Capítulo 2
–¿Es aquí?
Martín se gira al oír la voz de la chica que acaba de entrar en el aula. No recuerda su nombre, porque tampoco ha prestado mucha atención cuando pasaban lista, pero sabe que está en su clase.
Imposible no haberse dado cuenta después de la que ha liado ella solita a primera hora de la mañana.
–¡Que si es aquí! –insiste.
Él la mira sin responder. Total, se puede referir a un millón de cosas –como mínimo– con ese «aquí».
–Lo del pódcast, tío.
Ah, vale, ahora está claro, así que Martín asiente moviendo la cabeza intensamente y regresa, sin añadir ni una sola palabra más, a su cuaderno, donde se pregunta si no debería pintar más gente feliz en su pasaporte para que Ginés no le coma la cabeza con eso de que tiene que socializar.
–Genial, porque pensaba que llegaba tarde.
A ver, si nos habían convocado a séptima hora, y la séptima hora empieza a las dos y media, y ahora mismo solo son las dos y veintitrés, es imposible que sea tarde.
Pero, como a Martín decirle todo eso le suena un poco borde para alguien a quien acaba de conocer, se lo calla y se limita a hacer su gesto favorito: encogerse de hombros.
Encogerse de hombros es una acción fenomenal, porque vale para casi todo:
cuando no estás seguro de algo,
cuando sí estás seguro, pero prefieres fingir que no para que te dejen en paz,
cuando ni estás seguro ni dejas de estarlo, pero lo que te han preguntado te importa entre poco y nada,
cuando solo quieres que la otra persona se calle para seguir a tu bola (y así, más o menos, hasta el infinito).
–¿Está ocupado?
Como la chica se sienta a su lado antes de q…
–Soy Daniela.
Repetimos: como Daniela se sienta a su lado antes de que M…
–Pero ni se te ocurra llamarme Daniela. Todo el mundo me llama Dany.
Venga, va: como Dany se sienta a su lado antes de que Martín tenga tiempo de responder, no sabe si decir «no» se interpretará como un «no, no está ocupado» o como un «no, no quiero que te sientes aquí, ni saber cómo te llamas, ni llamarte Dany o Daniela, porque lo único que quiero es seguir dibujando a mi bola y en silencio ».
Así que, en vez de hablar, Martín se limita a mover la cabeza, primero hacia los lados (lo que sería un «no está ocupado») y luego de arriba abajo (lo que le gustaría que ella interpretase como «pero tú haz como si lo estuviera»).
–Oye –le pregunta Dany–, ¿tú hablas alguna vez?
En boca de otras personas, y en otro momento, pero en un lugar muy parecido a este, a Martín le habría molestado esa pregunta. Se la habrían soltado con el mismo tono con el que se lo decían todo en ese cole lleno de zombis de los que se siente un superviviente.
Pero el tono de Dany suena distinto. Aunque Martín no sepa explicar bien por qué, suena bien.
Tanto como para que le arranque una sonrisa y ella, enseguida, se sume también.
Los dos sonríen y él se sorprende al darse cuenta de que acaba de poner una expresión muy parecida al chico alegre de su dibujo.
–A veces sí que hablo. –Y hasta se anima a reírse.
— ¿Pero nombre tienes o lo tuyo es más el rollo anónimo?
–Martín. Y la gente me llama Martín, pero es que mi nombre no da tanto juego como el tuyo.
Esta vez la que se ríe, y de verdad, es Dany.
Martín no tiene claro si ella se ríe porque él ha dicho algo gracioso (que juraría que no) o porque se han caído bien, pero cualquiera de los dos checks le parece estupendo.
–A ver quién más viene… y de qué va esto.
La voz de Dany, siempre decidida, suena igual que ha sonado hoy a primera hora, en Sociales, en el único momento de esa clase en el que Martín se ha despertado gracias a lo de la sirena.
LO DE LA SIRENA
Dany había prometido (a sí misma y también a su madre) que no iba a abrir la boca.
Por lo menos, el primer día. Y ha cumplido con su promesa mientras el tío ese pesado hablaba de cómo puntuaba el cuaderno, de los 4.567 trabajos que deberán entregar cada trimestre, de los tropecientos exámenes y de lo importante que es saber historia porque bla, bla, bla y más bla.
Hasta que el buen señor, que bastante tiene con llamarse Fulgen —de Fulgencio; es difícil decidir cuál de las dos opciones suena peor—, ha empezado a criticar todas las series y todas las películas y todas las novelas actuales y, en general, todo lo que no fuera su libro de Sociales porque, según él, el cine y la literatura de hoy en día mienten y se inventan la historia.
