¿Estamos ready? (Somos la séptima 1) Capítulo 1
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¿Estamos ready? (Somos la séptima 1)

¿Estamos ready? (Somos la séptima 1)

Por Nando Lopez

© inepub.com

Capítulo 1

No sabe si se lo enseñará a Ginés en su próxima sesión, porque su terapeuta le ha insistido en que tiene que hacer más dibujos felices y, según su limitada forma de ver la realidad –que, básicamente, parece ser la única forma de pensar adulta–, seguro que Ginés opina que ese niño que mira las puertas del IES Maruja Mallo con cara de nada no es una imagen demasiado feliz.

Pero lo es. ¡Vaya si lo es!

Porque tener cara de nada es mucho mejor que tener cara de miedo. O de terror.

Porque «no es tan grave».

Porque «son cosas de críos».

Porque «solo son bromas» (y entonces, ¿por qué a él no le hacen gracia?).

O porque «ya les hemos mandado un parte a casa» y, sí, va a ser supereficaz que sus padres firmen una hojita donde digan que se dan por enterados de que sus hijos son unos ******** (puede que a Martín no le gusten las palabras feas, pero las usa bastante cuando piensa en ellos).

Por eso su dibujo con cara de nada le parece especialmente feliz.

Porque si ese chico tiene cara de nada es porque aún puede pasar cualquier cosa. Y eso ya es bueno. Incluso ilusionante. Aunque Ginés, y sus padres, y su abuela, y todos los que lo rodean crean que no es lo bastante alegre ni demuestra el progreso que su terapeuta espera de él.

Por suerte, Martín tiene clarísimo que para engañar a un adulto solo hace falta fingir que se le obedece y que tiene razón.

Así que abre otro cuaderno –que decide llamar «el pasaporte», porque lo usará para que le dejen hacer lo que le dé la gana– y dibuja al mismo niño con otra expresión para que Ginés, y sus padres, y su abuela, y hasta la tutora de 5.

o, que fue la única que se tomó en serio lo que le estaba pasando, se queden a gusto de verdad.

Entre el chico con cara de nada, que tiene todo un curso por delante para llenarla de algo, y el que sonríe sin venir a cuento porque empieza el insti, Martín tiene clarísimo que prefiere al primero.

El segundo, por mucho que sonría, no puede ser feliz.

Nadie que sea feliz, ni que esté en sus cabales, sonríe así porque empiecen las clases. Es más, eso va en contra de uno de sus pocos principios innegociables:

La gente que se alegra de que se acaben las vacaciones no es de fiar.