Capítulo 6
Podéis hablar de lo que os apetezca.
Siempre que un profe dice eso, tiene truco.
Porque lo que de verdad quiere decir es:
Podéis hablar de lo que os apetezca mientras coincida con lo que me apetece a mí.
No lo sueltan así, claro.
Además, fingen anotar con mucho interés todo lo que se va diciendo en la pizarra hasta que alguien (¡alehop!) dice justo lo que ellos esperan oír y entonces se encargan de manipularlo todo hasta que (¡sorpresa!) esa es la opción elegida.
Dany lo tiene clarísimo.
Por eso no hace caso a Fulgen cuando les propone que lancen ideas para lo que él llama «el debate de los viernes».
La idea del debate de los viernes tiene pinta de ser algo así como el modo de rellenar el hueco de los viernes a última hora antes de irse a casa, pero a toda la clase le encanta la idea y todo el mundo se anima a soltar lo primero que se le pasa por la cabeza.
Menos ella, claro.
Dany ve cómo Fulgen lo anota todo en el encerado, ya sean ideas serias, como la propuesta de Fang de hablar sobre cómo luchar contra el cambio climático, o ideas que ni siquiera merecerían llamarse ideas, como lo de trucos infalibles para ligar, que lanza –cómo no– Iago y que a Fulgen, cada día más nominable a señoro del año, le hace muchísima gracia.
Ella sabe que no debería decirlo, porque la actividad está trucada y nadie va a votar su idea. Pero Dany siente que debe hacerlo.
Le resultaría más sencillo callarse si ese tema no la quemase por dentro, si no tuviese dentro una llama gigantesca que necesita empezar a apagar de alguna forma.
Y ese fuego, sumado a la mirada cómplice de Martín, que se sienta a su lado desde que son parte de la Séptima, la lleva a alzar la mano.
Se va a arrepentir. Lo sabe.
–¿Daniela?
–Dany.
–Bueno, Dany te llamarán tus amigos. Aquí en mi lista pone Daniela.
–Es que nadie me llama Daniela –explica tratando de no sonar demasiado cortante–. Todo el mundo me llama Dany.
–Ya, pero yo no soy todo el mundo. Yo soy tu profesor. Y me ciño a unas normas. Y a unos documentos. Y tú aquí…, ¿lo ves?, tú aquí eres Daniela.
Fulgen se acerca a ella con la lista de asistencia en la mano y la deja sobre su mesa con brusquedad, en un gesto que ha dejado clara su voluntad de marcar límites y, sobre todo, territorio.
El aula es mía.
Y sus normas también.
Eso es lo que ha querido decirle Fulgen.
O, por lo menos, eso es lo que ha interpretado Dany, cuyo resumen es que su profe de Sociales pasa de ser democrático.
O hasta de parecerlo.
–Y ahora, Daniela, dime. ¿Qué tema te gustaría proponer a ti?
–La violencia machista.
Fulgen pone cara de póker y se gira hacia la pizarra donde escribe «violencia familiar» con un cuerpo de letra ligeramente inferior al del resto de las opciones.
–Violencia machista –repite Dany, que no está dispuesta a que, además de su nombre, también le cambien ahora el de su tema.
–Eso he puesto –responde Fulgen con una sonrisa gélida.
–No. Ahí pone otra cosa.
–Porque ese es el nombre correcto.
–¿El nombre correcto de qué?
–Del problema que tú planteas. Venga, ¿alguien más?
Intenta ignorarla y evitar que continúe hablando, pero Dany, a pesar de que él finge no ver su brazo levantado, no está dispuesta a que la haga invisible.
Ni, mucho menos, a que pisotee algo que de verdad le importa.
Así que, tras mantener el brazo levantado durante más de cinco minutos, a la espera de que Fulgen le dé la palabra, se levanta sin pedir permiso, avanza hacia la pizarra, coge uno de los rotuladores y tacha el «familiar» antes de escribir bien clarito «machista».
En la clase se oye un «hala» que viene de una voz inconfundible (Iago, por supuesto) y que, en el fondo, resume lo que todo el grupo ha pensado a la vez.
–He intentado ser comprensivo, Daniela. –Reacciona él con frialdad, tratando de no perder la compostura–. Pero con esa actitud no me has dejado más remedio que…
–¿Que ponerme un parte? Pues no hace falta, ya me voy yo a por él.
Antes de que Fulgen pueda reaccionar, Dany ya está abriendo la puerta del aula y encaminándose hacia Jefatura, dispuesta a contarle a Yassir todo lo que ha pasado y a afrontar las posibles consecuencias de su decisión.
Y mientras recorre el pasillo rumbo a Jefatura, disfruta recordando la cara de desconcierto y humillación con la que ha dejado a Fulgen.
Solo por su careto, se ríe, ya ha valido la pena.