El viaje de regreso
Todavía sentado en el sofá del reservado VIP con la cara manchada de la corrida espesa y caliente que acabo de escupirte, yo me acomodo a tu lado, cruzo las piernas lentamente y te miro con esa calma dominante que te desarma por completo, disfrutando del modo en que tu respiración sigue agitada y cómo intentas procesar todo lo que ha pasado esta noche.
El ambiente en el reservado está cargado, huele a sexo, a alcohol y a tu propia humillación, y yo paso un dedo por tu mejilla, recogiendo un poco de lo que te he escupido y llevándomelo a los labios con una sonrisa lenta mientras tú me observas sin poder articular palabra.
Sientes el peso viscoso todavía resbalando por tu piel, el sabor persistente de polla y semen en tu boca, y esa mezcla brutal de vergüenza y excitación que te tiene completamente roto y al mismo tiempo más duro que nunca.
Miro la hora en mi teléfono y suspiro con satisfacción, estirándome un poco en el sofá antes de decirte con voz baja pero firme que ya es muy tarde, que la noche ha sido intensa y que es hora de volver a casa, que mi cuerpo está cansado pero todavía tiene ganas de más, y que no pienso dejarte dormir tranquilo después de todo lo que has presenciado.
En ese momento, asientes en silencio, con la cara ardiendo, todavía marcado por mi saliva y la corrida del camarero, y empiezas a levantarte cuando tu teléfono vibra sobre la mesa.
Es él, tu amigo, el mismo al que se la chupé en tu sofá al principio de la noche. Descuelgas la llamada y empiezas a hablar con el.
—Hola… —responde tu amigo con voz ronca y todavía cargada de deseo—. ¿Dónde estáis? ¿Como va tu noche con la escritora?
Tu sonríes mirándome directamente a mis ojos mientras hablas, y le dices que estamos en un club, pero que ya nos vamos para tu casa.
Él pregunta directamente si puede apuntarse a tomar “la última” en tu salón, que no quiere que la noche termine todavía y que le encantaría verme de nuevo.
En ese momento me cuentas lo que tu amigo te está proponiendo, así que decido arrebatar tu teléfono de tu mano y sin apartar mi mirada de ti, le respondo yo personalmente con voz clara y provocadora:
—Por supuesto que sí, ven que estamos saliendo ahora mismo hacia allá y te esperamos en casa.
Cuelgo la llamada y te miro con esa expresión de control absoluto, devolviéndote tu teléfono.
Tú sientes un nuevo golpe de humillación al darte cuenta de que tu propio amigo, el que ya me ha follado la boca una vez esta noche, va a venir a tu casa para continuar el juego, y que yo acabo de invitarlo sin consultártelo, reforzando una vez más que soy yo quien lo decide todo.
Te tiemblan las manos mientras te levantas y yo me pongo de pie a tu lado, ajustándome el vestido con un movimiento lento y sensual, recolocando mis tetas sabiendo que cada paso que des hacia la salida del club te lleva más profundo en esta noche que ya no tiene marcha atrás.
Salimos del reservado y caminamos juntos hacia la salida del club, yo colgada de tu brazo con naturalidad mientras tú sientes las miradas de algunos que notan tu cara ligeramente brillante y mi aspecto claramente de recién follada.
El aire fresco de la madrugada te invade cuando salimos al exterior, mientras que yo respiro profundamente, sonriendo para mí misma al pensar en todo lo que aún queda por delante.
Conduces en silencio hacia tu casa, con el sabor de otro hombre todavía en tu boca y la certeza de que cuando lleguemos, tu amigo ya estará esperando, listo para continuar lo que empezó en tu sofá.
Yo voy a tu lado en el asiento del copiloto, con la mano descansando en tu pierna, rozándotela ligeramente de vez en cuando, y recordándote sin palabras que la noche está lejos de terminar, y que, en tu propia casa vas a seguir siendo solo el espectador de cómo tu Lucía disfruta sin límites.
El camino de vuelta comienza en medio de un silencio denso, roto solo por el ruido del motor y tu respiración agitada, mientras miro por la ventana con una sonrisa satisfecha, planeando en silencio todo lo que pienso hacerte vivir cuando lleguemos.
El coche avanza por la carretera oscura de madrugada, con las luces de la ciudad quedando atrás y solo el resplandor tenue del salpicadero iluminando nuestros rostros mientras conduces en silencio absoluto, tus manos agarrando el volante con fuerza, los nudillos blancos mientras que la mente te da vueltas sin parar a todo lo que ha sucedido esta noche: el beso con el sabor de otro hombre todavía fresco en tu boca, la corrida que te escupí en la cara, la imagen del camarero corriéndose entre mis labios hace solo un rato.
