Capítulo 3
–¿Solo estáis vosotros? –los saluda Marc, el único de los profes que ha conseguido mantener su atención durante el rato que les ha dado clase esta mañana.
–Eso parece –responde Valeria.
–Ya… Pues, si os parece, esperamos otros cinco minutos por si viene alguien más.
Valeria mira a Dany con cara de «pero este pobre de qué va».
Dany mira a Martín con cara de «en serio se cree que va a venir más gente».
Y Martín, que no sabe qué cara poner, mira a su cuaderno buscando el modo de dibujar a Marc, que no deja de observar la puerta como si una multitud de adolescentes estuviera a punto de cruzarla.
–Me da que solo vamos a ser tres –se atreve a opinar Valeria, algo desanimada ante el escaso éxito que ha tenido la idea del pódcast entre sus compañeros.
–Cuatro –la corrige otra chica que entra corriendo y cargada con bolsas de todas las actividades complementarias que la esperan cada tarde.
–Qué bien, Fang, al final sí has venido –la saluda Marc, que desde que propuso el taller se ha prometido considerar que la asistencia de cualquier número superior a dos unidades de persona ya es un éxito.
–Sí, pero solo para probar… A esta hora hay también baile urbano.
— Vaya, no sabía que teníamos competencia…
«Todo mal», piensa Marc.
Si ya es difícil que alguien se quiera quedar a currar en un pódcast a séptima hora por voluntad propia, aún lo es más que lo elijan a él si hay otras actividades el mismo día y a la misma hora.
Sobre todo, si esas actividades las organiza Emma, la de Educación física, la profesora oficialmente más simpática, más enrollada, más alucinante y más genial de todo el Maruja Mallo, y a la que adoran familias, alumnado, claustro y hasta gente de la calle que no tiene nada que ver con su insti, pero que seguro que la conocen y adoran por igual.
Que Emma haya puesto el grupo de baile urbano los martes a séptima, justo cuando él le dijo a Yassir que iba a proponer el taller de pódcast, es competencia desleal.
Y eso Yassir también tenía que haberlo previsto, ¿o no?
A ver, que Yassir es el jefe de estudios.
Y se supone que un jefe de estudios debería impedir que dos actividades coincidan.
Se lo dirá.
¡Claro que sí!
Claro que se lo dirá. Y se pondrá muy serio, se promete Marc.
Eso, muy serio.
Entonces lo mirará a los ojos y…
Fatal.
En cuanto lo mire a los ojos (a ESOS ojos) está perdido.
De momento, Marc juraría que Yassir no se ha dado cuenta.
Aunque a él le tiemble un poco la voz cuando coinciden a solas en algún pasillo. O en la sala de profesores. O en su despacho.
Aunque Marc no pueda despegar la mirada de él cada vez que le intenta contar algo.
Incluso aunque adopte posturas absurdas cuando lo ve llegar por el pasillo como si fuera la versión viviente del meme de «actúa natural, que ahí viene tu crush ».
— ¿Lo de la radio esa es aquí?
Marc y sus cuatro primeros voluntarios se vuelven hacia la puerta, desde donde los mira, acodado en el marco, Iago, el chico más alto y corpulento de todo 1.o de la ESO.
«El que faltaba», piensa Martín, que reconoce enseguida al de la camiseta de fútbol y al que no duda en proponer como candidato para la primera lluvia de asteriscos de su nuevo insti.
Dany resopla sin demasiado disimulo al ver cómo Iago cruza los brazos y los aplasta contra el cuerpo, un truco barato para que sus bíceps parezcan aún más grandes de lo que ya son.
No sabe por qué, pero ese chico le ha caído regular.
No, no: mal.
No, no, no, no: fatal.
Y no solo por los tres millones de interrupciones de la mañana, con las que se ha ganado el premio al estudiante más nombrado del día por medio claustro:
Iago, cállate.
Iago, levanta la mano si quieres hablar.
Iago, no, no, no puedes salir al baño ahora.
