Tu recompensa final
Tu amigo se queda unos minutos más tumbado en tu cama, recuperando el aliento, con una mano todavía descansando posesivamente sobre mi pierna mientras que yo le acaricio el pecho con lentitud, sonriéndole con complicidad, antes de susurrarle algo al oído a lo que él asiente y seguidamente se levanta algo cansado y empieza a vestirse.
El amanecer ya se filtra débilmente por las cortinas de tu habitación, tiñendo todo de un tono gris-azulado.
Mientras él se abrocha la camisa, yo sigo desnuda sobre tus sábanas revueltas y manchadas, con las piernas abiertas sin pudor y el semen de tu amigo todavía escurriéndose lentamente de mi coño.
Te miro fijamente desde la cama, disfrutando de cómo sigues sentado en esa silla de la esquina, inmóvil, destrozado y más cachondo que nunca.
Tu amigo se acerca a mí, me da un último beso profundo y me aprieta una teta con fuerza antes de dirigirse hacia la puerta y justamente al pasar junto a ti, te da una palmada en el hombro con una sonrisa cansada pero satisfecha diciéndote.
—Gracias por prestarme a tu escritora, tío —te dice con tono burlón—. Ha sido una noche increíble y no olvides avisarme cuando volváis a quedar…
Tú no le respondes, simplemente tragas saliva y cuando la puerta principal se cierra con un clic suave y escuchas sus pasos alejándose por la calle, nos quedamos completamente solos en tu casa.
A solas entre tú y yo con un silencio que cae sobre la habitación que es denso, y se mantiene cargado de todo lo que ha pasado esta noche.
Me incorporo estirándome como una gata sobre tu cama, arqueando la espalda, dejando que mis tetas se muevan libremente y te miro con esa sonrisa lenta y dominante que ya conoces demasiado bien.
—Mírame—te ordeno con voz baja pero firme—. Pero no te levantes todavía. Quédate sentado donde estás.
Tú obedeces, permaneciendo en la silla y yo me incorporo un poco, poniéndome de rodillas en la cama y abriendo más las piernas para que tengas una vista perfecta de mi coño usado y enrojecido.
—Después de todo lo que te he hecho sufrir esta noche… —te digo con tono suave pero claramente dominante—, creo que te mereces un pequeño premio, pero lo harás a mi manera. Siempre a mi manera…
Me paso una mano lentamente por el cuerpo, acariciándome las tetas, bajando por mi vientre hasta llegar a mi coño e introduzco dos dedos dentro de mí sin prisa, sacándolos cubiertos de la mezcla de mis jugos y el semen de tu amigo. Te los muestro, brillando bajo la luz tenue del amanecer.
—Mírame —te susurro—. Y sácatela ahora.
Tú titubeas solo un segundo, pues ya no aguantas más y con tus manos temblando te bajas la cremallera del pantalón y te la sacas ante mí. Está durísima, dolorosamente hinchada después de horas de excitación contenida, con la cabeza brillante de líquido pre-seminal.
—Así… muy bien —te digo con aprobación cruel—. Ahora envuelve tu mano alrededor de tu polla y empieza a masturbarte para mi pero hazlo despacio porque quiero que te toques un buen rato mirándome y observando exactamente lo que otros han disfrutado esta noche y que tú antes solo has podido observar.
Comienzas a masturbarte delante de mi moviendo tu mano hacia arriba y abajo, con la respiración agitada mientras que me ves como sonrío satisfecha y me recuesto mejor contra los almohadones, abriendo más las piernas para ti.
—Mírame el coño —continúo con voz ronca y dominante—.
Está lleno de su corrida. ¿Ves cómo brilla?
¿Ves cómo está abierto después de cómo me ha follado tu amigo en tu propia cama?
Eso es lo que te pone, ¿verdad? Saber que yo he sido una zorra toda la noche…
y que tú sigues aquí, duro como una piedra, pajeándote delante de mí como un cornudo desesperado mientras yo te miro.
Sigo tocándome delante de ti, frotando mi clítoris lentamente con círculos perezosos mientras mis ojos no se apartan de tu polla dura y cada vez que tu mano sube y baja, yo gimo bajito, como si estuviera disfrutando de tu obediencia.
—Más despacio —te ordeno de repente—. No quiero que te corras todavía porque quiero que disfrutes cada segundo de esta recompensa… Quiero que mires cómo me meto los dedos en mi coño que otros se han follado esta noche… y que sigas pajeándote para mí.
Introduzco dos dedos otra vez dentro de mí coño, moviéndolos lentamente, haciendo que el sonido húmedo y obsceno llegue claramente hasta ti mientras mi otra mano aprieta una de mis tetas, pellizcando el pezón mientras te miro con absoluta posesión.
—Eres mío, cornudo y esta noche has sido el espectador perfecto… y ahora, por fin, te dejo tocarte pero solo porque yo lo permito y porque yo decido cuándo y cómo vas a correrte.
Tu mano sigue moviéndose alrededor de tu polla, más lento de lo que te gustaría, mientras yo sigo tocándome delante de ti, provocándote, dominándote incluso en este momento de aparente recompensa.
