Esta noche serás mi Cornudo Ecos tras la puerta
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Ecos tras la puerta

El desconocido mantiene sus manos bajo mi vestido negro unos largos segundos más, apretándome el culo con fuerza posesiva mientras nuestras lenguas siguen enredadas en ese beso húmedo y salvaje en plena barra, pero poco a poco las retira, deslizándolas lentamente por mi piel caliente hasta que solo queda el roce de sus dedos en el borde de la tela, ajustándome el vestido con un gesto que parece casi cariñoso pero que está cargado de intención.

Yo siento cómo la tela se desliza de nuevo sobre mis piernas, cubriéndome, y él entrelaza sus dedos con los míos con firmeza, cogiéndome de la mano como si ya hubiera decidido que esta noche soy suya para llevarme donde quiera.

A continuación, le sonrío con picardía, mordiéndome el labio inferior mientras lo miro a los ojos, y me dejo guiar por él, apartándome de la barra sin soltar su mano, caminando a su lado con las caderas balanceándose de forma natural bajo el vestido ajustado y el cuerpo todavía vibrando por todo lo que acaba de pasar delante tuya.

Te quedas completamente paralizado en tu sitio durante un tiempo que se alarga de manera insoportable, como si el morbo te hubiera convertido en piedra, sosteniendo ese vaso de cristal que se ha calentado tanto en tu mano que casi quema, el peso de él recordándote que sigues ahí, vivo, respirando con dificultad mientras ves cómo me alejo colgada del brazo de ese extraño y a la vez ignorándote y totalmente despreocupada de ti.

Tragas saliva con fuerza, notando la garganta seca y el pecho oprimido, incapaz de mover los pies ni un centímetro porque la imagen de sus manos desapareciendo bajo mi vestido y apretándome contra él sigue repitiéndose en tu cabeza, y un pensamiento de pánico real te atraviesa: el miedo brutal a que esta sea la última vez que me veas esta noche, a que decida seguir adelante con él y te deje tirado de verdad en medio del club, solo con tu erección y la humillación como única compañía.

El morbo te mantiene atrapado, te impide reaccionar, y solo puedes quedarte ahí mirando cómo mi figura se pierde entre la gente con mi vestido sexy que me marca cada curva de mi cuerpo, mientras desaparezco de tu vista temporalmente del brazo de otro hombre.

Avanzo por el local colgada de su brazo, riéndome bajito de algo que me dice al oído, sintiendo su calor contra mi costado y sabiendo perfectamente que tú estás atrás, siguiéndonos como un fantasma devorado por una mezcla de celos, excitación e incertidumbre.

Dejas por fin el vaso en cualquier superficie cercana, con la mano temblorosa, y empiezas a seguirnos a unos metros de distancia entre la multitud sudorosa, empujando cuerpos calientes que se interponen, esquivando parejas que bailan pegadas y grupos que ríen a gritos, con el corazón latiéndote tan fuerte que parece que todo el club pudiese oírlo.

La música cambia a un tema más grave y pesado que retumba en tu pecho mientras avanzas, y observas a lo lejos como el pasillo que lleva a los baños se abre delante de nosotros con una iluminación rojiza que se refleja en mi espalda, en la curva de mis caderas bajo el vestido, tiñendo todo de un tono más íntimo y peligroso mientras que sientes los empujones de la gente, el roce de hombros desconocidos, el calor húmedo del ambiente que te hace sudar todavía más, y los celos destructivos que te aumentan por dentro con cada paso que damos nosotros dos, tan juntos, tan seguros, y mientras yo no miro atrás ni una sola vez, completamente entregada al momento con él.

La adrenalina te mantiene en movimiento, pero el miedo a que me gire y te pille, a que te descubra siguiéndoos y te ordene que te vayas, te hace dudar en cada esquina del pasillo, aunque no puedas parar de avanzar ni perderme de vista, porque la necesidad de ver, de sufrir y de estar presente en tu propia humillación es más fuerte que cualquier cosa ahora mismo…

El desconocido o ya no tanto para mi, y yo llegamos por fin a la zona de los aseos, donde el ruido de la música se amortigua y el ambiente se vuelve más cerrado, con ese olor característico a humedad que flota en el aire.

Seguidamente él empuja la puerta de uno de los aseos privados que está libre, me mete dentro con él sin soltarme la mano y cierra la puerta tras nosotros con un golpe metálico seco del pestillo que resuena claramente en el pasillo vacío.

Tú llegas justo en ese momento sin perderte esa escena, casi sin aliento, con las manos sudorosas y temblando visiblemente, y te quedas solo frente a esa puerta de madera cerrada, pegando tu cuerpo contra ella, apoyando la frente y la oreja contra la superficie fría mientras intentas captar cualquier sonido que pueda filtrarse desde el interior.

