Capítulo 5
–Lo primero es ponernos un nombre, ¿os parece?
Marc espera un sí entusiasta. O un sí rotundo. O un sí del tipo que sea, pero con el que le den la razón y se lo pongan fácil.
–¿Un nombre ya? ¿En serio? –pregunta Dany con un tono de voz que no puede estar más alejado de sus expectativas.
–A ver –como aún no ha tenido tiempo de aprenderse sus nombres, busca deprisa en la lista que le han pasado en Secretaría–, Daniela…
–Dany –lo corrige ella–. Nadie me llama Daniela. No me gusta.
Marc le sonríe y tacha el «-iela» de su listado. No confía mucho en su memoria, pero sí en lo importante que es llamar a su alumnado por los nombres que sienten que son realmente suyos. Y de eso, por su propia experiencia, también sabe mucho.
–Pues eso, Dany, que sin nombre no hay pódcast. Y, sin pódcast, no hay taller. Además, elegir uno puede ser un modo de empezar a conocernos.
–Pero Dany tiene razón –la apoya Valeria, que ha decidido intervenir convencida de que ese grupo necesita urgentemente a alguien que sepa ejercer el liderazgo–.
Primero tendremos que saber de qué va nuestro pódcast, ¿no?
Y así le pondremos un nombre con sentido.
No sé. Un nombre es como un título. ¿Cómo nos vamos a inventar uno para algo que todavía no existe?
Hay gente que trabaja así, le gustaría añadir a Martín, que conoce unos cuantos ejemplos de autores comiqueros que, según cuentan en sus entrevistas, primero se inventan un título y luego se ponen con la historia, pero, como no está seguro de querer participar en el debate (y, mucho menos, el primer día), sigue con la cabeza metida en su cuaderno, como si albergara la esperanza de fundirse con él y convertirse en uno más de sus dibujos.
–Qué movida –resopla Iago, aburrido.
–Gracias por tu fabulosa aportación –le responde Valeria, que no entiende qué hace ahí ese fife, tal y como le escribió a Dany por wasap nada más conocerlo.
–Venga, vamos a poner un poco de nuestra parte, ¿no? –los anima Marc, que se niega a dejarse llevar por el desánimo colectivo–. Solo se trata de un nombre. Y en cuanto a los temas del pódcast, pues hablaremos de lo que queramos. No sé. De lo que pasa en el insti, por ejemplo.
–Fascinante. –Valeria habría preferido no mostrarse negativa tan pronto, pero estar en un grupo de gente taaaaaan poco creativa y con un director con taaaaaan poca experiencia en viralización, impacto mediático y redes sociales la saca de quicio–.
Si hacemos un pódcast contando lo que hacemos en el insti, no nos va a escuchar nadie.
Todos le dan la razón sin dudar.
Han sentido verdadero pánico al imaginarse un pódcast con un contenido tan emocionante como el de la mayoría de las comidas y cenas familiares:
–¿Qué tal hoy en clase?
–Bien.
–¿Y qué habéis hecho?
–Nada.
–Bueno, algo habréis hecho.
–Lo de siempre.
FIN.
Si eso es lo que van a contar en el pódcast, sus probabilidades de éxito, piensa Valeria, están entre 0 y –23456788.
Marc asiente, dándoles la razón.
Acaba de darse cuenta de que ha subestimado a los chicos y chicas que tiene delante.
Estaba seguro de que, al ser de 1.o de la ESO, con apenas doce años, se limitarían a aceptar todo lo que les propusiera, le sonreirían muy fuerte cuando les dijera que el pódcast iba a ser guay –como si ese guay no sonara ya lo suficientemente boomer – y se mostrarían entusiastas y dóciles durante los cincuenta minutos de cada taller.
Pero no.
Tiene delante a cinco adolescentes que lo miran con exigencia y que puede que no sepan ni lo que quieren ni por qué están allí, pero sí que saben lo que no quieren.
Y lo que no quieren es que su pódcast sea un rollo.
Básicamente.
–Lleváis razón… ¿Y sabéis qué vamos a hacer? Cada semana dedicaremos un rato a decidir los temas que trataremos en la grabación de la semana siguiente. E intentaremos que siempre sean cosas distintas y que os interesen de verdad. Cine, música, deporte… Vale todo.
–OK, pero con eso seguimos igual que antes –opina Dany–: no ayuda mucho a darle nombre. Si podemos hablar de cualquier cosa, podríamos llamarnos de cualquier manera, ¿no?