El peso de la humillación te oprime el pecho y te hace respirar de forma entrecortada, pero no dices nada, solo miras la línea blanca de la carretera que se pierde en la oscuridad, completamente abrumado por las sensaciones que te recorren el cuerpo.
Yo voy sentada a tu lado, con el vestido subido por mis piernas, y giro ligeramente el cuerpo hacia ti, observándote con esa sonrisa satisfecha y dominante que tanto te excita.
Te vuelvo a poner la mano en la pierna y la voy subiendo lentamente por el interior de tu muslo hasta llegar a tu entrepierna, donde noto como tu polla comienza a ponerse de nuevo dura.
La acaricio por encima de la tela con la palma abierta, apretando con suavidad al principio y luego con más intención, sintiendo cómo palpita bajo mis dedos mientras tú sueltas un suspiro tembloroso y aprietas el volante con más fuerza.
—Mira cómo estás… —te digo con voz baja y ronca, sin dejar de acariciártela—. Tan cachondo después de todo lo que has visto y escuchado esta noche… Eres un cornudo de verdad, mi amor. Te encanta sufrir, ¿verdad? Te encanta saber que tu Lucía es una zorra sin límites.
Sigo hablándote mientras mi mano se mueve con ritmo lento y constante sobre tu polla, apretando la cabeza cada vez que llego arriba, disfrutando de cómo te cuesta mantener la atención en la carretera mientras que te cuento con todo detalle y sin filtro lo sucia que me he sentido esta noche: cómo me mojé cuando el desconocido me metió las manos bajo el vestido en la barra, cómo gemí cuando me follaba en el baño sabiendo que tú estabas pegado a la puerta escuchándolo todo, cómo me excitó correrme con su polla dentro mientras tú sufrías fuera…
Te describo la sensación de tener la corrida caliente del otro hombre en mi boca y guardarla para escupírtela en la cara, y cómo eso me puso todavía más cachonda.
Tú intentas concentrarte en conducir, con los ojos fijos en la carretera oscura, pero mi mano no para de tocártela, apretándola y soltando, subiendo y bajando por tu longitud a través del pantalón, mientras mi voz sigue llenando el interior del coche con confesiones cada vez más sucias.
Te hablo del morbo que siento al saber que tu amigo ya va de camino a tu casa, que en cuanto lleguemos va a volver a tocarme delante de ti, y que esta vez pienso dejar que me folle en tu propia cama mientras tú miras desde la esquina.
Sientes cómo cada palabra que te digo te golpea directo en el estómago, con esos celos y excitación mezclándose en una tormenta que te tiene al límite, con la polla latiéndote bajo mi mano y el sabor de otro hombre todavía presente en tu boca.
—Imagínate cuando lleguemos… —continúo hablándote con voz cargada, apretando más fuerte tu polla por encima del pantalón—.
Tu amigo esperándonos en la puerta, y yo con este vestido todavía oliendo a sexo.
Vas a servirnos una copas mientras él me toca las tetas y me besa en tu salón, igual que hizo la primera vez y tú solo podrás mirar, como siempre, porque eso es lo que te pone a mil, mi cornudo…
ver cómo otros me usan mientras tú te quedas con las sobras.
Mi mano sigue masturbándote lentamente por encima de la ropa, sin prisa, disfrutando de cada reacción de tu cuerpo, de cómo tu respiración se entrecorta y de cómo intentas mantener el coche recto en la carretera oscura.
El morbo de lo que nos espera en casa flota entre nosotros, denso y pesado, y yo sigo hablándote al oído, contándote exactamente cómo pienso entregarme a tu amigo en tu propia habitación, cómo pienso gemir su nombre mientras él me folla en tu cama, todo para que tú lo escuches y lo veas en primera fila.
Sigues conduciendo en silencio, completamente abrumado, con mi mano tocándote sin parar y sintiendo mi voz susurrándote desde cerquita todas las suciedades que aún están por venir, mientras notas que cada kilómetro que avanzas te acerca más al siguiente nivel de tu propia humillación.
Mi mano sigue moviéndose con ritmo lento y constante sobre tu polla por encima del pantalón, apretándotela y soltándola mientras el coche avanza por la carretera y yo siento cómo te cuesta cada vez más mantener la concentración en la línea blanca que se pierde delante de nosotros.