Sientes el morbo absoluto devorándote vivo en ese pasillo estrecho, el olor a desinfectante mezclándose con tu propio sudor, el latido de tu corazón retumbando tan fuerte en tus oídos que casi tapa todo lo demás, y la certeza aplastante de que tu escritora favorita, Lucía, está a solo un trozo de madera de distancia, encerrada con un completo desconocido porque tú mismo obedeciste, te apartaste y facilitaste que esto llegara hasta aquí, hace que te quedes ahí paralizado, respirando con dificultad, consumido por el suspense y la excitación enfermiza, esperando en silencio.

Dentro del cubículo del baño, el espacio es estrecho y cargado, con el olor mezclado ahora con mi perfume y el suyo, y yo me giro hacia el apenas se cierra el pestillo, empujándolo ligeramente contra la pared con una sonrisa hambrienta mientras le agarro la camisa y lo atraigo hacia mí para besarlo de nuevo con la misma intensidad que teníamos en la barra.

Nuestras bocas se encuentran abiertas, lenguas enredándose con ganas, y siento sus manos recorriéndome la cintura, bajando por mis caderas y subiendo otra vez por debajo del vestido negro, tocándome con esa urgencia que crece por momentos en este lugar prohibido.

Yo gimo bajito contra sus labios, arqueándome contra su cuerpo, dejando que sienta el calor de mi piel mientras mis dedos le desabrochan los primeros botones de la camisa, explorando su pecho con las uñas, y él respondiendo apretándome más fuerte contra él, susurrándome al oído lo cachonda que le pongo y cómo lleva imaginando esto desde que me vio en la pista.

El ambiente se calienta rápido, nuestras respiraciones se vuelven más pesadas y dejo escapar un gemido más audible cuando su mano sube por el interior de mi entrepierna, rozando donde estoy ya mojada, jugando conmigo con los dedos mientras nos besamos con más fuerza, mi espalda está contra la pared y su cuerpo presionándome.

Sigues pegado a la puerta de madera en el pasillo, con la oreja prácticamente pegada a la superficie fría y empiezas a captar los primeros sonidos que se filtran del interior de ese aseo: el roce de ropa, un gemido ahogado mío que reconoces perfectamente, el murmullo grave de su voz diciendo algo que no llegas a entender del todo pero que te imaginas perfectamente.

En ese momento, la humillación te invade como una ola caliente, sabiendo que estás ahí fuera, reducido a esto, escuchando cómo tu Lucía, la escritora a la que has admirado y fantaseado durante meses, se está entregando a un completo desconocido en un aseo de discoteca porque tú mismo la dejaste sola en la barra y la seguiste hasta aquí.

Sientes el sudor bajándote por la espalda, las manos temblando apoyadas contra la puerta, y una erección algo ya más dura que te presiona el pantalón, sintiendo un cosquilleo excitante y a la vez inquietante en tu estómago imaginando sus manos en mi cuerpo, mi boca en la suya, y esa sensación de ser el cornudo humillado que se queda fuera, escuchando pero sin poder ver ni tocar y que te excita de una forma que casi no puedes soportar.

Cada sonido que llega —un susurro mío, un movimiento que hace crujir la puerta, otro gemido más profundo— te golpea directo en el estómago, y te quedas ahí paralizado, respirando con la boca abierta, debatiéndote entre el impulso de abrir la puerta y el deseo enfermizo de seguir escuchando, de sufrir cada segundo de esto que tú mismo has provocado.

Dentro del cubículo, yo me separo un momento del beso para mirarlo a los ojos con esa expresión dominante que tanto me gusta usar, y le susurro algo picante al oído mientras le bajo la mano hacia mi culo otra vez, animándolo a tocarme más, a apretarme contra él mientras siento su dureza presionando contra mi muslo.

Él responde con un gemido bajo, besándome el cuello, chupando la piel sensible mientras sus dedos siguen explorando bajo el vestido, subiendo y bajando, y yo dejo escapar otro gemido más claro, más largo, que resuena ligeramente en el espacio cerrado y se filtra hacia el pasillo.

Me gusta saber que estás ahí fuera, que probablemente estás pegado a la puerta sufriendo, y esa idea me moja todavía más, me hace mover las caderas contra su mano con más intención, buscando el roce mientras nuestras respiraciones se aceleran y el calor en el aseo se vuelve casi insoportable.

Tú, al otro lado, captas ese gemido mío más audible y sientes como si te clavaran algo en el pecho, la humillación absoluta de ser el que espera fuera, el cornudo que solo puede imaginar lo que está pasando a escasos centímetros: mis gemidos creciendo, su voz mezclándose con la mía, los sonidos húmedos de besos y roces que te llegan amortiguados pero claros para que tu mente complete todo lo demás.

Las piernas te tiemblan, tienes la frente apoyada contra la puerta, el pulso desbocado, y el morbo te tiene completamente atrapado, incapaz de alejarte aunque una parte de ti se sienta destruido por la certeza de que yo estoy ahí dentro disfrutando de otro hombre, dejándote a ti en este pasillo como el espectador que elegiste ser.