Iago, guarda el móvil.
Iago, no me hagas ponerte un parte el primer día.
A Dany, Iago no le ha molado nada, pero a sus profes, aunque finjan ser imparciales y todo eso que sabemos que no son, seguro que les ha gustado muchísimo menos.
–Lo del pódcast –repite, como si no lo hubieran oído antes–, que si es aquí o no.
–Sí, claro, es aquí.
Marc espera a que Iago, que lo mira con un gesto que no sabe precisar si es desafiante o simplemente escéptico, haga algo.
Y Martín, que ha vuelto a pegar la cara a su cuaderno, lo espera también.
Espera, ante todo, que se largue.
Lo espera y lo desea tanto que hasta lo dibuja a toda prisa con la esperanza de que su viñeta, en la que lo retrata despidiéndose, pueda servir de conjuro, o de sortilegio, o de alguno de esos rollos mágicos que suceden en los mangas que le gustan, y en los cómics de superhéroes que le gustan, y en todo lo que sí le gusta, porque en esas historias los bullies suelen acabar mal y los buenos ganan y a los chicos como él, que no tienen los brazos de Iago, ni la altura de Iago, ni el morro de Iago, los dejan en paz y nadie les hace la vida imposible.
Martín no lo conoce, eso es verdad.
Pero no necesita hacerlo.
Lo ha reconocido en cuanto lo ha visto esta mañana en clase.
Nada más abrir la boca en clase de Sociales.
Con esa chulería que ya ha visto antes.
Igual que ahora, ahí de pie, echado en la puerta.
Provocando.
¿Provocando el qué? ¿A quién?
Le da mal rollo. Punto. Porque se parece demasiado a los ******** de su colegio.
A esos ******** que evita encontrarse por su barrio y que, incluso ahora, aún ve en algunas de las pesadillas que Ginés le ha prometido que, poco a poco, conseguirá controlar.
Y como no quiere que lo ya vivido se repita, rodea con bolígrafo rojo el dibujo que acaba de hacer.
Iago largándose.
Iago yéndose con su cuerpo de chaval de quince años metido en el de un chaval de doce adondequiera que sea el lugar donde entrena.
Porque Iago, si su camiseta no es solo atrezo, debe de jugar al fútbol. Y nadar. Y practicar MMA. Y atletismo. Y todo junto.
Es uno de esos chicos de su edad que a Martín lo acomplejan. Y que a Dany la cargan, porque se creen que por ser tíos ya son mejores que ella, a pesar de que jugando al fútbol ella sea la mejor. Y nadando. Y compitiendo en un tatami. Y haciendo atletismo. Y todo junto.
–A ver, Iago –comienza a impacientarse Marc–, ¿vas a pasar o no?
— Pffffff … ¿Con esto se aprueba?
Ahora el que resopla, muy fuerte y sin poder evitarlo, es Marc.
Tiene tres opciones:
La opción 1 es ser sincero: No, con venir aquí no se aprueba Lengua. Consecuencia: Iago se larga, pasa del pódcast y, seguramente, suspende. Resultado: Sus padres reclaman.
La opción 2 es mentir: Sí, con venir aquí sí se aprueba . Consecuencia: Iago se queda, se apunta al pódcast y, seguramente, también suspenda. Resultado: sus padres reclaman y Iago se la monta muy fuerte.
Y la opción 3 es responder a su pregunta con otra pregunta: ¿Entras o no?
Consecuencia: Iago a lo mejor sí que entra, se queda y se apunta al pódcast creyendo que con eso se aprueba hasta que, como la sintaxis es así de traicionera, suspende Lengua.
Resultado: sus padres reclaman y Iago se la monta, pero Marc mantiene la conciencia tranquila.
Decidido: opción 3.
— ¿Entras o no?
Iago, tras haber estudiado a quienes serán sus compañeros de taller, se decide a pasar.
–Pues ya somos cinco –celebra Fang.
–Sí, sí –asiente Dany, nada convencida–. Y qué cinco…