Con una sonrisa oscura y satisfecha, retiro la mano un momento, me recuesto mejor en el asiento del copiloto y subo el vestido lentamente por mis piernas hasta dejarlo completamente arrugado alrededor de mi cintura, exponiendo mis bragas ya mojadas mientras tú intentas mirar de reojo, pero yo te ordeno con voz firme y ronca, sin levantar el tono pero con toda la autoridad del mundo:
—Ojos en la carretera y no apartes la vista ni un segundo. Si te distraes, paro todo y te dejo con las ganas el resto de la noche.
Tragas saliva con dificultad y fijas la mirada al frente, con tus manos sobre el volante, mientras yo deslizo una mano entre mis piernas y empiezo a tocarme por encima de las bragas, frotando mi clítoris en círculos lentos y presionando con los dedos.
Dejo escapar un gemido bajo y prolongado que llena el interior del coche, arqueando ligeramente la espalda contra el asiento mientras sigo tocándome delante de ti, sabiendo que cada sonido que sale de mi boca te está torturando.
—Mírame solo con el rabillo del ojo si quieres… pero no dejes de conducir —te susurro, acelerando un poco el movimiento de mis dedos—. ¿Sabes lo mojada que estoy todavía? Siento cómo me resbala por los muslos después de todo lo que he follado esta noche.
Con la otra mano me bajo el escote del vestido, sacando mis tetas completamente al aire, con los pezones duros y sensibles por la excitación acumulada y comienzo a apretarlas con la mano libre, pellizcando uno de mis pezones y soltando otro gemido más alto, más necesitado, mientras sigo tocándome el coño con movimientos cada vez más rápidos y húmedos.
El sonido de mis dedos deslizándose entre mis labios empapados se mezcla con el ruido del motor y tu respiración agitada y a la vez, sientes que te estás volviendo loco: quieres mirar, quieres girar la cabeza y devorarme con los ojos, pero mi orden te mantiene clavado a la carretera oscura, solo pudiendo captar de reojo cómo me toco las tetas, cómo mis dedos entran y salen de mí y cómo mi cuerpo se retuerce de placer en el asiento del copiloto.
—Imagínate cuando lleguemos a tu casa… —continúo con voz entrecortada por el placer, sin dejar de tocarme—.
Tu amigo ya estará esperando y voy a dejar que me folle en tu cama mientras tú miras desde la esquina, voy a gemir su nombre bien alto para que lo escuches todo y voy a abrirme de piernas para él en las mismas sábanas donde tú duermes…
Mis gemidos se vuelven más intensos, más frecuentes y decido bajar mis bragas hasta los tobillos, abro más las piernas y me penetro con dos dedos, follándome a mí misma con movimientos claros y húmedos que hacen que el sonido obsceno llene todo el coche mientras que con la otra mano sigo apretándome las tetas, tirando de los pezones y siento el orgasmo acercándose.
En este instante, tú estás completamente excitado, con la polla a punto de explotar dentro del pantalón y conduciendo sin poder mirar directamente, solo captando flashes de mi cuerpo expuesto, de mis dedos entrando y saliendo de mi coño mojado y de mis tetas moviéndose con cada movimiento.
—Sigue conduciendo… no pares… —te ordeno entre gemidos, acelerando el ritmo de mi mano—. Quiero correrme aquí, delante de ti, mientras tú solo puedes escuchar y sufrir.
Mi cuerpo se tensa, los gemidos se vuelven más agudos y finalmente me corro con fuerza, soltando un gemido largo y ronco que envuelve todo el interior de tu coche, contrayéndome alrededor de mis propios dedos mientras el placer me recorre en oleadas, pero sigo tocándome durante el orgasmo, prolongándolo, dejando que mis gemidos se escuchen bien alto para que te torturen más, hasta que poco a poco voy bajando el ritmo, respirando agitada, con las tetas todavía fuera y mi coño super mojado de excitación.
Me quedo un momento recuperando el aliento, mirándote de reojo con esa sonrisa dominante, y luego me acerco un poco más, pasando los dedos mojados de mi corrida por tus labios, obligándote a probarme mientras sigues conduciendo.
—Límpialos —te ordeno en voz baja— y sigue mirando de frente la carretera porque cuando lleguemos a casa, la verdadera diversión apenas va a empezar.
Sientes excitado mi sabor en tu boca, mezclado todavía con todo lo anterior, y sigues conduciendo hacia tu casa con el cuerpo temblando, completamente abrumado, sabiendo que tu amigo ya debe estar llegando y que la noche está a punto de volverse aún más intensa en tu propio hogar.