De nuevo en tu casa
El coche por fin entra en tu calle y aparcas frente a tu casa cuando la madrugada ya está avanzada, apagas el motor con las manos todavía temblando después de todo lo que ha pasado durante el trayecto, y yo me acomodo el vestido con lentitud, cubriendo mis tetas y bajando la tela por las piernas mientras te miro de reojo con esa sonrisa pícara y dominante que no ha abandonado mi cara en toda la noche.
Apenas abrimos las puertas y salimos del vehículo, ves la silueta de tu amigo esperando de pie junto a la puerta principal de tu casa, con las manos en los bolsillos y una expresión de clara anticipación.
Él levanta la vista hacia nosotros y sonríe al verme, recorriéndome mi cuerpo con la mirada sin ningún disimulo, intuyéndose perfectamente lo que ha pasado durante estas horas y con ganas de continuar donde lo dejamos al principio de la noche.
Yo camino directamente hacia él con pasos seguros, el vestido todavía oliendo a sexo y con el pelo revuelto, y lo saludo con un beso en los labios que dura más de lo necesario, dejando que tú cierres el coche y nos sigas como un fantasma.
Tu amigo me devuelve el beso con ganas, poniendo una mano en mi cintura mientras yo me aprieto ligeramente contra él delante de tu propia puerta y tú sientes un nuevo golpe de humillación al verlos así, justo en la entrada de tu casa, pero no dices nada, solo obedeces cuando yo te miro por encima del hombro y te ordeno con voz firme y dominante que abras la puerta y nos dejes pasar.
Una vez dentro, el ambiente familiar de tu salón te golpea con una intensidad extraña, como si el espacio ya no fuera del todo tuyo después de todo lo que ha ocurrido aquí esta noche.
Me dirijo al centro de tu salón con total naturalidad, me giro hacia ti y te hablo con ese tono calmado pero inapelable que uso cuando quiero recordarte tu lugar:
—Ve y sírvenos unas copas, cornudo, pero que sea algo fuerte porque tu amigo y yo tenemos sed con tanto calor entre nosotros.
Tú asientes en silencio y te diriges a la cocina con las piernas algo flojas para preparar las bebidas y mientras estás allí, escuchas las voces bajas y las risas desde el salón pero en el momento en el que regresas con las copas en una bandeja, la escena te golpea de lleno: tu amigo está sentado en el sofá y yo estoy encima de el entre sus piernas, besándolo profundamente con mi lengua mientras él tiene las dos manos metidas dentro del escote de mi vestido, sacando mis tetas y apretándolas con ganas, pellizcando mis pezones entre sus dedos y chupándomelos con ganas.
Yo mientras gimo bajito contra su boca, besándolo y dejando que me toque sin ninguna vergüenza delante de ti.
En ese instante, te acercas dejando las copas en la mesa baja e intentando no derramar nada por los nervios que cada vez te recorren mucho más por la situación que estás contemplando con celos y excitación.
Tu amigo no para de tocarme: aprieta mis tetas con fuerza, las levanta, las junta, mientras yo sigo besándolo y moviendo mis caderas contra él, y en ese momento, rompo el beso un segundo, te miro directamente a los ojos con esa expresión de absoluto control y te digo con voz ronca:
—Quédate ahí de pie y míranos mientras sirves pero ¡no te sientes!. Solo observa cómo tu amigo disfruta de mío… o mejor dicho, de lo que tú nunca tendrás del todo…
Tu amigo sonríe contra mi cuello, baja la boca hasta uno de mis pezones y lo chupa con fuerza mientras su otra mano sube por debajo de mi vestido, acariciándome el culo y metiendo los dedos entre mis muslos todavía húmedos.
Yo suelto un gemido más audible, agarrándole el pelo con una mano y arqueándome contra su boca, disfrutando visiblemente del placer mientras tú permaneces de pie frente a nosotros, con la humillación quemándote el pecho y la polla dura presionando dolorosamente contra el pantalón.
Cada sonido que sale de mi boca, cada vez que él aprieta mis tetas o mete los dedos más adentro, hace que tu humillación se sienta más fuerte y real recordándote que estás en tu propia casa, sirviendo copas mientras otro hombre me toca y me besa como si ya fuera suyo.
Decido coger una de las copas que has servido, bebo un sorbo sin apartar la mirada de ti y a continuación se la paso a tu amigo, que bebe mientras mantiene su otra mano agarrándome el culo.
El ambiente en tu salón se vuelve cada vez más denso y cargado, y yo te ordeno con voz suave pero implacable que te quedes ahí, de pie, mirando, mientras nosotros seguimos disfrutando de tu hospitalidad de la forma más humillante posible.
Me acomodo mejor encima de el, sentándome a horcajadas con total naturalidad.
El vestido ya está completamente subido alrededor de mis caderas, dejando mis muslos desnudos y calientes presionados contra los suyos y siento su erección dura clavándose contra mí a través de la tela de sus pantalones y eso me hace sonreír con placer.
Muevo lentamente las caderas en círculos suaves, frotándome contra él mientras cojo la copa que has servido y doy un sorbo largo, mirándote por encima del borde del cristal.
