El precio de una invitación #2
Te colocas a un par de metros, lo suficientemente cerca para captar cada gesto y cada palabra suelta que llega entre la música, pero sin atreverte a interrumpir porque mi orden de no estorbar sigue pesando sobre ti como una cadena invisible que te mantiene quieto en tu sitio.
Sientes una humillación profunda y caliente subiéndote por el cuerpo al fijarte en la buena planta de ese desconocido, en cómo se mueve con la confianza del hombre que sabe que está gustando, que no tiene que esforzarse demasiado porque su presencia ya habla por sí sola: alto, bien vestido, con una sonrisa fácil y una forma de mirarme que me transmite seguridad y deseo directo.
Tú te sientes pequeño a su lado incluso desde la distancia, un simple espectador oculto en la penumbra del club, sosteniendo tu propia copa que ya se ha calentado en la mano, mientras otro hombre ocupa tu lugar junto a mí, me invita a beber y conversa conmigo como si tuviera todo el derecho del mundo.
El morbo te tiene paralizado, te impide moverte o acercarte más, porque una parte de ti necesita ver esto, necesita sentir cómo te reemplazan en tiempo real, cómo yo acepto su atención sin buscarte con la mirada, y esa parálisis te hunde más en tu rol, consumido por la tensión, los celos y la excitación que te mantiene ahí observando nuestra charla íntima en la barra y la copa recién servida entre nosotros.
En mitad de la charla en la barra, mientras el desconocido me habla al oído con esa voz grave y segura que hace que me incline ligeramente hacia él, giro lentamente la cabeza hacia la oscuridad del local y te pillo a ti mirándonos fijamente desde tu posición a unos metros, rígido como una estatua con la copa todavía en la mano y la expresión completamente descompuesta.
En lugar de disimular o apartar la mirada, te clavo directamente una mirada dominante, fría y fija a los ojos, sosteniéndola sin pestañear durante varios segundos, transmitiéndote con esa sola intensidad que no te muevas ni un centímetro, que te quedes exactamente donde estás y que presencies tu castigo sin interferir, porque esta noche soy yo quien decide hasta dónde llega todo y tú solo eres el que observa y siente cada segundo de humillación.
Esa mirada mía se clava en la tuya sintiendo cómo te ata al suelo del club, cómo te paraliza las piernas y te hunde más profundamente en tu rol, porque sabes que no puedes desobedecer, que mi orden silenciosa te obliga a quedarte ahí respirando con dificultad, tragando saliva, mientras el resto del local sigue girando a tu alrededor sin tener ni idea de lo que está pasando entre nosotros.
Justo en ese instante, el desconocido nota cómo mi atención se desplaza un segundo y, aprovechando la corriente que hay entre nosotros, me coge firmemente de la nuca con una mano grande y cálida, atrayéndome hacia él sin pedir permiso.
Me besa con fuerza en plena barra de la discoteca, con sus labios presionando los míos con hambre mientras su lengua entra en mi boca buscando la mía de forma salvaje y pasional haciendo que el beso se vuelva húmedo y profundo al instante, mientras nuestras lenguas se enrredan con ganas, deslizándose una contra la otra en un intercambio caliente y obsceno que hace que me pegue más a su cuerpo, gimiendo bajito contra sus labios mientras la música retumba a nuestro alrededor y la gente pasa cerca sin que nos importe.
Siento su sabor mezclado con el alcohol de la copa que acaba de invitarme, la forma en que su mano en mi nuca me mantiene exactamente donde él quiere, y yo respondo con la misma intensidad, mordiéndole ligeramente el labio inferior antes de volver a hundir mi lengua en su boca, respirando agitada entre beso y beso.
En mitad de ese enrollamiento devorador, abro los ojos por un momento y los dirijo directamente hacia ti, clavándote mi mirada dominante y satisfecha mientras sigo besándolo con lengua, comprobando que sigues ahí paralizado, que estás viendo cómo me entrego a un completo desconocido delante de tus narices, y esa imagen de tu sufrimiento visible me excita todavía más, haciendo que el beso se vuelva aún más agresivo, más húmedo, con gemidos ahogados que vibran contra sus labios mientras nuestras bocas siguen fusionadas sin control.
El beso no para y sus manos se vuelven completamente descaradas, alimentadas por el ambiente cargado del club, el alcohol y la forma en que mi cuerpo responde al suyo.
Una de ellas baja por mi costado, se mete por debajo de la tela negra de mi vestido ajustado y me acaricia con fuerza la piel suave y caliente de mis piernas, subiendo sin ninguna duda hasta agarrarme el culo con los dedos abiertos, apretando la carne con posesión y tirando de mí hacia su entrepierna para que sienta claramente lo duro que está contra mi cuerpo.
Me aprieta contra él en plena barra, con sus dedos hundidos en mis culo por debajo del vestido, rozando el borde de mis bragas mientras la otra mano me sujeta por la cintura para mantenerme pegada, moviéndome ligeramente contra su erección visible.
Tú en cambio, desde tu posición congelada con la copa en la mano, sientes un morbo desgarrador que te quema por dentro y te mantiene clavado en el sitio mientras ves a ese extraño tocándome y besándome de una forma tan abierta y posesiva en mitad de un lugar público, metiendo sus manos bajo mi vestido negro, agarrándome el culo con fuerza y apretándome contra su polla dura justo delante de tus narices, mientras yo gimo contra su boca y sigo besándolo sin vergüenza.
El nudo en tu estómago es brutal y los celos te hacen sudar frío, pero el morbo y la excitación que sientes es tan intensa que te tiene completamente atrapado, con la polla medio dura en tu pantalón, incapaz de moverte y de apartar los ojos de la escena aunque sientas que no puedes más.
Eres el cornudo que ha invitado a su escritora favorita a hacer realidad sus fantasías, y ahora estás ahí, asumiendo tu rol al cien por cien, viendo cómo otro hombre me devora en público, cómo sus manos desaparecen bajo mi vestido y aprietan mi culo con confianza mientras nuestras lenguas siguen enredadas y yo abro los ojos de vez en cuando para asegurarme de que sigues mirando tu castigo, disfrutando de cada detalle de tu humillación visible.
La música sigue retumbando, las luces parpadean sobre nosotros, y la escena en la barra se intensifica con cada segundo, dejándote totalmente consumido por la excitación, la sumisión y el placer retorcido de presenciar cómo me toman lo que es tuyo en tu propia noche.