—Las cosas son como son y pasaron como pasaron, nos guste o no. ¿O qué sentido tiene maquillarlo para que sea políticamente correcto? Ninguno. Y eso es lo que vais a aprender aquí. A ser críticos y a que no os den gato por liebre.
—Tampoco somos tontos, ¿eh? —ha reaccionado, con un tono molesto y desafiante, un tipo con una camiseta de fútbol y unos bíceps en los que Martín ha calculado que cabrían, aproximadamente, tres brazos suyos como mínimo y que, solo por eso, no le ha caído demasiado bien.
—¿Y tú te llamas…?
—Iago.
—¿Y no sabes levantar la mano?
Iago se ha echado hacia atrás en la silla y se ha encogido de hombros, dejando claro que no tenía la más mínima intención de responder y que, posiblemente, tampoco se moleste en volver a intervenir en esa clase.
—No digo que seáis tontos, Iago —le ha respondido Fulgen tratando de suavizar un poco su respuesta anterior—, solo que os lo tragáis todo. Mirad, un ejemplo.
Y, sin que nadie supiera por qué, Fulgen se ha puesto a dibujar (mal) una sirena en la pizarra.
—Todos sabemos que la sirenita de Andersen era rubia y blanca, ¿verdad?
Y eso no es nada racista. Eso es mantenernos fieles a la historia.
Pues, cuando llega una película y nos pone una sirenita negra, nos están tomando un poco el pelo, ¿no os parece?
Que está genial que haya gente de color en el cine, claro.
Y en todas partes. Pero sin cargarse la historia, porque con tanta inclusión forzada no hay ya quien reconozca el pasado.
Valeria, que conoce a Dany desde primaria, la ha mirado justo en ese momento.
No: Valeria, que sabe muy bien de lo que es capaz Dany desde primaria, le ha dado una patada por debajo del pupitre para que no abriera la boca.
Pero a Dany, todavía noqueada por ese «gente de color» que no se explica cómo puede haberse pronunciado en voz alta, se le ha empezado a agotar la paciencia en cuanto Fulgen se ha creído Van Gogh y ha perpetrado esa sirena ortopédica en la pizarra.
—Entonces, ¿las sirenas son seres históricos? —ha preguntado sin esperar a que le diese la palabra.
—A ver, por favor, no vayamos ahora a tergiversar mis palabras, que yo no he dicho eso.
—Has dicho que una sirena negra no sería fiel a la historia, así que eso significa que las sirenas existen, ¿no? Lo digo porque a mí me encantaría sentarme a charlar con alguna. Y seguro que a mis compañeros también.
Según Valeria, lo que ha estado a punto de costarle a Dany su primer parte no ha sido solo su pregunta, o su sarcasmo, o hasta su chulería (que también), sino la risa general de toda la clase justo después de su intervención.
A Fulgen Gogh le ha sentado de pena que «unos cuantos niñatos de 1.º de la ESO» (así lo ha resumido un poco más tarde en la sala de profesores) se rían en su cara (y en la de su sirenita) y ha pasado al modo amenazante en un segundo:
—Mire, señorita…
—Dany.
—Aquí se puede usted ahorrar el discursito —ha seguido él ignorando su nombre—. Que esta es una clase seria. No una verbena para gretatúner .
Dany ha tardado unos segundos en entender que gretatúner era Greta Thunberg en fulgencio, pero ha preferido no corregir su pronunciación —pues bastante tenía ya con lo que tenía—, guardar silencio y reservarle un rencor infinito a ese hombre al que va a soportar nueve meses más durante el que promete ser un larguísimo curso.
–Dany, tía, ¿no me has guardado sitio?
Martín se gira y ve a su lado a otra chica de su clase cuyo nombre, por supuesto, tampoco se sabe.
–Valeria, no pasa nada por que no nos sentemos juntas en TODAS las clases, ¿no?
–Ya, bueno, pero…
–Pero nada, que hay que conocer gente. Mira, por ejemplo, este de aquí es gente. Vamos, que no se llama gente, que se llama Martín. Pero, para lo que habla, podría llamarse gente también. Ah, y parece majo. Aunque, cuando empiece a hablar, lo mismo lo desmiente.
Martín sonríe a Valeria, que a su vez sonríe a Martín, y él piensa para sí que no conoce a nadie que hable tan rápido como Dany. Ni que le haga tanta gracia (sin motivo) como Dany.
Eso se lo tiene que contar a Ginés: le va a gustar saber que a séptima hora coincide con gente de su clase en la que no piensa en forma de asteriscos, sino que tienen nombre y hasta sonrisa propia.