—Míranos bien, cornudo —te digo con voz ronca y cargada de satisfacción—. Mira cómo me siento encima de tu amigo en tu propio sofá, como si ya fuera mío. ¿Ves cómo se le pone dura solo con tenerme así?
Tu amigo suelta una risa baja y excitada, pone sus dos manos en mi culo y lo aprieta con fuerza, separando mis nalgas mientras yo sigo moviéndome despacio sobre él.
—Joder, tío… —te dice mirándote un segundo con una mezcla de sorpresa y burla—. Tu escritora es una puta zorra de verdad. No me imaginaba que iba a estar mojada tan rápido. Gracias por invitarme, eh.
Yo me río bajito contra su cuello y le muerdo suavemente el lóbulo de la oreja antes de girarme otra vez hacia ti.
—¿Has oído eso? Hasta tu amigo se ha dado cuenta de lo zorra que soy y tú…
tú solo puedes quedarte ahí de pie, con la polla dura, nervioso y excitado, sirviéndonos copas como un buen cornudito.
¿Te excita verme así? ¿Ver cómo me restriego contra él en tu sofá, cómo dejo que me toque las tetas y el culo delante de tus narices?
Mientras te hablo, el me mete una mano entre mis piernas y empieza a acariciarme el coño por encima de las bragas, que ya están empapadas, haciendo que suelte un gemido prolongado, arqueándome contra su pecho, mientras que sigo moviendo mis caderas con más intención, frotándome contra sus dedos.
—Está empapada —te dice tu amigo a ti, casi riéndose—. Tu escritora está chorreando solo con que la toque. ¿Esto es lo que querías cuando me prestabas sus libros? ¿Verla convertida en una puta en tu propia casa?
Yo cojo tu cara con una mano desde lejos, obligándote a mirarme a los ojos mientras sigo sentada encima de su regazo, moviéndome lentamente.
—Respóndele, cornudo. Dile la verdad, dile que sí, que esto es exactamente lo que tanto fantaseabas. Que te encanta verme así, abierta y cachonda para otro hombre mientras tú solo sirves copas y miras, vamos quiero oírte decirlo…
Espero unos segundos, con una sonrisa dominante, disfrutando de tu vergüenza visible y cuando hablas, tu voz sale rota y entrecortada, mientras que yo me muerdo el labio inferior con placer.
—Buen chico… —te susurro—. Ahora sírvenos otra ronda y no te acerques demasiado. Solo quiero que veas bien cómo tu amigo me toca el coño mientras tú estás ahí, impotente, en tu propia casa.
Mientras tanto, me mete dos dedos por debajo de mis bragas y empieza a follarme lentamente con ellos haciendo que gima más audiblemente, moviendo mi caderas al ritmo de su mano, y apoyándome contra el mientras sigo mirándote de reojo.
—Así, muy bien… —le digo a él entre gemidos—. Métemelos más profundo, que quiero que mi cornudo escuche lo mojada que estoy para ti. ¿Oyes el sonido? Ese sonido húmedo es mi coño aceptando tus dedos mientras él solo puede mirar.
El salón se llena de los sonidos obscenos de sus dedos entrando y saliendo de mí, de mis gemidos suaves y de tu respiración agitada y yo sigo sentada encima de él, disfrutando de cada caricia, de cada apretón en mis tetas, de cada palabra humillante que sale de su boca o de la mía, todo mientras tú permaneces de pie, sirviendo copas con las manos temblorosas, completamente hundido en tu rol de cornudo humillado frente a mí y tu colega de toda la vida.
—Basta de saloncito —digo con voz firme, ronca y cargada de autoridad—. Esta noche quiero follarme a tu amigo como se merece… y quiero hacerlo en tu cama, así que llévanos ya a tu habitación, cornudo.
Tragas saliva con dificultad, asientes en silencio y te das la vuelta sintiendo las piernas pesadas mientras caminas por el pasillo que tan bien conoces.
Cada paso resuena en tu cabeza y detrás de ti escuchas nuestros pasos: el clac de mis tacones sobre el suelo y la respiración más pesada de tu amigo.
Mi risa baja se mezcla con su voz grave diciendo algo que no logras entender del todo, pero que hace que se te revuelva el estómago de anticipación.
Abres la puerta de tu dormitorio y el olor familiar de tu espacio te golpea como una bofetada.
La lamparita de noche sigue encendida, proyectando una luz cálida y tenue sobre las sábanas donde has dormido tantas noches solo, y tus libros (varios míos con las tapas gastadas) descansan en tu mesita.
Este lugar que siempre fue tu refugio privado está a punto de convertirse en el escenario más humillante de tu vida…
Entro primero, moviéndome con total naturalidad, como si ya fuera mi habitación sentándome en el borde de tu cama y cruzando mis piernas lentamente, dejando que el vestido se suba para que se contemplen bien los muslos de mis piernas.
Miro a tu amigo y le hago un gesto con la cabeza para que se siente a mi lado.
Él obedece, se coloca a mi lado y su mano se posa de forma casi automática sobre mi pierna
A continuación, te señalo la silla que tienes en la esquina del cuarto, junto al armario y con el dedo índice extendido te digo: