¿Estamos ready? (Somos la séptima 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La culpa ha sido de Marc, por preguntar.

A ver quién le mandaba pedirles que le contaran por qué se han apuntado al pódcast.

En su cabeza la idea sonaba espectacular:

Porque mi sueño es ser periodista.

Porque me interesa mucho la actualidad.

Porque siempre he querido tener un pódcast.

Pero su pregunta para romper el hielo lo único que ha roto es su esperanza de que ese taller salga bien.

La respuesta mayoritaria ha tenido unos claros protagonistas: los padres.

• Porque mis padres me han chantajeado: o hago algo que no sea deporte o me borran de alguno → Dany

• Porque mis padres no pueden recogerme antes de las 3 y, como no hay ruta, tampoco quieren que me vuelva sola a casa → Fang

• Porque mis padres me han dicho que me vendrá bien → Martín

• Porque mis padres creen que pega conmigo → Valeria

• Porque SE APRUEBA → Iago

La respuesta de Iago, por lo menos, no incluye a sus padres, así que Marc casi le agradece su obstinación por aquello de dar un poquito de originalidad al repertorio de motivaciones.

Claro que, si la situación fuera justa y realmente democrática (y, seamos sinceros, las aulas fingen serlo, pero NO LO SON), ellos tendrían derecho a hacerle la misma pregunta a él.

¿Y tú por qué te has inventado lo del pódcast?

Y Marc, en ese hipotético caso, habría podido inventarse algo que sonara bonito o ser sincero y abrirse muchísimo ante ellos el primer día. Algo que, de momento, no parece dispuesto a hacer.

LO DEL PÓDCAST

—Micrófonos, auriculares, mesa de sonido…

Regina, la directora del Maruja Mallo, se quita las gafas con la teatralidad a la que recurre cuando quiere dejar claro que algo no le parece bien y mira fijamente a Marc.

—¿Tú estás seguro de que necesitas todo eso?

De repente, el entusiasmo que le había mostrado en un primer momento ante el proyecto del pódcast se ha visto oscurecido por el hecho de que se necesite una mínima inversión.

«¿Cómo se creía que iban a grabar y emitir el pódcast?», se indigna Marc. «¿Con un tam-tam?».

—No es un gasto imposible, Regina. Si te fijas, al final del documento he añadido opciones de precios y unos cuantos proveedores muy económicos que…

—Mira, Marc, tú sabes que me encanta la idea del taller.

Porque m-e-e-n-c-a-n-t-a —le asegura la directora alargando mucho cada sílaba, para que no se le escape ni un ápice del encantamiento en cuestión—, pero es que en este centro hay muchos gastos.

Acabamos de reformar el gimnasio, de pintar las canchas, de cambiar las canastas…

Gimnasio + canchas + canastas + todo lo que Regina sigue enumerando y que Marc ya no escucha = Emma.

Marc lo entiende.

Sí, aunque le fastidie.

Pero lo entiende.

Emma curra bien.

Es más, curra tan bien que incluso los chavales que odian la Educación física aseguran que se lo pasan bien con ella.

Es maja.

Es divertida.

Se lleva de calle a todo el mundo.

Y, claro, cuando pide algo para su asignatura, se lo conceden.

No es envidia, que conste.

Aunque a él Emma no le termine de caer del todo bien.

Bueno, que no es que le caiga mal, ¿eh? Solo que lleva regular a la gente para la que todo es fácil, porque Marc está convencido de que, en su caso, no lo ha sido nada. Nunca.

Espera a que Regina termine de hablar para usar las tres únicas (y, en realidad, últimas) estrategias que considera infalibles.

Estrategia 1: dar pena.

—Tú sabes cómo necesitamos talleres así en centros como este. ¿O te crees que la mayoría de nuestros chicos pueden pagárselo fuera? Si esperamos que crean que pueden llegar a ser lo que quieran, tenemos que empezar por que puedan serlo aquí.

Estrategia 2: dar mucha pena.

—Este instituto está lejísimos de todo. No tenemos ni ruta, ni comedor, ni metro cerca.

O los traen sus padres o cogen no sé cuántos autobuses.

Y los de 1.º a veces se quedan aquí esperando un buen rato hasta que alguien de su familia puede venir a por ellos…

¿No es mejor que pasen ese tiempo haciendo algo que les interese?

Piensa en esas pobres familias, en la conciliación…

, en fin, Regina, qué te voy a contar que tú no sepas.

Y estrategia 3: dar muchísima más pena todavía.

—Si no se puede hacer, lo voy a aceptar, pero me va a doler tanto… Estaba muy ilusionado con esta idea. Y sé que a ellos también les va a emocionar. Imagínate: un sitio para poder hablar y ser ellos mismos. Un espacio propio… Que entiendo que no sea posible, en serio, pero me rompe por dentro…

La estrategia 3, que también podríamos llamar «a la desesperada», la acompaña con su carita de niño bueno (la única que, hasta la fecha, se ha mostrado casi infalible incluso con su madre, lo que, sabiendo lo inflexible e insobornable que es, no deja de tener un gran mérito).

Otra estrategia, que habría sido la 4 si Marc hubiera tenido el valor de ser sincero, habría sido explicar a Regina por qué un taller como ese le salvó la vida hace muchos años, cuando tenía la misma edad que sus alumnos.

Pero hoy no quiere hablar de eso.

En realidad, no quiere hablar de eso nunca.

(¿Debería?).

Regina suspira, vuelve a mirar el documento, se pone otra vez las gafas de cerca con el mismo aire teatral con el que se las había quitado antes y firma la solicitud.

—Está bien…

Marc respira aliviado. Ha visto tan cerca la cancelación de su proyecto que aún le cuesta creer que sea real.

—Pero haz que me sienta orgullosa.

—Por supuesto, Regina, por supuesto —asiente, sin saber muy bien cómo cumplir su petición.

Qué importa: ya lo averiguará.

Ahora mismo, Marc lo único que sabe es que, en adelante, los martes a séptima hora serán el mejor momento de la semana.