–Obvio –comenta Fang, que empieza a pensar que no ha sido muy buena idea renunciar a las clases de baile urbano con Emma.
–A ver –se sincera Marc–, es que necesito que el nombre se lo pongamos hoy. Por la subvención…
Todos lo miran algo confundidos, y Marc decide que no va a cometer el mismo error dos veces, así que esta vez les habla con absoluta honestidad.
–Comprar esto –les explica señalando los micros y el equipo de sonido– ha sido carísimo.
Y, para poder hacerlo, desde Dirección y Jefatura han tenido que pedir una subvención que depende de unos fondos europeos…
En fin, un rollo. El caso es que nos han dado la ayuda, pero hay que justificarlo todo y, para eso, hoy tenemos que mandarles un documento con los participantes, el horario y el nombre del proyecto.
Si luego no nos gusta, podemos cambiarlo más adelante…
Pero también cabe la posibilidad de que elegir un nombre nos venga bien para saber qué es esto.
–Si no sabemos ni quiénes somos nosotros… –se le escapa a Martín, que no se da cuenta de que esta vez, en vez de limitarse a pensarlo, lo ha murmurado en voz alta.
Nada más tomar conciencia de que lo han escuchado, su rostro se enrojece a velocidad ultrasónica, lo que empeora aún más al notar la mirada de Iago fija en él.
–Ahí el Velázquez tiene razón…
No sabe qué le da más vergüenza: que todos hayan escuchado una de las frases que solo se atreve a soltarle a Ginés en terapia, que Iago le dé la razón o que se haya fijado en sus dibujos y hasta le haya regalado el primer mote del curso.
Uno que, por una vez, no lo insulta, sino que casi parece que lo elogia.
–Somos –improvisa Marc– ¡el club del pódcast!
Podría preguntarles qué les ha parecido.
Podría, sí.
Pero la expresión en todas sus caras de WTF (o, en versión autóctona, PTDQV [1] ) es respuesta más que suficiente.
–Eso del club está pasadísimo –opina Valeria, que no pierde ocasión de pelear por el liderazgo–. Necesitamos otra cosa.
–¿«Los pringaos que se quedan a séptima hora» vale? –se suma Iago sin disimular ni su ironía ni sus cero ganas de estar allí.
–Tanto entusiasmo no, que me matáis –le responde Marc, que no está dispuesto a que su proyecto naufrague el primer día–. Aunque a lo mejor no has dicho ninguna tontería, Iago. Hay una propuesta ahí…
–¿En «los pringaos»? –pregunta Fang, que no da crédito a lo que ha oído.
–En lo de la séptima.
–¿La séptima qué?
–La séptima todo –murmura Martín, que esta vez sí se asegura de hacerlo lo suficientemente bajo como para que nadie, salvo Dany, lo oiga.
Ella no acaba de entender a qué se refiere, aunque puede intuirlo, porque en su modo de decirlo hay algo parecido a una tristeza, o a unas ganas de dejar atrás esa tristeza, o sencillamente un desahogo en el que Dany también puede verse reflejada.
Así que a lo mejor esa «séptima todo» tiene que ver con todas las veces en las que siente que no la ven, o que no importa lo que piense, o que daría igual que estuviese presente o no.
–Vale –reacciona Dany enseguida, confiando en que eso anime a Martín a subir la voz unos cuantos decibelios más–. La Séptima mola.
— ¿El club de la Séptima?
–Y dale… –Fang ladea la cabeza con fastidio–. Que lo de club da un poco de cringe , profe.
Y Marc, que también se ha fijado en que ese chico que no deja de dibujarlo todo tiene más ganas de hablar que coraje para atreverse a hacerlo, lo invita a intervenir:
–¿Martín? ¿Alguna idea?
En cuanto oye su nombre, Martín siente un foco gigantesco sobre la cabeza.
–Venga, Velázquez, di algo –se suma Iago.
Ya está.
Ya se han dado cuenta de que existe y de que está aquí.
Con lo bien que estaba él en su cuaderno.
Fundido con la página en blanco…
Martín está a punto de decirles que no sabe (o, mejor aún, de encogerse de hombros para dejar claro que no sabe) cuando nota que Dany lo mira y le sonríe.
Hay un adelante en esa mirada.
Un Martín, vamos.
Y unas cuantas palabras de ánimo que no le han dicho antes demasiado a menudo y que él aprovecha para mostrarles a todos el dibujo que acaba de hacer en su cuaderno.