El amanecer entra cada vez más fuerte por la ventana, iluminando tu humillación y mi control absoluto sobre ti.
Cada vez que subes y bajas la mano sientes cómo tu polla palpita con fuerza, hinchada después de horas y horas de excitación contenida, goteando líquido per-seminal que resbala por tus dedos y yo te observo con una sonrisa lenta y satisfecha desde los almohadones, disfrutando visiblemente del espectáculo de tu obediencia absoluta, pero después de varios minutos en los que no dejo de mirarte ni un segundo, levanto la mano con autoridad y te ordeno con voz baja pero inapelable:
—Para y deja de tocarte ahora mismo.
Tú sueltas tu polla de inmediato, aunque se nota el esfuerzo que te cuesta y ella se queda allí, tiesa, roja y palpitando en el aire, balanceándose ligeramente con cada latido de tu corazón acelerado, pues el deseo de seguir masturbándote es casi insoportable, pero mi orden te mantiene congelado.
—Bien… muy bien —murmuro con aprobación cruel—. Ahora levántate de esa silla, despacio y quiero verte caminar hacia mí como el cornudo desesperado y obediente que eres después de toda la noche.
Te pones de pie con las piernas temblorosas y tus pantalones siguen bajados a medio muslo, pero no te los subes.
Caminas lentamente hacia el borde de la cama, sintiendo cómo tu polla dura se mueve con cada paso, apuntando hacia mí y te detienes justo frente a mí, tan cerca que puedo extender la pierna y rozar con los dedos de mi pie la piel caliente de tu muslo.
—Más cerca —te susurro, abriendo un poco más las piernas para que sientas el calor que emana de mi coño—. De rodillas ¡Ahora!.
Te arrodillas frente a mí en el suelo, entre mis piernas abiertas y tu cara queda a solo unos centímetros de mi sexo usado sintiendo el olor intenso a sexo, a semen y a mi excitación, y desde esta posición puedes ver absolutamente todo: mis labios hinchados y enrojecidos, el semen espeso de tu amigo que sigue escurriéndose lentamente hacia afuera, brillando bajo la luz tenue del amanecer.
—Quítate toda la ropa —te ordeno con voz ronca y dominante, incorporándome un poco para mirarte desde arriba—. Quiero que estés completamente desnudo delante de mí, sin prisas y quiero disfrutar cada segundo mientras te desnudas para tu hotwife después de todo lo que has sufrido esta noche.
Con las manos temblando visiblemente empiezas a quitarte la camisa, dejando al descubierto tu pecho agitado, luego terminas de bajarte los pantalones y los calzoncillos hasta quitártelos del todo y continuación, te quedas completamente desnudo de rodillas frente a mí, con la polla dura como una piedra, palpitando sin control y goteando constantemente.
Yo te miro de arriba abajo con lentitud, saboreando tu vulnerabilidad.
—Mírate… —te digo con tono burlón pero cargado de placer—.
Toda la noche empalmado, viendo cómo se la chupaba a tu amigo en el sofá, cómo me he follado a un desconocido en los baños del club mientras que tu esperabas fuera, cómo después el camarero se corría en mi boca…
y ahora estás aquí, desnudo, arrodillado y desesperado delante de mí.
Tu polla no ha bajado ni un segundo en toda la noche, ¿verdad? Pobre cornudo mío…
Extiendo la mano y te acaricio suavemente la mejilla con el dorso de mis dedos, bajando luego por tu cuello y tu pecho, sintiendo cómo tu corazón late desbocado bajo mi tacto. Te miro fijamente a los ojos y te ordeno con voz firme:
—Quiero que me digas exactamente qué eres esta noche. En voz alta y sin titubear. Dime qué eres para mí.
Tú tragas saliva con dificultad con la cara ardiendo de vergüenza y excitación.
—Soy… tu cornudo —respondes con voz entrecortada.
—Más alto y más claro —te exijo, abriendo más las piernas justo frente a tu cara—. Quiero oírlo bien.
—Soy tu cornudo, Lucía —me dices más fuerte, con la voz rota—. Tu cornudo devoto, el que te trajo a casa, el que te vio chupársela a mi mejor amigo en el salón, el que te siguió al club y te vio besándote y follando con desconocidos… el que solo pudo mirar mientras otros te usaban.
Sonrío con profunda satisfacción y te paso los dedos mojados de mi coño por los labios, obligándote a abrir la boca y probar la mezcla salada y espesa.
—Buen chico… muy buen chico —te susurro con aprobación—. Ahora acércate más y apoya las manos en el colchón a ambos lados de mis muslos, pero no me toques todavía. Solo mira porque quiero que veas de cerca cómo han dejado mi coño después de toda la noche.
Te inclinas hacia delante hasta que tu nariz casi roza mi sexo y el olor es abrumador: una mezcla intensa de mi excitación, sudor y el semen de tu amigo que sigue goteando lentamente. Yo uso dos dedos para abrirme los labios con descaro, mostrándote el interior rosado, brillante y claramente usado.