubre que los ojos color miel de Yassir son aún más cálidos gracias a esa risa que dulcifica su expresión, habitualmente contraída por la cantidad de trabajo que le llega a Jefatura.

Marc piensa en algo inteligente, bonito e ingenioso que decirle y, por supuesto, no lo encuentra, así que se limita a asegurarle que sí, que el próximo pódcast lo dedicarán a tranquilizar a los Fulgencios que tienen miedo de que el arcoíris los atrape y engulla sin piedad .

–Si tu grupo quiere –se ofrece Yassir–, podrían entrevistarme también a mí. Aunque mi historia da para un especial, ya te aviso.

–Algún día me la tienes que contar.

Su respuesta ha sonado a invitación. Y aunque no era lo que pretendía insinuar, se alegra de haberlo hecho.

Quizá se le da mejor hablar sin pensar que decir después de haber pensado (con todos los peligros que ello supone).

Porque ahora mismo corre el peligro de que Yassir marque distancias.

O, peor, que le responda con un «pero tú de qué vas».

O, incluso aún peor, que lo ignore y no se dé por aludido.

O, lo peor de lo peor de lo peor, que le conteste tal y como está a punto de hacerlo:

–Claro, quedamos una tarde y te cuento.

Y como Marc no estaba preparado para esa respuesta –básicamente, porque tampoco estaba preparado para lanzarle esa pregunta–, se acaba el café, se despide, le repite unas quinientas dieciséis veces que sí, que claro que va a grabar con su Séptima el pódcast que le ha pedido y se mete en el metro con una sonrisa adolescente que no lo abandona en lo que queda del día.

Porque el Marc de doce y trece años, ese que no vio nunca un arcoíris colgado en el hall de su instituto, ese al que nunca le dijeron que estaba bien ser como era y que no debía avergonzarse por ello, hoy siente que todos los colores de ese arcoíris le sonríen y abrazan a la vez.